Capítulo 3
CHIVATAZOS
J ake Tanner trabajaba por el nombre de la placa, no por el nombre que figuraba en ella.
A las siete de la mañana ya estaba en la oficina.
Era un madrugador, ansioso por dejar huella, por que se viera su cara y que su nuevo equipo sintiera su presencia.
Formaba parte del Equipo de Investigación de Delitos Graves de la Policía Metropolitana, con base en la comisaría de Stratford, Bow Green.
El equipo era una unidad pequeña de entre cinco y diez agentes de diversos rangos.
En el poco tiempo que llevaba allí, Jake había visto pasar a docenas de rostros nuevos por el equipo como si de una puerta giratoria se tratase.
Había, no obstante, unos pocos elegidos que parecían permanentes, como si formaran parte del mobiliario.
Jake cargó un formulario en el que había estado trabajando la noche anterior y continuó rellenándolo.
Pasó casi otra hora hasta que vio aparecer a alguien más en la oficina.
Lindsay Gray. Era la gestora civil de instalaciones de Bow Green y solía ser la primera en asomar la cabeza por la oficina.
Rondaba los cincuenta y cinco años y, tras jubilarse hacía unos años, pronto se dio cuenta de que su amor por el trabajo era demasiado grande: tenía que reincorporarse al cuerpo de alguna manera.
Había formado parte del Equipo de Investigación de Delitos Graves durante toda su carrera, por lo que se aseguró de poder estar cerca del ambiente tanto como fuera posible mientras servía al resto de los equipos del edificio.
Su escritorio estaba en la esquina de la sala del MIT, apartada de en medio pero no fuera del alcance del oído.
Con frecuencia, participaba en las bromas y en las acaloradas discusiones que el equipo mantenía mientras se acomodaban por las mañanas o se preparaban para irse a casa por la tarde.
A Jake le caía bien. Era un rostro amable y siempre lucía una sonrisa como si no fuera una carga.
Por ello, la respetaba y la admiraba. En muchos sentidos, le recordaba a su propia madre, lo cual Jake consideraba el mejor cumplido que podía hacerle.
—Buenos días, cielo —dijo ella con un marcado acento cockney, mientras colgaba el bolso en el respaldo de su silla—. ¿Café?
—Mataría por uno, si no te importa —dijo Jake, inclinándose sobre el escritorio para coger su taza. El café seco manchaba el borde y el fondo de la cerámica, y una gota chorreaba por el lateral—. Con una de azú...
—No te preocupes. Ya sé cómo te gusta.
Jake se lo agradeció y siguió trabajando mientras ella desaparecía a sus espaldas.
Cuando regresó, dejó la taza en su mesa y se apresuró a la suya.
Él dio un sorbo, hizo una mueca ante el sabor amargo y volvió a dejar la taza sobre el escritorio.
Definitivamente no era como a él le gustaba, pero no tuvo valor para decírselo.
—¿Pasaste una buena noche? —preguntó Jake en voz alta desde el otro lado de la oficina—. ¿Qué tal fue el...?
Antes de que pudiera terminar, fue interrumpido por el sonido de la puerta de la oficina al abrirse.
La docena restante de agentes del equipo entró en tropel con una incorporación más uniéndose a ellos.
Se reían y se gastaban bromas, con cafés de la tienda de la esquina en la mano.
Jake los observó mientras entraban. Estaban todos presentes, no faltaba ni uno.
Eran las 8:45 y todos deberían haber empezado hacía más de una hora.
A la cabeza del grupo estaba el oficial superior de Jake y jefe del Equipo de Investigación de Delitos Graves, el inspector jefe Liam Greene.
Era un hombre bajo —unos centímetros por debajo del metro ochenta— que llevaba su ego por bandera y nunca se tomaba bien que lo ridiculizaran.
Sin embargo, siempre que Jake había intentado conocerlo, se mostraba distante y grosero.
Liam no temía hacer lo necesario para cumplir con el trabajo y se aseguraba regularmente de que todos en el equipo supieran cuál era su lugar.
También desprendía un aire intimidatorio.
Aunque Jake supuso que, tal vez, se sentía nervioso a su alrededor porque solo había tenido la oportunidad de hablar con su jefe un puñado de veces desde que se unió al MIT.
Al lado de Liam estaba el inspector jefe Hamilton, el oficial al mando responsable de la eficiencia del Equipo de Personas Desaparecidas en la planta inferior, que había decidido acompañarlos en la expedición por el café matutino.
Ambos hombres rondaban los cuarenta y empezaban a canear por arriba y por los lados.
—¿Dónde os habéis metido? —preguntó Lindsay, poniéndose de pie. Sonaba como una madre decepcionada cuyos hijos han llegado tarde a casa después de estar jugando fuera.
