Capítulo 62
ZONA C
J ake se despertó con la sensación de que lo tocaban.
Sentía como si estuvieran moviendo su cuerpo, dándole toques, examinándolo.
A lo lejos, tenues, casi como si fueran solo figuraciones de su imaginación, oyó voces.
Al principio eran sordas, pero luego, a medida que su conciencia se abría paso lentamente de vuelta hacia él, se volvieron más claras, más nítidas.
—¡Señor! —Era una voz suave. Calma. Reconfortante. Como la de Elizabeth cuando intentaba que se volviera a dormir después de haber tenido uno de sus episodios.
¡Elizabeth!
Jake abrió los ojos de golpe, revelando el mundo ante él. Estaba rodeado por tres enfermeros que intentaban devolverlo a la realidad. Uno de ellos tenía un dedo en su muñeca, tomándole el pulso; otro estaba junto a su cintura y el otro a su cabeza.
—Elizabeth —dijo él, incorporándose con pesadez sobre los codos—. Elizabeth.
—Señor, tiene que quedarse quieto —ordenó la mujer que intentaba sostenerle la cabeza.
—Estoy bien. Estoy bien. Tengo que encontrar a mi mujer. —Se sentía fatal. La caída le había revuelto el estómago, y ahora una sensación nauseabunda impregnaba el resto de su cuerpo.
—Seguro que ella está bien. Estoy convencida de que podrá verla. Seguro que sigue por aquí en alguna parte.
La enfermera situada junto a su cintura se levantó y le trajo un vaso de agua. Regresó y se lo tendió. —Beba.
A Jake no hizo falta decírselo dos veces. Se bebió el agua de un trago.
—Está dando a luz. Tengo que... tengo que encontrarla. —El repentino torrente de agua fría le entumeció el cerebro, provocándole un dolor de cabeza, y se encogió de dolor.
—Primero tenemos que asegurarnos de que usted está bien —dijo uno de los enfermeros. Se colocó a la espalda de Jake y le sirvió de apoyo.
—No me están escuchando —dijo Jake—. Estoy bien. Ya me ha pasado antes. Solo es un ataque de ansiedad. No hace falta que me ayuden. Necesito ver a mi mujer.
Jake se puso en pie tambaleándose, a pesar de las protestas de los enfermeros, y caminó con paso errático hacia el centro de maternidad.
La planta estaba a veinte yardas de donde se había caído, aunque, antes de desmayarse, le había parecido que estaba mucho más lejos.
—¡Señor! —llamaron los enfermeros, pero él los ignoró.
Había sufrido ataques de ansiedad con demasiada frecuencia como para que ya le preocuparan.
Formaban parte de su vida y había aprendido a convivir con ellos.
Al principio, tras el accidente, habían sido frecuentes.
Y si no era un ataque de ansiedad, eran mareos intensos, náuseas, claustrofobia.
Pero en el último año, más o menos, había aprendido a controlarlos gracias a su propia recuperación autodirigida y a la ayuda de un terapeuta.
Tras varios intentos logrados de mitigarlos, Jake pronto se había dado cuenta de que sus episodios solo aparecían cuando se veía sometido a una presión y un estrés inmensos.
Y estaba dispuesto a luchar contra ellos.
No quería que su vida estuviera encadenada y dictada por sus acciones y procesos cotidianos.
Jake abrió la puerta de la planta y se encontró con otro pasillo largo, aparentemente interminable. A lo largo del lado derecho había una fila de bancos, ocupados por grupos de personas —familias, amigos, parejas—, y a lo largo del izquierdo había una serie de paritorios.
A veinte yardas, Jake vio a su madre, Denise, balanceando a Maisie sobre su rodilla.
Esbozó una sonrisa radiante mientras se acercaba a ellas.
—¿Dónde está? —preguntó, pillándolas a ambas por sorpresa.
Denise bajó a Maisie de su rodilla, abrazó a Jake y luego tomó a Maisie en brazos.
—Está ahí dentro. —Denise señaló la habitación de enfrente.
—¿Está todo bien? ¿Algún problema?
—Se la han llevado para hacerle una cesárea.
—Oh, Dios mío —dijo Jake, llevándose la mano a la boca.
—No te preocupes. Todo va a salir bien. Ya la han anestesiado. Han dicho que no debería tardar mucho. Todo lo que podemos hacer es esperar y desear que le vaya bien.