Capítulo 28
SINCERIDAD ABSOLUTA
L a Jefatura de Policía de Surrey, en Mount Browne, había sido el segundo hogar de Jake durante una breve etapa al principio de su periodo como detective en prácticas.
El edificio era imponente, de piedra victoriana, y los terrenos que lo rodeaban estaban tapizados de un césped verde y exuberante y robles que centelleaban bajo el sol.
Era la antítesis absoluta de Bow Green, en Stratford: gris, lúgubre, abandonado y descuidado.
Una parte de Jake deseaba seguir siendo miembro del equipo de Surrey. Pero ahora que por fin se estaba adaptando al Equipo de Investigaciones Principales, no quería hacer nada que pusiera eso en peligro.
Jake apagó el motor en los límites del aparcamiento que recorría el anillo norte de la jefatura.
Lo había logrado en poco menos de quince minutos; su trayecto se vio facilitado, por suerte, por unas carreteras vacías y conductores obedientes que se apartaban en cuanto lo veían rugir tras ellos en sus retrovisores.
Abrió la puerta del coche y salió, y al hacerlo, algo a lo lejos le llamó la atención. Era una figura que justo salía del edificio. Jake estaba a cincuenta metros de la entrada, pero eso no importaba: conocía aquel modo de andar.
Dani, eres un puto héroe , pensó mientras cerraba el coche y se dirigía hacia Bridger.
El veterano sargento llevaba una funda de portátil al hombro y una bolsa de plástico en la mano derecha.
Cuarenta metros los separaban. Jake se preparó para lanzar su ataque contra Bridger.
Pero entonces algo le puso en alerta y, de repente, cambió de opinión.
Confrontarlo allí era un error. Era demasiado público, estaba demasiado a la vista.
Tenía que ser algo más privado, un lugar donde Bridger fuera más propenso a decirle la verdad.
Jake observó cómo Bridger se dirigía a su coche, tiraba las bolsas en el maletero y arrancaba. No había tiempo que perder, así que corrió de vuelta a su propio vehículo y lo siguió, manteniendo una distancia prudencial.
Mientras salía del aparcamiento de la comisaría, era terriblemente consciente de que no podía permitirse perder a Bridger. Bajo ninguna circunstancia.
Jake miró la hora en el salpicadero. Eran casi las trece horas.
Bridger se dirigió hacia el este, saliendo de la ciudad y de Guildford.
Condujeron por carreteras secundarias, serpenteando a izquierda y derecha, entrando y saliendo de curvas, subiendo lomas y bajando hondonadas.
Durante todo el trayecto, Jake mantuvo las distancias, con la mente trabajando a toda marcha mientras intentaba encontrar el momento y el lugar adecuados para obligar a Bridger a detenerse.
Y entonces, la decisión se tomó por él.
Al llegar a las afueras de Farnham, Bridger giró a la izquierda por un camino estrecho y sin asfaltar, resguardado por las hojas y la maleza que colgaba sobre él.
Las luces de freno parpadearon y luego se detuvieron.
El coche dio un bote y volvió a bajar cuando Bridger puso el freno de mano y apagó el motor.
Ya estaba. Había llegado el momento.
Antes de salir del vehículo, Jake desbloqueó su iPhone y abrió la aplicación de notas de voz para grabar la conversación. En cuanto Jake bajó del coche, Bridger se quedó petrificado al ver a su antiguo colega.
—¿Usted? —dijo Bridger, con el rostro crispado.
—¿Esperaba a otra persona? —replicó Jake, guardándose el teléfono con cuidado en el bolsillo.
—No. A nadie. Solo me ha sorprendido verle, eso es todo. —La nuez de Bridger convulsionó al tragar saliva—. Tiene... buen aspecto. ¿Le tratan bien en el MIT? —preguntó.
Las comisuras de Jake esbozaron una sonrisa.— Usted no ha cambiado. Me alegra verlo. Aunque creo que le han salido algunas canas más por los lados.
—Y usted se ha ensanchado. —Bridger hizo un gesto con la cabeza hacia la cintura de Jake.
En los últimos meses —desde que Elizabeth se había quedado embarazada de nuevo— Jake había ganado algo de peso.
Quizá era por comer debido al estrés. Quizá por ansiedad.
Tal vez una combinación de ambas. Pero siempre estaba demasiado cansado para cocinar nada al llegar a casa, así que solían apañarse con comida congelada.
Sus finanzas tampoco se resentían, ya que las cenas solían basarse en lo que Jake llamaba las tres «bes»: bueno, bonito y barato.
—¿A qué ha venido, Jake? —preguntó Bridger—. Supongo que no es para ponerse al día; de lo contrario, lo habría hecho allí en Mount Browne.
Jake se detuvo para mirar a su alrededor.
Estaban en un tramo más ancho de la carretera que permitía a los conductores apartarse para que otros coches pudieran pasar.
La grava bordeaba el asfalto y un matorral de ortigas se mecía a pocos centímetros de su mano con la ligera brisa.
—¿Es aquí donde solía reunirse con los Crimson?
¿A organizar juntos sus pequeñas actividades?
La sonrisa de Bridger desapareció y se le demudó el gesto. —¿Entonces se ha enterado de la noticia?
—Creo que sería mejor que Danny y Michael Cipriano se quedaran donde están. Son una amenaza para la sociedad. No podemos permitir que salgan. ¿Quién sabe qué será lo próximo que hagan?
