Capítulo 2
TRAICIÓN
L ester estaba excitado. Ya lo notaba, abultándole en los pantalones. Las palmas de las manos se le estaban humedeciendo y una fina capa de sudor se le había formado en el pliegue del cuello.
Steven abrió la gran puerta negra que Lester había aprendido a amar en los últimos meses. El pulso se le aceleró.
—Después de ti —dijo Steven—. Te daré una vuelta mientras Jessica se prepara. Esta vez lo he dispuesto todo un poco diferente.
Lester sonrió. —Ahora sí que me has entusiasmado.
Cruzó el umbral hacia el hueco de la escalera.
Mientras bajaba los peldaños, dio rienda suelta a su imaginación.
Se imaginó atándola, inmovilizándola con fuerza para que no pudiera moverse, azotándola, golpeándola hasta hacerla sangrar, penetrándola, sin saber cuándo parar, sin saber si parar, sin saber cómo... todo tipo de actos depravados.
Llegó al final de las escaleras y observó los aparatos colgados en la pared y suspendidos del techo, con la boca abierta. Era todo lo que había imaginado. Más. Más allá de sus sueños más salvajes.
—¿Das tu aprobación? —preguntó Steven, poniendo una mano reconfortante en la espalda de Lester.
—Sí —dijo Lester, casi riendo de la emoción.
—Quería adaptarlo a ti y a tus preferencias.
—Es... es una obra de arte.
Steven soltó otra carcajada y se ajustó las gafas sobre la nariz. —Por algo es mi trabajo diario.
Lester se movió por la habitación y se detuvo ante los juguetes de Steven. Alargó la mano hacia las cuchillas que colgaban de la pared.
—Sabes, llevo muchas semanas pensando en tu mujer. He estado planeando esto en mi cabeza desde el primer momento en que me puse en contacto contigo. —El dedo de Lester recorrió de arriba abajo el filo del cuchillo.
—Ese lo he afilado hace un rato. Los demás no cortan. Quiero que lo uses con Jessica. Con suavidad, pero no demasiada. Con fuerza, pero no demasiada.
—Estoy seguro de que sabré encontrar el punto medio. ¿Y ella consiente? —preguntó Lester, pinchándose el dedo con la punta de la hoja. Tomó nota mental de cuál era.
—Hará lo que yo le diga. Le he dicho que no cortaban. Si supiera que sí, se negaría. Es mejor que se entere así, mientras tiene las emociones y la excitación a flor de piel; de ese modo no podrá echarse atrás. Una vez que empecemos, es toda tuya.
—Esto mejora por momentos.
Lester avanzó por la pared y cogió una pala.
Se la pasó por la palma de la mano; las puntas romas le masajearon la piel y estimularon sus receptores sensoriales.
Terminó de admirar la sensación y luego señaló el gran escritorio en medio de la habitación.
—¿Dónde está la cámara? Quiero asegurarme de que esto quede bien documentado. Para nuestros archivos.
—No te preocupes, está debajo de la mesa. Esta vez iba a grabarlo yo mismo desde la distancia. Ni siquiera notarás que estoy aquí. Al fin y al cabo, es tu día especial.
—¿Quizá deberíamos incluirte a ti también? ¿Para aumentar la puntuación? —Estaba disfrutando con lo que oía y no podía esperar a empezar.
—Ya veremos. Si el momento es el adecuado, puede que me una a vosotros. Pero te has portado bien con nosotros... nos has ayudado mucho a mejorar , así que es justo que te lo compensemos de esta manera.
—Sabes, S ha añadido hace poco un nuevo nivel de puntos. Creo que...
Lester fue silenciado por el dedo de Steven. —Guárdate esa idea. Iré a prepararla y luego podrás probarlos con ella. ¿Te parece bien?
Lester asintió con entusiasmo.
—Espera justo aquí.
Dicho esto, Steven se dio la vuelta y desapareció escaleras arriba.
Lester lo agradeció. Eso añadía emoción y tensión a la situación.
Pero entonces se le ocurrió una idea. Si Jessica se estaba preparando arriba, ¿debería él prepararse abajo?
No. Esperaría. Haría que ella lo desnudara.
Sí. Esa era la mejor forma. Estaba deseando que llegara ese momento.
Su tacto. Su piel. Sus labios rodeando su polla.
Jessica. Se estremeció al pensar en ella.
La deseaba; la deseaba más que a nada. Más que a su próximo aliento.
Quería tumbarse a su lado. Despertar a su lado.
Estar a su lado. Cada minuto de cada día que pasara despierto.
