En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

ROVER

E l pub se llamaba The Head of the House.

Jake había estado allí una vez, cuando era un joven de dieciocho años rebosante de testosterona en una ruta de bares con sus amigos de la universidad del club social de esquí y surf.

Había sido la etapa final de un recorrido en el que habían cruzado Londres de oeste a este, lo que les dejó a todos con el engorro de intentar volver al campus de la UCL en el centro de la ciudad.

Pero para Jake, aquella noche era una nebulosa.

Había bebido demasiado en muy poco tiempo y había obligado al grupo a terminar la juerga antes de tiempo.

Todo lo que recordaba era que las copas allí eran más baratas que en cualquier otro sitio y sabían diez veces más fuertes.

Y siempre recordaría la mañana siguiente, en la que sufrió la peor resaca de su vida adulta.

Liam y Jake esperaban en la barra. Jake apoyó los brazos en el mostrador e inmediatamente los retiró. Estaba pegajoso y húmedo, con cercos de cerveza y combinados que ensuciaban la superficie.

—¿Qué vas a tomar? —le preguntó Liam mientras hacía una seña a la camarera.

—No, no. No te preocupes, jefe. No puedo beber.

—¿Por qué no?

—Voy conduciendo...

—¡Y una mierda!

—Y además tengo a Elizabeth...

—Por lo menos te puedes dar el gusto de tomarte una.

Vamos, Jake. Te lo has ganado. Respeto a la gente que da un paso al frente como has hecho tú hoy.

Demasiadas personas esperan que las cosas les caigan del cielo, pero tú has salido ahí fuera y has ido a por ellas.

Considera esto parte del rito de iniciación en tu primera salida con los chicos.

Jake vaciló un momento. Una parte de él —una parte importante— quería beber algo.

Tenía sed, hacía tiempo que no tomaba nada y quería relajarse un poco.

Había sido un día perturbador y estresante.

Pero conocía los peligros de beber durante el trabajo.

Al principio, era solo una. Luego, a medida que la carga de trabajo y el estrés aumentaban, a una botella le seguía otra de cerca.

Y luego otra. Y otra más. No quería que eso ocurriera; tenía una familia y una esposa cariñosa a las que cuidar.

No solo eso, sino que sabía que Elizabeth le recriminaría gastar un dinero que no tenían en alimentar una adicción insana y debilitante.

La camarera se plantó ante él y Jake se puso en guardia.

—Buenas tardes, Maggie —dijo Liam.

—Hola, Liam. ¿Quién es este?

—Jake. Carne fresca para ti.

Maggie sonrió con sorna, mostrando una hilera de dientes inferiores marrones. —Me gustan frescos. Al menos su cara será un cambio agradable frente a los caretos de Drew y Pete.

Liam y Maggie rieron entre dientes, pero a los pocos segundos, las risas cesaron y ella volvió a centrar su atención en Jake. —¿Qué te pongo entonces, novato?

—Una Foster's, por favor —dijo él, tragando saliva.

—Marchando dos pintas de meado para la carne fresca y una Guinness para la carne vieja.

—¿Dos? —preguntó Jake, mirando a su inspector con el ceño fruncido.

—Tradición. La primera ronda siempre es doble cuando es tu primera salida con nosotros —dijo Liam, señalando con la cabeza la pinta de Foster's recién tirada que Maggie había puesto ante ellos.

El líquido burbujeaba y pequeñas gotas saltaban en la superficie. Maggie colocó otro vaso junto al primero. Liam pagó y se dirigieron a la mesa más cercana.

—¿Cuándo vienen los demás? —preguntó Jake.

En cuanto rodearon el lateral de la barra, obtuvo su respuesta.

—¡Jefe! —gritó alguien a sus espaldas.

Era Drew, sentado con algunos del Equipo de Investigaciones Mayores y un par de tipos de Personas Desaparecidas. Todos tenían una cerveza en la mano y, tras un rápido recuento de los vasos vacíos sobre la mesa, Jake se dio cuenta de que ya se habían ventilado una ronda.

Jake y Liam caminaron hasta la mesa y se sentaron uno junto al otro.

Al lado de Jake estaba el sargento Richard Clifton, un hombre calvo —por elección propia más que por genética— con un labio inferior que sobresalía más que el superior.

Era miembro del equipo de Personas Desaparecidas y, por lo que Jake había tratado con él en el edificio, era un ser humano tranquilo y respetable.

Para empezar, era el único que parecía hacer un esfuerzo consciente por hablarle en el ascensor, a veces en la cantina o —y a Jake le parecía extraño cada vez que lo recordaba— en el baño.

—¡Enhorabuena, compañero! —dijo Clifton, estrechando la mano de Jake. Su aliento estaba impregnado de olor a alcohol.

Todos los demás alrededor de la mesa le felicitaron, alzando sus vasos al aire.

Drew, sentado enfrente, se inclinó hacia el centro de la mesa y agarró un vaso lleno de cerveza negra.

—Perdona, Liam. No sabíamos que ya habías pedido, así que te hemos cogido tu habitual.

—Colocó el vaso frente a Liam, derramando parte del contenido por el borde, luego miró a Jake y dijo—: No sabíamos qué querías, así que te hemos traído una Stella.