Liam se quedó en el umbral de su despacho con la mano apoyada en el pomo. —Hemos salido a desayunar todos juntos. Para celebrar. Tenemos las cabezas un poco resentidas.
Ella se puso las manos en las caderas. —¿Y dónde estaban nuestras invitaciones?
—Bueno... —Liam hizo una pausa para mirar a Jake y luego volvió a mirar a Lindsay—. Ninguno de los dos estabais aquí cuando nos enteramos de la buena noticia.
—¿Qué buena noticia? —preguntó Jake, dando otro sorbo a su café e inmediatamente deseando no haberlo hecho.
—¿No os habéis enterado? Han encontrado a Benjamin Pryce. Vivo y bien. Un poco aturdido, pero sobrevivirá. —Liam señaló a Hamilton al otro lado de la sala—. Nuestro pederasta residente de ahí enfrente lo encontró y lo devolvió a casa sano y salvo.
Hamilton respondió con un dedo corazón levantado. Sin decir nada más, se metió en la sala de informes en la esquina derecha de la oficina, agarró algo de su escritorio y salió disparado, arremetiendo contra Liam.
—Eso me recuerda —dijo Hamilton, blandiendo unas tijeras en sus manos— que una apuesta es una apuesta. —Entonces agarró la corbata de Liam y la cortó por arriba.
Las carcajadas estallaron en la oficina.
—Yo gano —dijo Hamilton mientras alzaba la corbata suelta en el aire triunfalmente entre vítores y aplausos.
—Me lo merezco —cedió Liam—. ¿La misma apuesta en la próxima? ¿El primero que resuelva el caso tiene derecho a fanfarronear durante una semana?
—¡O se lo monta con la mujer del otro! —gritó el sargento Drew Richmond. Era el supervisor inmediato de Jake y formaba parte de Investigación de Delitos Graves mucho antes que cualquier otro. Era una de las piezas más antiguas de la oficina.
—¡O podríamos montárnoslo todos con la tuya! —gritó Hamilton ante otra andanada de risas.
—Al menos así uno de nosotros pillaría —replicó Drew.
—Tendrás que ponerte a la cola para eso, chaval.
—Venga, todos a trabajar —dijo Liam, dando una palmada—. El subcomisario viene esta tarde, así que a cualquiera que no esté haciendo nada le van a apretar las tuercas.
Ante eso, el inspector jefe Hamilton abandonó la oficina para volver con su equipo, y el resto del MIT agachó la cabeza. En poco tiempo, el sonido del teclado y de los clics sustituyó a las risas. De vuelta al tajo, como de costumbre.
Antes de que Jake pudiera unirse a ellos, Liam se acercó a su escritorio. A lo lejos sonó un teléfono.
—¿Mañana ajetreada, Jake? —preguntó Liam, sentándose en el borde del escritorio de Jake.
Jake negó con la cabeza. —No especialmente, señor. Lo de siempre.
—Bien. Si alguien pregunta, estábamos aquí a nuestra hora, ¿entiendes? Nos deja en mal lugar a todos —incluyendo a ti mismo— si alguien se entera de lo contrario.
—Sí, señor. Por supuesto.
Liam le dio una fuerte palmada a Jake en la espalda, reforzando la necesidad de secreto.
—Ese es mi chico.
—¡Jefe! —llamó el agente Pete Garrison, otro miembro de Investigación de Delitos Graves.
Era el equivalente a Jake y estaba más que feliz de pasar el resto de su carrera tras un escritorio.
Era el caballo de batalla de la unidad, siempre rellenando solicitudes y formularios y todo ese trabajo monótono en segundo plano sin que nadie más en el equipo se diera cuenta de que lo había hecho.
Jake no tardó mucho en comprender que no quería vivir una carrera así.
Por el contrario, quería estar en primera línea, vigilando las calles y metiendo entre rejas, donde se merecían, a las personas capaces de cometer atrocidades.
Garrison se puso de pie con el teléfono todavía en la mano. —Tenemos uno. Por partida doble. En una galería de arte. Los de uniforme ya están allí.
La emoción afloró en la oficina ante aquellas palabras, y Jake sintió que su propia adrenalina subía un poco. Esta podría ser la oportunidad que necesitaba para demostrar su valía, en lugar de permanecer al margen en la oficina como había hecho durante demasiado tiempo.
—Excelente. Buen trabajo. Pásame la dirección. Sargento Richmond...
—Señor.
—Coge tus cosas. Nos vamos.
Cuando Liam se ponía en marcha, Jake lo llamó.
—¿Señor? Señor, ¿puedo ir?
Liam le lanzó una mirada fulminante.
—¿Para ir cogiendo experiencia?
Liam meditó la petición un momento, rascándose la parte inferior de la barbilla. —¿Por qué no? Al menos así sabré que no te irás de la lengua con lo nuestro.