En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

LA HORA DORADA Y OTRAS TONTERÍAS

L as imágenes del cuerpo mutilado y desmembrado de Jessica Arnholt sobre la mesa atormentaban a Jake. Cerró los ojos en un intento de erradicarlas, pero fue inútil. Estaban grabadas permanentemente en su cerebro, teñidas con una tinta indeleble que ni la terapia más potente lograría borrar.

Jake y Liam estaban apostados frente a la Galería Arnholt.

Habían dejado que el equipo de la científica hiciera su trabajo mientras esperaban a que Drew hiciera el suyo.

Tardó mucho en regresar a la comisaría y pasarles la dirección de los padres de Steven Arnholt.

Al parecer, había habido un problema con los sistemas informáticos de la comisaría y Drew había tenido que esperar a que alguien de informática se lo arreglara.

—Según el tío, ha sido solo cuestión de apagarlo y volverlo a encender —dijo Drew por el manos libres justo cuando Liam arrancaba el motor.

—A veces eres un completo imbécil —dijo Liam, incorporándose a la carretera principal y girando a la izquierda.

Colgó y encendió las sirenas.

Jake y Liam permanecieron en silencio durante la mayor parte del trayecto.

No por elección; Jake había querido hablar con su jefe —conocerlo un poco mejor—, pero aunque Liam se había puesto de su parte frente a Drew, eso no había cambiado lo intimidante que le resultaba.

Eso, y el hecho de que Liam era el tipo de hombre que solo permitía que alguien le hablara si él hablaba primero.

Y si alguien intentaba desviarse de ese patrón, le soltaba una reprimenda.

Tardaron menos de diez minutos en llegar a la dirección de los padres de Steven, a pocos kilómetros de la escena del crimen.

Era un lujo que Jake sabía apreciar: la casa de su propia madre estaba a unos quince minutos de la suya.

No demasiado lejos en caso de emergencia, ni tan cerca como para que estuviera allí metida todo el tiempo.

Y así era exactamente como a Jake le gustaba.

Liam frenó el coche frente a la entrada de los Arnholt y sacó las llaves del contacto. Mientras caminaban hacia la puerta, Jake se fijó en que Liam no había cerrado el vehículo.

—Señor —dijo él, señalando el coche.

—No deberíamos tardar mucho. Dudo que nos sirvan de gran ayuda de todos modos.

Además, quiero decir, mira esto. —Liam señaló los alrededores con un gesto de los brazos; la calle estaba repleta de coches caros y motos que parecían anuncios de ingeniería alemana—.

No veo a nadie por aquí intentando robar mi cacharro, ¿tú sí?

Jake se encogió de hombros.

—Quiero que lleves tú la voz cantante, Jake. Intervendré si hay algún problema, ¿de acuerdo?

—¿Qué?

—Tú eras el que quería curtirse un poco y ganar experiencia, ¿no?

Jake asintió. —Así es.

—Pues entonces, esto depende de ti.

Jake exhaló profundamente mientras Liam llamaba a la puerta, y esperaron juntos.

Jake permaneció con las manos entrelazadas por delante, a la altura de la cintura, tratando de calmar los nervios respirando hondo.

Dar la noticia de un fallecimiento —decirle a alguien que su familiar acaba de morir y que no volverá a verlo nunca más— era una de las partes más difíciles del trabajo.

Era un tormento que esperaba no tener que sufrir nunca en persona.

Elizabeth, su mujer, siempre le decía que eso era lo único que temía cada día que él estaba en el trabajo: el sonido digno del timbre, el agente de policía con rostro solemne frente a ella, el tono de su voz al informarle de que Jake había muerto y que se quedaba sola para criar a su hijo —pronto hijos—.

El pensamiento le hizo consultar el móvil.

Le había parecido sentirlo vibrar. Falsa alarma.

Mientras se guardaba el dispositivo, Jake se mordió el labio inferior, preguntándose cómo debía transmitir la noticia.

Sabía cómo querría recibirla él: de forma directa y rápida, como quien arranca una tirita.

Con todos los hechos por delante. De esa manera, su mente no tendría tiempo de procesar la información y permitir que sus emociones se apoderaran de él.

La puerta principal se abrió y allí, empequeñecida por el marco de la puerta blanca, estaba la madre de Steven Arnholt.

Llevaba una blusa estampada con grandes botones negros.

Tenía el pelo con la raya al medio y el rostro encendido por el maquillaje; sus uñas combinaban con el color de sus labios: rosa intenso.

—¿La señora Arnholt? —preguntó Jake, mostrando su placa.

En cuanto ella vio el emblema de la insignia, se le desencajó el rostro. Con cuidado, casi con cautela, asintió.

—¿Podemos pasar? —preguntó Jake.

—S-Sí. Por supuesto. —La señora Arnholt se hizo a un lado para dejarles paso. Estaba temblando visiblemente, y Jake esperó en el recibidor a que ella cerrara la puerta tras ellos—. Por aquí, p-por favor.

Se oyó un sonido en la planta de arriba. —¿Quién es, cielo? —Unos pasos apresurados resonaron en el piso superior y bajaron por las escaleras. Se detuvieron en cuanto Jake y Liam aparecieron a la vista.

