Capítulo 42
EL OJITO DERECHO DE MAMÁ
D enise Tanner dejó una taza de té verde en la mesa de centro, al lado de Elizabeth.
—Espero que esté bien —dijo Denise, sentándose en el sofá de enfrente—.
Cuando estaba embarazada de Laura, no dejaba de beber té verde.
La pequeña dosis de cafeína me mantenía despierta toda la noche porque bebía muchísimos...
Supongo que eso explica por qué Laura daba tanta guerra y siempre estaba despierta cuando debía estar durmiendo.
En realidad, solo puedo culparme a mí misma.
Elizabeth soltó una risita forzada. Acababan de volver del hospital y se sentía cansada.
Le dolía todo el cuerpo. Le dolían las piernas.
Le dolía la espalda. Le dolía el cuello.
Le dolía el estómago. Estaba convencida de que la iban a ingresar en una cama para el resto de su vida debido al peaje que el embarazo le estaba pasando a sus huesos y músculos.
—¿Estás bien? —preguntó Denise, posando la taza en el plato.
Elizabeth dio un sorbo y tragó. El líquido le escaldó la boca, pero intentó que no se le notara.
—Solo estoy nerviosa —respondió.
—Oh, Liz. Todo saldrá bien. Ya has pasado por esto una vez, así que sabes qué esperar. Además, estoy aquí para lo que necesites si te hace falta ayuda, y tus padres también.
—Yo... —Elizabeth vaciló—. No me refería al parto. Aunque también me pone nerviosa, porque saber lo que me espera hace que me den más miedo las cosas que podrían salir mal. Me refería a Jake.
—¿A Jake? —replicó Denise, con el instinto maternal aflorando de golpe—. ¿Por qué te pone nerviosa Jake?
Elizabeth no dijo nada. En su lugar, bebió un poco más de té, deseando no haber abierto la boca, y miró por la ventana; un coche pasó y una madre empujaba un cochecito mientras un niño caminaba a saltitos a su lado.
—¿Liz? —insistió Denise.
—Nada. No te preocupes. No debería haber dicho nada. Olvida que lo he mencionado.
Denise se levantó del sofá y se sentó al lado de Elizabeth. Puso la mano sobre la rodilla de su nuera. —Puedes decírmelo, Liz. Especialmente si se trata de mi hijo. Si hace algo que te duela, créeme que lo pondré firme en un santiamén. Te lo prometo.
Elizabeth forzó una sonrisa. Era un gesto amable, y por su tono dedujo que Denise no bromeaba.
—Es solo... Su trabajo. Ha estado muy ocupado estas últimas semanas y me temo que no va a estar ahí para los niños. Que no va a estar conmigo cuando lo necesite. Me preocupa que priorice su trabajo por encima de todo lo demás.
—¿Te molesta que tenga ese trabajo? —preguntó Denise, con tono suave y reconfortante.
—¡No! En absoluto. Me encanta que le apasione lo que hace. Y estoy muy orgullosa de él. No querría que lo dejara por mi culpa. Solo quiero que esté presente... quiero que esté aquí , ¿sabes?
Denise se inclinó más hacia ella. —Lo sé, cielo.
Lo sé. Cuando Ian y yo empezamos con Laura, no sabíamos qué estábamos haciendo.
Cometimos muchísimos errores. Pensamos que simplemente podíamos seguir con la vida que llevábamos antes.
Pero no funcionó así. Nos dimos cuenta bastante pronto...
bueno, digo «nos», pero en realidad fui yo la primera que se percató...
A Ian le costó un poco más. Pero al final lo entendió.
Se dio cuenta de que no podía pasar todo el tiempo en el trabajo, y que tenía que sacrificar algunas tardes con sus amigos para apoyarnos a Laura y a mí.
Y si Jake se parece en algo a su padre —y, créeme, lo conozco lo suficiente para saber que sí—, entonces hará lo mismo.
Solo tardará un poco en darse cuenta. Obviamente, ser policía es totalmente distinto a ser fisioterapeuta —están en extremos opuestos del espectro—, pero solo intento decirte que tengas un poco de paciencia con él.
Confía en él. Todo saldrá bien. Y creo que en el fondo tú también lo sabes.
¡Quiero decir, vas a tener otro hijo suyo!
Y si no se espabila, siempre puedes decírmelo y le meteré caña.
Es el ojito derecho de su madre; no me puede decir que no.
Elizabeth soltó una risita, pero fue débil. Se sentía un poco mejor, pero no tanto como para poder olvidarse del asunto por completo. Amaba a su marido —haría cualquier cosa por él—, pero esperaba que él demostrara que era recíproco más pronto que tarde.
—Gracias, Denise —dijo Elizabeth, apretando la mano de su suegra—. Gracias. De verdad que te lo agradezco. Te has portado de maravilla durante todo esto... y con Maisie también.
—De nada, cariño. Ojalá Ian estuviera aquí para haberte conocido, y para veros a los dos convertidos en los maravillosos adultos que sois. —A Denise se le saltaron las lágrimas. Evitó la mirada de Elizabeth y vio algo sobre la mesa de centro—. ¿Qué es esto?
Denise se levantó del sofá y cogió una tarjeta naranja.
—No tengo ni idea... —respondió Elizabeth.
Denise volvió al sofá y se la entregó. Elizabeth inspeccionó la tarjeta de felicitación y leyó los mensajes de dentro. Uno de ellos destacó sobre los demás.
Recuerda: mi madre se llama Ellie. Nombre maravilloso. Persona maravillosa. Liam.
—Qué detalle —dijo Elizabeth, cerrando la tarjeta y dejándola en el brazo de su sillón—. Es de los chicos de la comisaría. Qué buenos son. No sabía que nos habían dado esto.