Capítulo 45
SORPRESA INESPERADA
L ester se había dedicado al negocio inmobiliario casi toda su vida.
Había sido una herencia deliciosa de sus padres después de que él los matara.
Recibió su imperio cuando tenía dieciocho años; lo suficientemente mayor, a ojos de la ley, para gestionar las propiedades y supervisarlas en el día a día.
Y, desde entonces, había mantenido las propiedades funcionando en segundo plano.
Era lucrativo y era un dinero por el que no tenía que trabajar duro.
Su cartera constaba de diez casas en la zona de Stratford que generaban capital suficiente para costear su estilo de vida sosegado: ocho que el gobierno conocía, registradas a su nombre; dos que estaban fuera de los libros, archivadas bajo un alias.
Los motivos para hacerlo eran dobles: venía de maravilla para los impuestos y era perfecto por si alguna vez necesitaba escapar de la mundanidad de la vida.
Pero, en todos esos años desde que se hizo cargo del negocio, nunca había experimentado algo tan repentino como esto: un inquilino quería rescindir su contrato de alquiler con efecto inmediato, y quería que Lester estuviera allí para finalizar todo el papeleo e inspeccionar la propiedad antes de marcharse.
Era un inconveniente. No solo obligaba a Lester a dedicar tiempo a buscar a otra Jessica —ya fuera por internet o mediante otro proxeneta—, sino que también le obligaba a dar la cara en público durante el día.
Y eso era algo que no le gustaba arriesgarse a hacer.
Y había un problema adicional. Las Bestias estaban volviendo a sentir hambre; podía percibirlo.
Jessica, la prostituta, había sido una experiencia terrible.
Su intento de fuga se lo había arruinado.
Le había desconcertado y le había impedido actuar al máximo nivel.
Todavía le dolía la mano por las múltiples puñaladas que le había infligido.
Tenía que hacerlo mejor la próxima vez. Debía ser más controlado, más delicado, y necesitaba un lugar donde poder dedicar más tiempo a la Comunión.
Desde que empezó, siempre había mantenido la regla de reunirse para una Comunión en el lugar de la otra parte.
Los motivos eran sencillos. Primero, y más importante, era por seguridad.
No quería que nadie descubriera su dirección particular y lo delatara a la policía.
Segundo, era por los puntos extra que le otorgaría en la tabla de clasificación.
En las raras ocasiones en las que se había visto obligado a hacerlo en su casa, había sido extremadamente cuidadoso y se había esforzado al máximo para asegurarse de que no conocieran la dirección exacta: a menudo quedaba con ellos en un lugar público y se los llevaba a su casa desde allí.
No era un método infalible para evitar que supieran su dirección, pero era mejor que nada.
Y ahora era el momento de un cambio. Las últimas Comuniones habían sido arruinadas por la amenaza de que un compañero de piso llegara a casa temprano o de que alguien pasara por allí en medio de la nada.
Necesitaba un lugar. Y ahora que lo pensaba, tal vez la brusca partida de su inquilino fuera en realidad un regalo.
Lester se acercó a la puerta principal y llamó.
Era una casa de un dormitorio que había reformado por completo hacía unos años.
Le había puesto una cocina nueva. Un baño nuevo.
Un salón nuevo. Un dormitorio nuevo. Era una ganga, y se la había dado al inquilino actual con un contrato renovable todavía mejor que requería un preaviso de treinta días para la cancelación.
Era beneficioso para ambas partes y nunca había tenido ningún problema con ellos. Hasta ahora.
La puerta se abrió.
—Hola, Sampson.
—Hola, Carl. Me alegro de verte. ¿Estás bien? —Esbozó una sonrisa y, por un instante, casi olvidó que debía fingir que su nombre era Sampson.
—Mejor que nunca, gracias. ¿Quieres entrar?
Lester entró en el estrecho pasillo sin responder. ¿Quién se creía Carl que era, preguntándole si quería entrar en el edificio que le pertenecía? Era su casa. El canijo de mierda no era dueño de nada.
Carl cerró la puerta mientras Lester giraba a la izquierda hacia el salón...
y se detuvo en seco. De pie, en el mirador de la ventana, había una chica de pelo oscuro.
Llevaba unos vaqueros ajustados que acentuaban sus curvas y una mochila al hombro.
Se balanceaba de lado a lado sobre las puntas de los pies.
—Hola —dijo Lester con cautela.
La chica se dio la vuelta. —Ah, hola.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Lester, intrigado.
—Es mi novia, Jessica —dijo Carl.
Lester estuvo a punto de soltar un bufido de risa por la nariz. Extendió la mano y estrechó la de Jessica. Era suave, cálida, húmeda, quizá un poco sudorosa.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Lester.
El rostro de Jessica mostró sorpresa.
—No te preocupes —continuó Lester sin darse cuenta de que lo había dicho—. No tienes motivos para estarlo.