—Vas a ir a casa con tu mujer después de esto, ¿verdad? —preguntó Garrison, sosteniendo un vaso a pocos centímetros de los labios.

La mesa estalló en carcajadas y Jake también se vio riendo.

No era su tipo de bromas habitual, pero si quería encajar, era consciente de que tendría que hacer algún que otro sacrificio.

Jake dio un sorbo a la bebida, evitando cualquier oportunidad de responder a la pregunta retórica. Por suerte para él, otro respondió.

—Se nota que McVitie vuelve a estar dándole a la priva —dijo Drew.

Le llamaban Pete «McVitie’s» Garrison porque su marca de galletas favorita era McVitie’s. En cualquier momento que pudiera, tenía un paquete de digestive o de hobnobs sobre la mesa o en las manos. Por lo que Jake había observado, era el único apodo que se tenían entre ellos.

—Es fácil para él hablar de maltratadores de mujeres cuando él es el que va a morir solo —dijo Clifton.

Garrison le dedicó a Clifton una peineta.

—Me habré jubilado antes de que vuelvas a mojar el churro, chaval —dijo Garrison.

El grupo estalló de risa.

—Ya empezamos —dijo Drew, poniendo los ojos en blanco—. Jubilarse. Jubilarse. Jubilarse. No cierras la puta boca con el tema. Estamos ju-bilados de oírte siempre lo mismo.

Garrison ignoró la burla y dirigió su atención a Jake.

—Vamos, colega —dijo—. Ahora tienes tres que terminar. No te vas de aquí hasta que te las hayas bajado todas.

—Me va a dar la noche —dijo Jake, antes de dar un largo trago a la primera. Para cuando la devolvió a la mesa, quedaba menos de medio vaso. La repentina ingesta de alcohol hizo que la cabeza empezara a darle vueltas.

—Dime —comenzó Liam, tocándole en la espalda—. ¿Para cuándo sale de cuentas?

—El día veintiocho, señor.

—¿Tenéis nombre ya?

Jake negó con la cabeza.

—Mi madre se llamaba Ellie —empezó Liam—. Una mujer encantadora. La mejor que pudieras conocer. Lo digo en serio. Una auténtica luchadora. No se dejaba avasallar por nadie. Tenía un fuego interior, pero también un lado tierno. Algo en lo que pensar.

—Lo pensaré, jefe —dijo Jake, dando otro trago.

—Venga, Jake. Estamos fuera de servicio. No hace falta esa soplapollez de «señor» y «jefe». Si me caes lo bastante bien, puede que deje que lo dejes del todo. Quizá incluso deje que me llames por mi apodo.

—¿Apodo? No sabía que tuviera uno —respondió Jake.

—Rover —añadió Drew, dando otro sorbo—. Lunar rover. Mars rover. Le va todo eso del espacio. Los alienígenas. Star Trek. Star Wars. Ah, y siempre sueña con tener un Range.

—Gracias por la aclaración, Drew —dijo Liam, frunciéndole el ceño por el exabrupto—. Algún día podrás llamarme así, Jake. Sabe Dios que a Richmond le costó bastante tiempo.

—Voy derribando esas barreras poco a poco. —Drew guiñó un ojo.

—Para entonces me habían caído unos cuantos años encima. Al final decidí rendirme. —Liam dudó—. ¿Es tu primer hijo?

—El segundo.

—Muchísimas felicidades —dijo Garrison. Alzó su cerveza en medio de la mesa y pidió un brindis.

Todos celebraron, y el resto de los clientes de The Head of the House se giraron hacia ellos.

Jake sentía las miradas sentenciosas clavándose en él, pero no le importaba; estaba disfrutando de las bromas y la camaradería con sus nuevos colegas y amigos.

Garrison se terminó la pinta y la estampó boca abajo sobre la mesa. —Jake, ¿sabes de qué me acabo de dar cuenta?

—¿De qué? —respondió Jake, sintiéndose repentinamente ansioso. Su mente se aceleró intentando pensar en cosas que hubiera hecho mal recientemente... si es que había alguna.

—Esta es tu primera vez aquí abajo con el resto de nosotros... y con Drew. ¿Sabes lo que eso significa?

Jake no respondió.

—Es la hora de las veintiuna preguntas. Así conoceremos al verdadero Jake Tanner.

«Oh, Dios», pensó Jake, preparándose para una andanada de indagaciones vergonzosas y, suponía, profundamente personales.

Drew fue el primero. —¿Cuánto tiempo llevas de policía?

Casi al instante, su pregunta fue recibida con una cacofonía de profundos gruñidos y quejas.

—Esa es una mierda de pregunta, imbécil —dijo Garrison. Jake empezaba a comprender que él era el más ruidoso —además del mayor— del grupo. El patriarca. La figura paterna. El que, a pesar de su rango inferior, mantenía a todos por el buen camino.

—¿Qué? —replicó Drew a la defensiva—. Es importante.

—Vete a casa —gritó Liam—. Eres malísimo en esto. Que nadie le deje volver a entrar, por favor. Tengo una: ¿cuál es tu secreto más oscuro y profundo?

La mesa se quedó en silencio, a excepción del sonido de la respiración pesada y sibilante de Clifton.

Jake hizo una pausa para dar efecto dramático. Sabía la respuesta de inmediato, y no tenía ninguna intención de contársela a ninguno.

—Por algo se llama secreto.