Capítulo 35
L DY CO K
J essica la Prostituta vivía en una casa flotante en el canal de Hackney Cut. Estaba amarrada en el extremo norte de Hackney Marshes, uno de los pulmones verdes de Hackney, y Lester había llegado allí en menos de veinte minutos tras salir de la comisaría.
Estaba de pie en medio del puente que cruzaba el río, vigilando, esperando, observando.
La zona estaba vacía, desolada, y no había nadie a la vista, tal y como esperaba a esas horas de la noche.
El río no era gran cosa; tenía unos pocos metros de ancho, como mucho, y estaba sembrado de maleza, juncos, botellas de plástico, bolsas de patatas y otros desperdicios que la gente era demasiado vaga para tirar a la papelera.
Por encima de su cabeza colgaban esqueletos de ramas y hojas que casi lo sumían en la oscuridad absoluta.
La barca de Jessica era larga —Lester calculó que de unos veintiún metros— y estaba mal cuidada.
Por lo que alcanzaba a ver bajo la tenue luz del sol poniente que se asomaba entre las ramas, el friso estaba decrépito y se caía a pedazos.
El óxido había empezado a formar montañas en la parte inferior, y al nombre de la embarcación le faltaban algunas letras. Se leía: L DY CO K.
Desde su posición ventajosa, era capaz de distinguir dónde estaban el salón, la cocina y también el dormitorio.
Al fondo del todo, en el medio y en el extremo más cercano, respectivamente.
Las luces estaban encendidas en cada una de las estancias, y notó una sombra pasar fugazmente tras las ventanas mientras Jessica se movía por su casa, tentándolo desde el otro lado de las cortinas.
Lester ya había esperado bastante. Era hora de hacerle una visita.
Cruzó el puente, recorrió el camino de grava y luego pegó el oído a la puerta de la barca. El retumbar de la música emanaba del interior, pero en cuanto llamó, cesó. Hubo una larga pausa. Luego volvió a llamar.
Esta vez la puerta se abrió. Jessica llevaba un albornoz apretado al cuerpo.
Era de un material fino —seda o nailon— y Lester vislumbró sus pezones a través de él.
No le causaron ninguna impresión. Observó los pormenores de su rostro.
No se parecía en nada a las otras dos. Seguía siendo alta, delgada y tenía el pelo castaño, pero había algo diferente en su cara, algo que no terminaba de descifrar.
Quizá fuera la nariz. Las cejas. Los intrincados poros y el vello sobre su labio superior y sus mejillas.
Pero... de todos modos, ya era demasiado tarde para echarse atrás. Servía.
—¿Jessica? —preguntó Lester.
Jessica retrocedió un poco. —¿Steven?
—Sí —mintió él—. Soy yo.
—¿Traes el dinero?
Lester jadeó. —¿Tan pronto? Ni siquiera hemos llegado a conocernos todavía.
—Me gusta asegurarme de que mis clientes tienen el dinero primero. Es pura lógica empresarial.
—En eso sí puedo estar de acuerdo —dijo Lester, sonriendo. Buscó en su bolsillo trasero, sacó la cartera y extrajo un cheque. Estaba extendido por quinientas libras. La mitad para ti. La otra mitad para el hombre que hizo el trato. Eso es lo que acordamos.
—Un cheque. ¿En serio? Pensaba que se habían extinguido —dijo Jessica, arrebatándoselo.
Lester se lo volvió a quitar y dijo: —Muy bien, quédate sin el dinero entonces.
Ella lo recuperó de un tirón, casi rompiendo la parte superior del papel. —Quédate sin el sexo entonces. —Jessica se lo guardó en el escote y lo invitó a entrar. Lester se agachó al acceder y sintió que la barca se hundía bajo su peso.
—Llegas pronto —dijo ella—. Estaba terminando de maquillarme.
Lester se quedó parado con torpeza en el estrecho pasillo. Era tan pequeño que sentía como si las paredes se le echaran encima.
—No me importa. De todos modos, no voy a verte mucho la cara.
Jessica lo llevó al dormitorio, a la izquierda. La habitación era de color rojo. Las cortinas estaban echadas y había una manta roja de felpa sobre el edredón. Un espejo colgaba del techo.
Lester lo señaló. —¿Eso es para placer tuyo o mío?
—Para ambos. —Se quitó el albornoz y lo empujó sobre la cama—. ¿Cómo te gusta?
—Salvaje.
—Eso puedo manejarlo —dijo Jessica, guiñándole un ojo.