Jake tenía su identificación lista. —Buenas tardes, señor. Somos del Equipo de Investigación de Delitos Graves de Bow Green.

—¿Es por Steven?

—Creo que será mejor que nos sentemos, señor. —Jake se volvió hacia la señora Arnholt—. Señora.

—Por favor, llámame Julie. Y él es Tristan.

Jake asintió y siguió a Julie al salón. Tres sofás rodeaban el televisor de cuarenta pulgadas colgado en la pared.

Había una gran mesa de centro con un jarrón de lirios en medio.

Jake se sentó. A su izquierda había una hilera de puertas acristaladas que daban al jardín.

Desde donde estaba sentado, podía ver un columpio de madera junto a la valla trasera.

—¿Puedo ofrecerles algo de beber? —preguntó Julie mientras Tristan se sentaba frente a ellos—. ¿Té? ¿Café?

—Para mí nada, grac⁠—

—Café. Por favor. Con tres de azúcar. Mucha leche —dijo Liam, con una sonrisa.

Jake le lanzó una mirada llena de desdén.

—Claro —dijo Julie con timidez—. No tardo nada.

Tenía razón. Menos de un minuto después regresó con tres tazas en una bandeja. Jake se alegró de verla; el silencio entre los tres había sido incómodo y se estaba quedando sin cosas que mirar. Julie puso la taza de Liam en su mano y dejó las demás sobre la mesa de centro.

—Y bien... —comenzó Tristan—. ¿En qué podemos ayudarles, agentes?

La mano de Julie buscó la de Tristan sobre su regazo y la apretó.

—Señor y señora Arnholt, no hay una forma fácil de decirles esto... —Aquel era el momento. El momento de dar la noticia devastadora que él esperaba, como padre, no tener que recibir nunca—. Steven y Jessica fueron asesinados anoche en la galería de Steven.

Julie dio un respingo de horror y se llevó las manos a la boca. Tristan se masajeó las manos, luchando contra las emociones tras sus ojos llenos de lágrimas.

—Lamento profundamente tener que darles esta noticia. Sé que es mucho que asimilar, pero hay algunas preguntas que nos gustaría hacerles.

Julie intentó hablar, pero el dolor y la pena ahogaron sus palabras. En el brazo del sillón junto a él, Jake vio una caja de pañuelos. Se estiró y se la entregó a Julie.

—Gracias —dijo ella, cogiendo uno y secándose el ojo con delicadeza para no estropearse el maquillaje.

—¿C-C-Cómo...? —Tristan no pudo terminar—. ¿Cómo ha pasado?

—Me temo que eso no está del todo claro en este momento. —Jake buscó en el bolsillo del pecho de su americana y sacó su cuaderno—. Me preguntaba si podrían hablarme de la relación de Steven y Jessica. ¿Cuánto tiempo hacía que se conocían?

—Unos... siete años más o menos, creo. Se conocieron de vacaciones en Estados Unidos. Steven estaba allí por trabajo. Acababa de vender un cuadro a una galería de Nueva York y nos invitó para celebrarlo.

—¿Así que ustedes también la conocieron allí?

Tristan asintió y Jake tomó nota en su cuaderno.

—Y... ¿cuánto tiempo llevaban casados?

—Casi cinco años —añadió Julie, estrujando el pañuelo de papel entre las manos—. Le pidió matrimonio en Nueva York.

—Qué bien —dijo Jake.

A su lado, Liam se inclinó hacia delante y dejó su taza vacía en la mesa de centro. Jake pudo oler el rastro agrio del café en el aliento del hombre.

—¿Cuáles fueron sus primeras impresiones de Jessica?

—Encantadora —respondieron ambos al unísono.

—No tenía ni un ápice de maldad. Siempre nos trató con mucho respeto y cariño.

Siempre nos encantaba que viniera a vernos...

¡los dos! —Julie rompió a llorar de nuevo.

Esta vez no le importó el maquillaje y se lo restregó por la cara.

Para cuando terminó, unas sombras negras habían aflorado bajo sus ojos, dándole el aspecto del Joker.

—¿Les mencionó Steven algo sobre lo que iba a hacer anoche?

Tristan negó con la cabeza. —La última vez que hablamos con él fue hace una semana aproximadamente.

—¿Se les ocurre alguien que quisiera hacerle daño? ¿Algún trato artístico que hubiera hecho en el pasado que saliera mal o donde alguien no obtuviera el beneficio que esperaba?

Tristan negó con la cabeza.

—¿Mencionó alguna vez sentirse amenazado por alguien? ¿Dijo algo sobre alguien que lo siguiera o quisiera...? —Jake dejó la frase en el aire, permitiendo que Tristan y Julie la terminaran mentalmente.

—No. No —dijo Julie, con las palabras impregnadas de angustia—. Nadie. Nadie querría hacer daño a nuestro preciado Steven. Era amable, generoso, cariñoso y ayudaba a todo el mundo que conocía.

Jake siguió escribiendo en su cuaderno mientras Julie hablaba, mirándola de vez en cuando para demostrarle que seguía escuchando. Mientras garabateaba, sintió que el móvil le vibraba contra la pierna. Sacó el dispositivo y miró la pantalla. Nada. Otra falsa alarma.