Carl intervino, situándose entre Lester y Jessica como un perro que protege a su dueño de una amenaza cercana. En la mano sostenía una carpeta fina con documentos.
—Todo está ahí —dijo Carl—. Las últimas facturas. También todas nuestras facturas anteriores. Las cartas del ayuntamiento. Y una dirección por si tienes que reenviar algo.
—Excelente —dijo Lester, cogiendo la carpeta.
—¿Necesitas algo más?
—No. —Lester arrojó la carpeta sobre el sofá cercano—. Creo que eso lo cubre todo. ¿Te importa si echo un vistazo por el sitio... ya sabes, para asegurarme de que todo esté bien? Verificar que no haya nada roto. Ni cuerpos muertos que tengáis escondidos en el armario o algo así.
Lester soltó una risita, pero su intento de humor no fue bien recibido. Carl y Jessica se quedaron mirándolo inexpresivos.
—No sois muy fans de los chistes de muertos, ¿eh? —Lester se encogió de hombros—. Es un público difícil.
—Esto... —dijo Carl. La emoción de su rostro se había esfumado—. Por mí no hay problema. ¿Necesitas que nos quedemos mientras lo haces?
—Sí —dijo Lester con brusquedad—. Por favor. Solo por si necesito consultar cualquier cosa. ¿Te importa si empiezo por aquí?
—No, no. Por supuesto que no.
—Genial, gracias. Podéis iros de aquí. Preferiría que estuvierais en otra habitación de la casa. Pero podéis dejar vuestras cosas aquí, ¡solo para asegurarme de que no vais a salir corriendo!
Lenta y cautelosa, Jessica dejó caer su bolso al suelo y siguió a Carl fuera del salón, cogida de su mano.
En cuanto oyó sus voces bajas en la cocina, se puso manos a la obra.
Se precipitó hacia el bolso de Jessica, metió la mano y sacó una de sus tarjetas de débito de la cartera, deslizándola en su bolsillo antes de colocar el bolso de nuevo de forma tan perfecta como lo había encontrado.
Luego, durante los minutos siguientes, fingió llevar a cabo una inspección de la casa, moviéndose de habitación en habitación.
No le importaba si estaba hecha trizas o si había marcas de rozaduras en las puertas y paredes.
Tenía dinero suficiente para pintar encima, y seguiría habiendo gente interesada en alquilársela independientemente de su aspecto.
Necesitaban un lugar donde vivir y él podía satisfacer esa necesidad.
Una vez que terminó, Lester se detuvo al pie de la escalera y los llamó para que volvieran.
—Todo despejado —dijo—. No he encontrado nada. —Extendió la mano—. Has sido un gran inquilino. Me dará pena perder el dinero que me has estado dando durante los últimos dieciocho meses.
—Seguro que encuentras a alguien pronto —dijo Carl, forzándose a sonreír.
—Seguro que sí. —Lester soltó la mano de Carl y se dirigió a Jessica. Le cogió la mano entre las suyas—. Ha sido un placer conocerte.
—Igualmente.
—Espero que vosotros dos viváis una vida muy larga y feliz juntos.
—Bueno —dijo Carl, agarrando el brazo de Jessica—. Cogeremos nuestras cosas y nos iremos. Tenemos que estar en un sitio.
—¿Adónde vais? —preguntó Lester mientras los seguía.
—Nos vamos a viajar una temporada. Sudamérica. Luego Asia. Quizá busquemos algún trabajo por allí mientras estemos fuera. La dirección que te hemos dado es la de mi madre. Ella podrá encargarse de cualquier cosa si surge algún problema.
—Suena fantástico —dijo Lester, fingiendo una sonrisa—. Espero que os lo paséis de maravilla. Venga, no dejo que os entretengáis más. ¡Andando, fuera de aquí!
Carl y Jessica desaparecieron en el salón y regresaron momentos después con una mochila y una maleta cada uno. Salieron apresuradamente por la puerta y se dirigieron al Mini de Carl antes de lanzar su equipaje en el asiento trasero y salir a toda velocidad.
Lester estimó que habían tardado treinta segundos en salir de allí.
Quizá cuarenta. Era como si formaran parte del equipo de mecánicos de un equipo de Fórmula 1.
Le habían dejado claro que tenían prisa y que querían largarse de allí lo antes posible.
Lo cual le venía perfecto, porque ahora tenía un motivo para volver a llamarlos.
Miró su reloj. ¿Cuánto tiempo debía darles?
¿Diez minutos? ¿Quince? No. Esas cifras eran demasiado altas.
Tenía que reducirlo a unos pocos minutos.
Hacer que pareciera que acababa de encontrarlo.
Pero necesitaba prepararse. Tenía que dejar listos los utensilios para la carnicería que estaba a punto de desatarse.