No era justo que Steven la tuviera a ella.
No era justo que él pudiera hacer todas esas cosas cuando quisiera y Lester no.
Apostaba a que ni siquiera follaban. No como él y Jessica lo hacían cuando estaban juntos en su mente.
Apostaba a que habían perdido la química, el romance y la chispa en su sórdida relación.
La maldición de los sádicos y los masoquistas , pensó, riendo entre dientes.
Lester consultó su reloj. Solo había pasado un minuto, pero empezaban a parecerle diez. A medida que transcurrían los segundos, se impacientaba.
Subió los peldaños a toda prisa, de dos en dos, y cuando estaba a punto de abrir la puerta que daba a la galería de arte de Steven, oyó sus voces, susurrantes, presas del pánico. Su mano acarició el pomo y la mantuvo allí, pegando el oído a la puerta.
—No me siento cómoda. —Era la voz de Jessica. Sonaba diferente. Más preocupada, como si le faltara ese toque de sensualidad y agresividad al que Lester se había acostumbrado.
—No me importa. Harás lo que te diga.
—Piña —dijo Jessica.
—¿Qué?
—Piña. Esa es nuestra palabra de seguridad. Estoy usando nuestra palabra de seguridad. Quiero salir de esto.
—Escúchame bien —dijo Steven—. Vas a seguir adelante con esto hasta el preciso instante en que yo te diga que pares.
Cuanto más aguantes, más puntos conseguiremos.
—Steven bajó la voz—. Piénsalo. Con esto, podremos superarlo en las tablas de clasificación y entonces podremos deshacernos de él por fin .
Para siempre. Todo lo que tendremos que hacer después será eliminar a Christopher, y entonces estaremos en lo más alto de la tabla.
Intocables. He echado un vistazo en internet y Christopher ya nos ha superado; es viernes por la noche.
Se está empleando a fondo. No podemos dejar que nos gane. Si hacemos esto, llegamos a la cima.
—¿Cómo quieres que lo haga? —preguntó Jessica con voz temblorosa.
—Las cuchillas. La que está en el extremo derecho está lo bastante afilada como para cortarle el cuello.
—¡Me dijiste que no cortaba! ¿Y si la usa él conmigo?
—Relájate —dijo Steven—. No dejaré que llegue tan lejos. Hay productos de limpieza y una bolsa debajo de la mesa para recogerlo todo después. Saldrá bien. Te lo prometo. Ahora quítate las bragas y date prisa. Él está esperando.
El cuerpo de Lester se quedó gélido. No podía creer lo que acababa de oír.
Su mano se apretó alrededor del pomo hasta que se le pusieron los nudillos blancos y el metal se le clavó en la palma.
Iban a traicionarlo. Iban a utilizar su rango y estatus para elevar los suyos y poder pasarlo en la tabla de clasificación. Peor aún, ¡iban a matarlo!
Consciente de que estaban al otro lado, a punto de abrir la puerta, Lester bajó las escaleras en silencio, cogió la cuchilla del extremo derecho de la pared y se la metió en la cinturilla de los vaqueros, sintiendo el frío metal del arma contra su piel.
La puerta se abrió arriba y oyó el sonido de pasos acercándose. La adrenalina le recorría las venas. Temblaba de emoción.
—¿Lester? —preguntó Jessica suavemente—. ¿Estás listo?
—Oh, puedes jurarlo —dijo Lester con una sonrisa en la cara. Su mano aferraba con fuerza el mango de la cuchilla.
Mientras lo hacía, apareció Jessica. Estaba desnuda, pero se había soltado el pelo, que le caía a ambos lados de sus hombros cuadrados, cubriéndole los senos elásticos y los pezones.
La luz roja de la habitación proyectaba un aura casi demoníaca alrededor de su esbelta figura, iluminando sus ojos marrones y volviendo su carmín de un tono carmesí aún más oscuro.
Parecía una diosa con un lado perverso, una figura efímera que acecharía cada uno de sus momentos de vigilia por el resto de su vida...
por todas las razones correctas. Le recordaba a una modelo, alguien que hubiera hecho de su misión en la vida el entretener, provocar y alardear.
Y entonces lo vio: los hoyuelos en sus mejillas que solo salían durante la Comunión.
Eran como bombillas que podía encender y apagar a su antojo.
Lester se movió alrededor de la mesa para que esta se interpusiera entre él y ellos. Se colocó la parte trasera de la camisa por encima del mango del cuchillo para ocultarlo. Jessica avanzó hacia el centro de la habitación.
—¿Dónde me quieres? —preguntó ella, poniendo las manos en sus curvilíneas caderas.
