En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

BAÑO DE SANGRE

Q uince minutos después, seguía sin haber rastro de ellos.

Tras haber llamado a Jessica para avisarle de que se había dejado la tarjeta de débito, Lester había aprovechado el tiempo con maestría.

Se había aventurado en la cocina, había vaciado el cajón de los cubiertos y había alineado seis cuchillos de carne sobre la encimera, junto al fregadero.

Después, caminó hasta el fondo del jardín y encontró las herramientas de jardinería que venían incluidas con el alquiler.

Seleccionó unas tijeras de podar, un martillo, un puñado de clavos de doce centímetros y una sierra de mano.

Mientras los llevaba a la casa, su cuerpo volvió a experimentar un hormigueo.

Los Horrores estaban de camino, esperando a ser liberados en cuanto pusiera los ojos en Carl y Jessica.

Iba a ser una euforia total. Su propia casa.

Todo el tiempo del mundo. Sus propias herramientas.

Se recriminó no haberlo hecho así antes.

Y entonces recordó algo. Pronto habría otro obstáculo que tendría que superar: el desastre que habría que limpiar después.

Pero aquello no era un problema. Había pasado el tiempo suficiente en la Dark Web como para saber que podía enviar los cadáveres a una granja de cerdos, o tal vez incinerar los restos en una hoguera, o quizás trocearlos y disolver su existencia en una bañera llena de productos químicos.

De las tres opciones, la tercera parecía la más amena: contemplar su lenta y gradual descomposición hasta la nada absoluta.

Un coche se detuvo ante la propiedad, distrayéndolo.

Se quedó paralizado. Contuvo el aliento. Se tocó el pene y se frotó los testículos.

Segundos después, sonó el timbre.

Lester dio una palmada y se frotó las manos. Dejó la tarjeta de débito en la cocina, se guardó la hoja más pequeña y discreta en el bolsillo y corrió hacia la puerta.

Era Carl.

—Gracias por volver tan rápido —dijo Lester, con una sonrisa radiante en el rostro—. Espero que no estuvieras muy lejos.

—No, no pasa nada. ¿Dónde está la tarjeta?

—Por aquí —indicó Lester, entrando en la casa. Carl se quedó donde estaba—. Puedes pasar, ¿sabes?

A regañadientes, Carl siguió a Lester al interior. Este llevó al joven a la cocina y se detuvo. Los ojos de Carl se agrandaron al posarse en los bártulos que había sobre la encimera.

En cuanto se dio cuenta de que estaba en graves apuros, Carl intentó echar a correr.

Pero era demasiado tarde. No hubo tiempo para salvarse.

Lester sacó la hoja del bolsillo, agarró la cabeza de Carl por detrás y lo sujetó.

Lester lo superaba considerablemente en fuerza y peso.

Era casi como forcejear con un niño. El joven no pudo hacer nada.

Lester hundió la hoja en el cuello del hombre y tiró hacia abajo hasta llegar a la clavícula de Carl.

Una fuente de sangre brotó de la garganta del hombre y explotó por todas las paredes y el suelo.

Lester dejó entonces que el cuerpo de Carl cayera desplomado sobre el suelo de madera y lo observó ahogarse en su propia sangre.

Se lamió lo que pudo de la sangre de Carl de las manos, hasta que estuvieron casi limpias, y luego se las metió en los bolsillos mientras salía disparado de la casa.

Aquello no era más que una precaución temporal; en cuanto Jessica estuviera en la casa con él, se cubriría con la sangre de ambos.

En los últimos días le había cogido gusto al sabor.

Ese toque metálico. La textura espesa. El aroma dulce.

Caminó a saltitos hasta el final del patio, giró a la izquierda tras unos arbustos y aminoró el paso al ver el Mini de Carl. El vehículo estaba orientado en la dirección opuesta, lo que significaba que Lester contaba con la ventaja de la sorpresa.

Se acercó tambaleándose al coche, fingiendo estar herido, y golpeó el cristal de la ventanilla del copiloto con el puño. Jessica dio un respingo y se llevó la mano al pecho por el susto. Lester abrió la puerta del coche de un tirón.

—¡Jessica, rápido! Tienes que venir pronto. Le ha pasado algo a Carl. ¡Se ha desplomado! ¡Se ha golpeado la cabeza! ¡Está sangrando!

El rostro de Jessica se puso blanco de miedo. Se desabrochó el cinturón, saltó fuera del coche y siguió a Lester de vuelta a la casa a ciegas. Ah , pensó él. Las cosas que hacemos por amor.

Lester se aseguró de que ella entrara primero. La chica soltó un grito ahogado al ver el cuerpo de Carl tendido allí, empapado en su propia sangre. Intentó gritar, pero nadie podía oírla. Lester cerró la puerta tras de sí y le tapó la boca con la mano para silenciarla.

Mientras intentaba levantarla en vilo, Jessica se retorció bajo su agarre y le hincó los dientes en la mano, mordiendo carne y hueso. Gruñendo, Lester se vio obligado a soltarla.

Ella se lanzó hacia la puerta. Pero solo llegó a la mitad del pasillo antes de que Lester la agarrara de la mano que llevaba retrasada y tirara de ella.

Le propinó un puñetazo en un lado de la cara y la derribó.

Después, usando el mismo cuchillo que había empleado con Carl, le rasgó la camisa y le metió el exceso de tela en la boca para acallarla.

Ella tuvo arcadas y forcejeó, y Lester le dio otro puñetazo, sonriendo mientras los ojos de la chica se ponían en blanco.

Calculó que no faltaba mucho para que recobrara el conocimiento, así que corrió a la cocina, cogió los cuchillos, el martillo y los clavos, y regresó mientras los ojos de Jessica seguían totalmente en blanco.

Ella masculló algo incomprensible tras el trapo que tenía en la boca.

Lester derramó los clavos en el suelo, esparciéndolos por la madera, luego agarró una de sus manos y la inmovilizó contra el suelo, atravesándola con el cuchillo de cocina de veintidós centímetros que acababa de traer.

La hoja desgarró la piel y se enterró en el tablón de madera.

Jessica gritó, escupiendo el trapo de la boca. Entraba y salía de la consciencia, y Lester no perdió el tiempo en clavarle la otra mano al suelo.

Una vez que los cuchillos estuvieron clavados, afianzó su posición usando el martillo y los clavos.

En su ropa, en sus tobillos, en sus hombros, en los gruesos mechones de su pelo castaño.

Cada vez que el martillo golpeaba la cabeza del clavo y el sonido metálico perforaba sus tímpanos, él gemía.

Notaba que se estaba excitando. Gotas de su flema caían sobre la boca de ella, acariciándola, empapándola con sus fluidos. No será el único fluido , pensó.

Después de haber clavado con éxito el cuerpo al suelo, le propinó una bofetada.

Quería que estuviera despierta para aquello.

Quería que fuera testigo de todo lo que iba a hacerle.

Con los otros había terminado demasiado rápido.

Había tenido miedo de perderlos, de que escaparan...

y aquello había estado a punto de ser una realidad anoche.

Pero ahora era distinto. Esta era su propia casa, su propio terreno.

Podía hacer lo que quisiera. Y nadie se enteraría de nada.