—No habrá una próxima vez.
—¿Cómo lo sabe? —Jake se recolocó el teléfono en el bolsillo para que el micrófono apuntara hacia fuera. Esperaba que eso mejorara la calidad del audio.
—Porque sé esas cosas. No son un peligro para nadie. Ya no quieren hacerle daño, Jake. Nunca quisieron. Todo fue cosa de su imaginación. Solo eran negocios.
—¿Así es como se llama ahora? Negocios.
Bridger sonrió con suficiencia y siguió mirando fijamente a Jake. Pasó un largo momento de silencio entre ambos, y el único signo perceptible de movimiento fue un camión de veinticuatro ruedas que pasó zumbando a sus espaldas.
—¿A qué ha venido realmente, Jake? —Esta vez el tono de Bridger era tenso. Jake no lo había oído antes, pero no sonaba nada acogedor.
—Quiero saber cómo lo ha hecho.
—¿Sigue cabreado porque estoy en nómina? ¿Sigue enfadado porque nadie creía que fuera un poli corrupto?
—Bastante gente lo creía —respondió Jake.
—Pero no la gente adecuada para hacer algo al respecto.
—Sé lo que ha hecho, Bridger. Sé que usted fue el responsable de todo lo que pasó aquel día.
Dando largas hasta que llegaron los forenses y los artificieros con aquella milonga del accidente en la autopista.
Alejándonos de las llaves que mataron a Candice.
Mintiéndome sobre que un superintendente jefe había aprobado aquella entrevista con Michael.
Lo sé todo. Y sé que contó con la ayuda de Mark Murphy por el camino.
Pero nadie me escuchó. Y ahora quiero saber cómo está ayudando a esos tipos a salir de la cárcel...
cómo ha conseguido convencer a la fiscalía para que lo retire todo.
¿A quién ha tenido que pagar? ¿O es al revés?
Bridger levantó las manos. —¿Qué le hace pensar que yo he tenido algo que ver?
—Sigue trabajando con ellos. Sé que es así.
—No tiene pruebas.
—Lo tengo delante de mis narices —dijo Jake, señalando el coche de Bridger—. Coche flamante. Un Jaguar XKR. Le habrá costado un riñón. Especialmente con el sueldo de un sargento. ¿Cuánto ha sido? ¿Cincuenta... sesenta mil?
Bridger asintió levemente.— Al valor de hoy.
Jake estaba derribando las barreras poco a poco; podía sentirlo. Se sintió confiado y decidió lanzar una piedra para ver si acertaba.
—Y para un hombre con tantas deudas como usted, es un capricho considerable. ¿Lo ha pagado todo al contado?
—¿Cómo lo sa...?
A Jake le costó reprimir una sonrisa.— No lo sabía, pero me lo acaba de confirmar. ¿Ha declarado sus deudas?
Bridger no respondió.
—Porque, y estoy seguro de que es consciente de ello —después de todo, usted era el que me daba la tabarra con lo excelente que es—, es deber de un oficial de policía, según el párrafo cuatro del Anexo 1 del Reglamento de la Policía de 2003, no rechazar ni descuidar voluntariamente el pago de cualquier deuda legítima.
Por no mencionar el Artículo 9 del Código ético...
—¿Todavía cree en esa mierda de la ética? ¡Ja! Es usted aún más ingenuo de lo que pensaba, Jake. Nadie sigue eso desde hace años... en todo el tiempo que llevo siendo policía.
Jake decidió ignorarlo y continuar.— Según el Artículo 9 del Código ético, es su deber como oficial de policía informar de cualquier problema financiero que pueda estar teniendo, ya que corre —y en su caso parece muy probable— un mayor riesgo de verse involucrado en el crimen organizado.
Yo diría que ya cumple con todos esos requisitos.
Bridger cambió. Su expresión se ensombreció y se lanzó hacia Jake.
En cuestión de segundos, el hombre, de complexión dominante, se alzó sobre él, dándole a Jake poco tiempo para reaccionar.
Bridger extendió la mano y agarró a Jake por la camisa, soltando el aliento en su cara.
Ya se habían visto en un forcejeo similar antes, pero esta vez se sentía distinto.
Ya no eran colegas, ya no trabajaban juntos en un caso, así que no había nada que impidiera a Bridger darle un puñetazo en la cara y darle una paliza.
—No tiene ni puta idea de lo que está hablando, Tanner. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo se ha enterado? —siseó Bridger.
—Nadie se lo ha dicho. Se lo acabo de decir: usted mismo me lo ha confirmado.
—¿Quién es su fuente? —Bridger le clavó el dedo en el pecho—. ¿Quién le está dando esta información?
—Nadie. Pero me da la sensación de que tiene miedo —dijo Jake, y Bridger dio un paso atrás—. ¿De quién tiene miedo, Elliot?
—De nadie.
—Deje que le ayude. Cuéntemelo todo y puedo arreglar esto. Si está en problemas, o si se ha metido más a fondo de lo que imaginaba con quienquiera que trabaje, podemos colaborar para solucionarlo. Solo tiene que decirme qué está pasando.
Había algo diferente en el rostro de Bridger. Sus ojos. El color había cambiado; sus pupilas estaban dilatadas. Era evidente que tenía miedo. Que había algo más profundo acechando bajo la superficie.