En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

UNA EXCEPCIÓN A LA REGLA

F rente a Jake se alzaba la casa de Lester Bain.

Era una pequeña propiedad adosada en la esquina de Widdin Street.

Pasaba desapercibida entre el resto de las casas de la calle y, para el ojo inexperto, parecía normal.

Pero no tenía nada de normal. El hecho de que albergara a uno de los asesinos en serie más atroces y célebres de la ciudad aterraba a Jake.

¿Cómo era posible que Lester se integrara en la sociedad con tanta facilidad?

¿Que pudiera simplemente salir de casa, masacrar a un puñado de individuos desprevenidos y luego regresar a la normalidad como si nada?

El pensamiento le inquietaba y, mientras esperaba sentado a que llegasen el resto de los agentes uniformados que había solicitado para que le acompañasen en el registro y la detención, intentó desviar sus pensamientos hacia otra cosa.

Entusiasmo.

Anticipación.

Lester Bain estaba a menos de veinte metros.

Lo tenía al alcance de la mano. Jake se encontraba a solo unos minutos de arrestar al cabrón y de aportar algo de credibilidad y notoriedad a su carrera.

Pero debía tener cuidado en esta situación.

No podía aceptar todos los elogios y el reconocimiento.

Había sido un esfuerzo de equipo, y esperaba que el resto de los compañeros se diera cuenta de ello.

Con un poco de suerte, Liam retiraría el aviso por bajo rendimiento.

Eso esperaba Jake.

Detrás de él, un coche patrulla se detuvo. Había llegado el momento.

Jake salió del coche, asintió a los agentes uniformados, les explicó lo que estaba ocurriendo y luego, como un pequeño ejército, se dirigieron a toda prisa hacia la casa de Lester.

Eran diez en total y, al final del convoy, dos agentes portaban la herramienta conocida como el Enforcer: un ariete capaz de golpear una puerta con más de tres toneladas de presión.

El equipo de registro se desplegó a ambos lados de la puerta principal, dejando una vía libre para el ariete.

Dos agentes balancearon el instrumento en el aire y lo estrellaron contra la puerta.

Esta cedió tras el primer impacto. Jake y el resto de los agentes se filtraron en la propiedad, dispersándose de inmediato.

Todos tenían órdenes estrictas de buscar a Lester Bain y cualquier prueba que pudieran incautar más tarde.

Pero de momento, la prioridad era Lester.

Jake esperó en medio del pasillo mientras permitía que los agentes realizaran un barrido completo de la casa. Menos de treinta segundos después, todo había terminado.

—Ni rastro de él —dijo un agente.

—No está arriba —añadió otro.

—Ni por aquí abajo, compañero —añadió un último—. Estamos comprobando la parte de atrás ahora mismo, pero no parece probable.

Jake suspiró, desanimado. Su única oportunidad de encontrarlo, su única oportunidad de pillarlo desprevenido se había esfumado.

Justo cuando Jake iba a abrir la boca, otro agente apareció en lo alto de las escaleras, interrumpiéndolo.

—Jake, creo que vas a querer ver esto. ¿Viene la policía científica de camino?

—No...

—Deberían.

Jake ordenó a alguien que estuviera cerca que hiciera la llamada y luego se abrió paso educadamente entre los agentes que tenía delante. En el descansillo superior, siguió al agente hasta un dormitorio. Al principio, le golpeó el olor a manzanilla que le llegaba al olfato. Y entonces lo vio.

El tocador.

Los frascos.

Las lenguas.

Los dedos.

—Madre de Dios —murmuró Jake para sus adentros. Tenía razón. Lester guardaba recuerdos. Había conservado las partes de sus cuerpos como símbolos de sus asesinatos.

La visión de aquello le formó un nudo en el estómago y le provocó náuseas. Apartó la mirada del tocador y se centró en el resto de la habitación. En el orden de todo. En la banalidad. En la limpieza.

La cama de Lester estaba perfectamente hecha, casi al estilo militar.

En la mesita de noche había una pequeña lámpara y una flor.

En el suelo, un par de zapatillas con un calcetín reposando en cada una de ellas.

Las paredes estaban desnudas, pintadas de un color crema apagado, el alféizar de la ventana estaba vacío y el cesto de la colada junto a la puerta carecía de contenido.

Era casi como si Lester no hubiera vivido allí en semanas.

Contrastaba radicalmente con el modus operandi de Lester, con la suciedad de sus crímenes, con la depravación de su alma.

Durante la universidad, Jake había aprendido que el dormitorio de una persona era como mirar a través de una ventana hacia su alma, pero cuando se trataba de Lester Bain, nada podía estar más lejos de la realidad.

En este caso particular, Lester era una excepción a la regla.

Y por alguna razón, eso era lo que más asustaba a Jake.