Lester tartamudeó antes de responder. Estaba aterrorizado ante aquella visión sobrenatural, pero si iba a hacer aquello, necesitaba mantener la cabeza fría.
—En la mesa. Quiero atarte.
Jessica hizo lo que le pedían y se subió a la superficie de la mesa.
Se tumbó y sus pechos se desparramaron suavemente a ambos lados.
Su caja torácica y su vientre plano se hinchaban suavemente al unísono mientras respiraba.
Lester se movió hacia la parte inferior de la mesa y encadenó los tobillos de Jessica.
Notó su piel caliente bajo la suya. Imaginó la sangre recorriéndola...
y cómo, pronto, se derramaría por todo el suelo.
—¡Espera! —gritó Steven, y su voz resonó por toda la habitación. Estaba a mitad de las escaleras—. No empieces hasta que coja la cámara. No quiero perderme nada.
Lester lo miró y sonrió. —Créeme, no querrás perderte ni un detalle.
Steven se acercó a la mesa, se agachó y sacó una grabadora de vídeo. Pesada. Profesional. Si todo lo demás fallaba con el cuchillo, Lester pensó que podría usar la cámara como un ariete para abrirle el cráneo al hombre.
Steven pulsó un botón del dispositivo y se lo acercó a la cara.
—Listo cuando tú quieras —dijo.
—¿Estás grabando? —preguntó Lester.
Steven levantó el pulgar.
Había llegado el momento.
Lester se desplazó a la parte superior de la mesa y cerró las cadenas restantes sobre las muñecas de Jessica.
Se cerraron con un satisfactorio clic . Ahora estaba inmovilizada, incapaz de moverse.
A continuación, Lester se dirigió a lo que parecía ser una elección deliberada en la pared de instrumentos.
Fue directo a la cuchilla del extremo derecho, la que sabía que no cortaba.
La descolgó de la pared y regresó junto a Jessica, situándose al lado de Steven.
Golpeó el plano de la hoja contra el vientre de ella.
En cuanto el metal tocó su cuerpo, ella lanzó un gemido como hacía siempre.
Nada inusual. Pero entonces, al darse cuenta de lo que él tenía en las manos, sus ojos se agrandaron y vio cómo el miedo se extendía por su rostro; su mirada se desvió hacia Steven y la cámara.
Lester pasó la cuchilla por su cuerpo, haciéndole cosquillas, y la dejó descansando sobre sus pezones.
Cuanto más se acercaba a su garganta, más temblaba y se retorcía ella; más se aceleraba su respiración.
Sonriente, le dio la vuelta a la hoja para que el borde romo quedara contra su piel, luego se inclinó sobre su pecho y la mantuvo contra su cuello.
A su lado, Steven se movió y mantuvo la cámara cerca de ambos, a la altura de la cintura de Lester. ¡Perfecto!
Con la mano libre, Lester se llevó la mano a la espalda, cerró el puño alrededor de la hoja afilada y la hundió profundamente en el cuello de Steven.
Una fuente de carmesí brotó de su arteria carótida y bañó el cuerpo de Jessica.
Gritos desgarradores llenaron el aire mientras Steven se desplomaba en el suelo y soltaba la cámara.
La mirada de Lester siguió al hombre mientras yacía allí, indefenso, sin protección, sujetándose la garganta y dando su último suspiro, retorciéndose sobre el hormigón mientras se ahogaba en su propia sangre.
En cuestión de segundos, estaba muerto. Pero los gritos persistían todavía. Lester miró a Jessica en la mesa. Sus movimientos eran frenéticos, pero todo era inútil. Escupió la sangre de Steven y trató de quitarse de los ojos las salpicaduras que le habían entrado.
—¡No! ¡Por favor! ¡No! —dijo entre sollozos.
Lester la silenció apoyando la cuchilla contra su garganta. —¡Cállate! —le gritó—. ¿Crees que puedes intentar matarme y salirte con la tuya?
—¿Qué vas a hacerme?
Lester apretó la punta del cuchillo contra su piel, extrayendo una gota de sangre. —Todo lo que siempre he querido hacerte. Y después un poco más. Y luego otro poco. Va a ser una noche larga.
Lester se agachó y recogió la cámara del hormigón. Le limpió un poco de la sangre de Steven y la puso sobre la mesa, luego se desvistió, se montó sobre Jessica y volvió a cogerla.
Sonrió mientras la miraba y luego se deslizó dentro de ella.
—No tienes ni idea de cuánto tiempo he estado esperando para hacer esto.