Lester se levantó de la cama. —¿Dónde tienes el baño? Quiero vaciar el depósito antes de empezar.
—Está... esto... al otro lado, pasada la cocina. A tu derecha.
Lester le dedicó una sonrisa antes de salir del dormitorio.
Recorrió con cuidado la longitud de la barca, manteniendo los ojos bien abiertos en busca de una hoja.
Se había convertido en otra de sus costumbres: usar las armas de sus víctimas contra ellas; que tropezaran y cayeran a merced de sus propias espadas.
En su mente, resultaba curiosamente poético.
Unos segundos después, Lester encontró un cuchillo en la cocina, apoyado sobre la encimera junto a un par de limones pelados y una jarra de agua.
Era pequeño —mucho más de lo que estaba acostumbrado—, pero bastaría.
Si estaba lo bastante afilado para pelar un limón, lo estaba para rebanar un cuello.
Lester pasó de largo la cocina y entró en el aseo. Allí, un cepillo de dientes yacía abandonado en el lavabo, con manchas de pasta de dientes en el espejo. Esperó allí un momento, fingiendo que orinaba. Transcurridos treinta segundos, tiró de la cadena, fingió lavarse las manos y salió.
Tras cerrar con cuidado la puerta del baño tras de sí, Lester echó un vistazo a lo largo de la barca.
Jessica no estaba a la vista; se oía un crujido procedente del dormitorio.
Caminó de puntillas por el pasillo y se metió en la cocina, agarró el cuchillo y se lo guardó en los pantalones antes de volver hacia el dormitorio.
—¿Todo listo? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
—Lista cuando tú quieras. —Jessica se sentó en el borde de la cama y dio unas palmaditas en el edredón para que Lester se uniera a ella—. ¿Qué te gustaría hacer primero?
—Tengo una idea en mente.
Lester cruzó el umbral de la habitación —era el momento: ya no había vuelta atrás—, agarró a Jessica por el hombro y la obligó a ponerse a cuatro patas.
Ella soltó un leve grito cuando la fuerza de Lester la arrolló.
La mayoría de sus encuentros de la Comunión se habían visto sorprendidos por su fuerza bruta, y era halagador saber que esta Jessica no era diferente.
Se subió a la cama y echó la mano atrás.
Mientras su mano aferraba el cuchillo de cocina y lo sacaba del bolsillo, Jessica miró hacia atrás.
Sus ojos se agrandaron al posarse en la hoja demoníaca, por la forma en que reflejaba la luz sensual de la habitación.
Jessica fue la primera en reaccionar. Soltó una patada que impactó en los testículos de Lester.
Él salió despedido de la cama y se golpeó la espalda contra un armario de madera.
Al instante, Jessica bajó de la cama, agarró su albornoz del suelo y salió pitando del dormitorio.
Lester recuperó la compostura y fue tras ella.
Ella ya estaba fuera de la barca cuando Lester logró ponerse en pie, y él supo que debía ser rápido.
La escasa luz haría que pronto la visibilidad fuera mala, y bajo el manto de los árboles, sería nula.
Lester desembarcó y persiguió a Jessica. Ella había girado a la izquierda y corría por la orilla del río. Gritó de dolor cuando las piedras bajo sus pies le desgarraron la piel. Eso la ralentizó sobremanera y, en cuestión de segundos, Lester la alcanzó.
La rodeó por la cintura con el brazo desde atrás y le hundió la hoja en el cuello.
Había clavado el cuchillo tan profundamente en su garganta que, a pesar de su longitud, parecía haber salido por el otro lado.
Durante un breve instante, Jessica forcejeó, pero todo terminó en pocos segundos.
Tenía las manos y los brazos cubiertos de su sangre, y el cuerpo de ella se sentía pesado contra el suyo.
Un peso muerto. Extrajo la hoja del cuello y dejó que el cuerpo cayera al suelo. Aterrizó con un golpe seco.
Lester se detuvo para mirar a ambos lados del camino.
Estaba vacío; no había paseadores de perros nocturnos ni gente practicando cruising que pudieran interrumpirlo.
Se enfrentaba a dos opciones. Primera: arrastrar a Jessica al dormitorio y hacer allí todo lo que había planeado para ella; o segunda: ahorrarse la molestia de arrastrarla de vuelta a la barca y hacerlo allí mismo por el puro placer intensificado que le proporcionaba.
Lester optó por la segunda opción.
Antes de empezar, le extrajo la lengua de la garganta y se la guardó en el bolsillo. Dejó los dedos para más tarde.
Ahora, podía comenzar.