Capítulo 51
ESCUCHANDO
J ake, Drew y Garrison estaban apiñados alrededor del escritorio de Drew, encorvados ante la diminuta pantalla de un ordenador portátil.
En las horas transcurridas, Jake y el resto del equipo de búsqueda, con la ayuda de la brigada científica, habían llevado a cabo un registro detallado de la propiedad de Lester Bain, incautando los objetos más valiosos pertinentes al desenlace del caso, incluidos los trofeos que guardaba sobre su cómoda.
Mientras la brigada científica continuaba con el resto del registro en la propiedad, los objetos que ya habían confiscado se habían enviado a analizar, pero pasaría algún tiempo antes de que recibieran los resultados.
Lo siguiente en el orden del día, sin embargo, era encontrar a Lester Bain.
De nuevo. Si no estaba en su casa, surgía la duda de por qué.
¿Le habría dado el soplo Sampson? ¿Habría visto los coches de policía frente a su casa y habría salido huyendo?
Jake no lo sabía. Ninguno lo sabía. Pero, por suerte para él, a Drew se le había ocurrido una idea.
Los tres estaban escuchando las grabaciones de audio en directo del interior del piso de Sampson Decker en la sala de operaciones especiales de la segunda planta del edificio.
—¿Estás seguro de que deberíamos hacer esto sin...? —empezó Jake, recordando su conversación anterior con Drew. La idea de que habían pinchado ilegalmente el piso de Sampson Decker sin las órdenes judiciales necesarias le rondaba por la cabeza.
Sin responder, Drew echó mano al cajón lateral y le entregó a Jake tres folios grapados.
—Ahí tienes tu orden —dijo Drew—. Antes de que empieces a quejarte.
Jake soltó un ligero suspiro de asombro. Se sintió ofendido por la insinuación. —¿Quién ha dicho que fuera a quejarme?
—Esa vocecita de tu cabeza. Ahora cállate y escucha.
Jake recorrió con la mirada la mitad superior de la orden de vigilancia intrusiva, comprobó que había sido firmada y fechada correctamente por el subcomisario Richard Candy, y luego volvió a centrar su atención en el portátil.
En el monitor se mostraban frecuencias de sonido y, cada vez que Sampson tosía, las frecuencias fluctuaban y daban picos.
—¿Qué estamos buscando exactamente? —preguntó Jake.
—Cualquier cosa. Cualquier cosa que pueda decir para incriminarse más. Puede que llame a Lester, o que Lester lo llame a él. Y cuando eso ocurra, estaremos escuchando y grabando cada palabra que... —Drew se vio interrumpido al instante por el sonido de una llamada procedente del ordenador.
—Alguien lo está llamando —dijo Jake, sintiéndose contagiado por la emoción del momento.
Los tres esperaron con gran expectación a que Sampson respondiera al teléfono. Al final lo hizo. El sonido era granulado y estaba lleno de estática, pero seguía siendo audible. Drew se abalanzó sobre el escritorio para coger el ratón y pulsó el botón de grabar.
—¿Lo has vuelto a hacer? —preguntó Sampson con voz baja, casi como un susurro.
—Ha sido glorioso —dijo una voz. Era profunda y ronca, pesada y exasperada; llena de emoción y felicidad. Todo lo contrario a la de Sampson.
—¿Cuántos?
—Dos. Una pareja. Ella se llamaba Jessica.
No pude evitarlo. Le clavé clavos en las manos y me la follé mientras estaba viva y sangrando.
Él ya estaba muerto para cuando le pasó algo a ella.
Era a ella a quien quería. Tuve que quitar de en medio al novio primero.
Pero hice cosas con los dos, no te preocupes.
—¿Qué le hiciste a él? —preguntó Sampson. Jake no estaba seguro, pero creyó detectar un atisbo de curiosidad genuina en su voz, como si Sampson fuera a excitarse con lo que oía.
—De todo. Sus dedos eran una delicia. Y el resto de él sabía delicioso.
Se oyó un leve gemido de Sampson. Pasó un rato antes de que respondiera.
—¿Tienes las pruebas?
—Por supuesto.
—Envíamelas.
—No. Primero quiero negociar. ¿Cuántos puntos me vas a dar? El segundo puesto está solo a unos cientos por debajo de mí. Esto es inaceptable. Necesito el doble de lo que me has dado hasta ahora.
—Lester...
—¡Dame más puntos! —gritó Lester.
—Mil —dijo Sampson. Su respiración se estaba volviendo pesada y, con cada bocanada, sonaba más y más sibilante.
—Dos mil.
—No te daré nada si sigues así.
—Si haces eso, tal vez tenga que ir a por tu cuerpo. Te faltan unos cuantos dientes, ¿verdad?
A Jake se le volvió a formar el nudo en el estómago, solo que esta vez le subió un poco de bilis a la garganta.
Estaba experimentando por primera vez la cruda brutalidad del extremo opuesto del espectro de la emoción y la psique humana, y no le gustaba.
Había estudiado casos sobre gente como Lester en la universidad, pero se sentía más seguro leyendo sobre ellos en libros de texto o viendo documentales.
Esto era distinto. Jake lo estaba viviendo.
Jake lo estaba experimentando en sus propias carnes.
—Que... te den... —Sampson acabó preso de un ataque de tos. Era suave y débil.
—¡Dame mis dos mil puntos!
—Solo si prometes parar.
—¿Parar? No puedo parar ahora. Me queda mucho más por lograr. No sabes lo que se siente. No pararé. No puedo parar.
—Tienes que hacerlo —dijo Sampson.
—¿Por qué? —preguntó Lester—. ¿Qué ha pasado?
—La policía. Van tras de ti. Han venido... a mi casa hace poco.
—¿Qué? No. ¿Qué les has dicho?
—Nada. Les he dicho que no sabía dónde estabas. Pero tienes que salir de la ciudad. Del país. Pasa desapercibido un tiempo. Desaparece del mapa.
—No —dijo Lester—, ya he ido demasiado lejos.
La línea se cortó y un silencio ensordecedor resonó en los oídos de Jake.
Se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa, luego miró a Drew y a Garrison.
Parecían enfadados. Peor aún, mostraban una emoción que nunca había visto en sus rostros: miedo.
Temían lo que Lester fuera a hacer. Tenían miedo de cómo se las había apañado para masacrar a otras dos víctimas como si no fueran más que ganado; de cómo iban a atraparlo antes de que volviera a atacar.
Joder, Jake también lo tenía. Y sabía que el miedo no lo abandonaría hasta que capturaran a Lester.