En la Raya (DC Jake Tanner 2)
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Capítulo 1
LA PUERTA NEGRA
S teven y Jessica Arnholt no tenían miedo de compartir con los demás el lado más oscuro y sórdido de su relación.
De hecho, ayudaba. Cuando se trataba del dormitorio —y de lo que ocurría tras sus cuatro paredes—, no había nada que mantuvieran oculto.
Esta noche, sin embargo, era diferente. Jessica no estaba preparada para lo que se le avecinaba, y cuando su marido le preguntó si lo estaba, se sintió obligada a mentir.
No tenía otra opción. Él sostenía en las manos dos copas de vino tinto; el líquido era tan oscuro y profundo como la sangre. Una copa para él, otra para ella.
—Gracias —dijo Jessica, cogiendo la copa de sus manos y posándola en el escritorio que tenía al lado. Se remangó la camisa de cuadros azules y se sentó en la silla, apartándose de la cara su larga melena pelirroja para recogerla en una coleta—. ¿A qué hora viene?
Steven consultó su reloj. Un antebrazo largo y fibroso y unos dedos esqueléticos asomaban por la camisa de cuadros rojos que llevaba; de la misma marca y tejido que la de ella. Su piel se veía de un blanco fantasmal sobre el rojo.
—En unos cinco minutos —respondió.
—¿Está lista la habitación?
Las comisuras de la boca de Steven esbozaron un leve gesto. Dio un sorbo al vino y se lamió los labios, limpiándose el exceso de la piel—. —La he terminado hace un rato. Deja que te enseñe.
Jessica le cogió la mano y recorrió con él la galería.
En la pared de la izquierda había una obra de arte nueva que no reconoció; aquello explicaba ahora dónde se había metido Steven los últimos tres días.
Sin embargo, Jessica le prestó poca atención, ya que había cosas más importantes en las que centrarse que en admirar su trabajo y darse cuenta de que no estaba teniendo una aventura.
Tenía la mente demasiado distraída. Se sentía inquieta.
Nerviosa. Asustada. Había vivido noches como esta antes, incontables veces, de hecho, pero tenía el presentimiento de que esta noche sería diferente; la luna llena lucía en el cielo y sabía que, especialmente en el caso de Steven, despertaría a la bestia. A su bestia.
Steven se detuvo ante una pesada puerta negra que conducía al sótano.
Levantó el picaporte y empujó. Una pared negra les devolvió la mirada, iluminada únicamente por la luz danzante de las velas que colgaban intermitentemente de la pared.
Jessica fue primero. Sus pies se posaron con delicadeza en los escalones y sus dedos buscaron cualquier punto de agarre en el ladrillo, usando las ranuras y los cortes del cemento como guía.
Al llegar al último escalón, un rojo intenso la envolvió.
Lo que hace unas horas era el estudio de arte de su marido, ahora era su mazmorra.
Junto a la pared del fondo había una fila de lo que a Steven le gustaba llamar «sus juguetes».
Consoladores. Látigos. Bolas chinas. Palas para azotar.
Objetos romos. Pero había una nueva incorporación.
A la derecha de los demás objetos, había un juego de cuchillos de cocina.
No se atrevía a preguntar para qué servían...
al menos todavía no; estaba demasiado absorta por la magia de toda la estancia.
Su cuerpo experimentó un hormigueo ante aquella visión.
En el centro del espacio había una mesa grande, con cuatro cadenas colocadas en cada esquina.
Había sido fabricada siguiendo sus medidas exactas y no permitían margen de maniobra: una vez que la encadenaban, se quedaba allí hasta que la liberaran.
En el lado derecho de la habitación había dos postes y, en su parte superior, otro juego de cadenas; una para cada mano, o pie, según la preferencia de Steven.
Jessica dio otro sorbo de vino.
—¿Qué te parece? —preguntó Steven.
—Está rico. Noto notas de ciruela con un pequeño toque de cereza... ¿verdad?
—No el vino —dijo Steven, soltando una risita—. Me refiero a la habitación. Creo que es lo mejor que ha lucido en mucho tiempo.
Jessica señaló las hojas que colgaban de la pared.—¿Para qué son esas? ¿Quieres que él me mate?
—No te preocupes —dijo Steven, poniéndole una mano en el hombro—. No harán más que dejarte dolorida. Están desafiladas. Les he quitado el filo hace un rato, mientras estabas en el trabajo.
—Más vale. No quiero que me mate.
—Hará exactamente lo que yo le diga. Y exactamente lo que tú le permitas.
Ella le miró profundamente a los ojos. Se habían vuelto de un marrón más oscuro de lo habitual. Fue entonces cuando supo que sus tendencias sádicas habían empezado a consumir su mente y su cuerpo. No pasaría mucho tiempo hasta que toda su personalidad cambiara.
—Sí, amo.
Steven abrió la boca para hablar, pero le interrumpió el sonido del timbre en la planta de la galería. Sin decir palabra, tanto Steven como Jessica subieron; Steven tiraba de Jessica por el brazo, estirándole la piel al agarrarla con fuerza.
La cruda luz fluorescente la cegó al subir el último escalón.
Al otro lado de la cristalera de la galería estaba Lester Bain, su víctima.
Era un hombre bajito, calvo, y el poco pelo que le quedaba en la cabeza era del color de la paja.
Ella nunca se había molestado en preguntar cuántos años tenía, pero estaba segura de que rondaba los cuarenta, aunque el físico de Lester desmentía su verdadera edad.
Tenía el cuerpo de un joven de veinte años.
Esculpido. Musculoso. Se veía claramente que se cuidaba.
Era una auténtica lástima que le produjera repulsión en cuanto la tocaba.
Lester saludó con la mano tímidamente mientras la luz del interior de la galería iluminaba su rostro.
—¿A qué esperas? —le preguntó Steven—. Abre la puerta, zorra estúpida. No podemos dejarle esperando demasiado tiempo.
—Sí, amo. —Jessica inclinó la cabeza, dejó su copa sobre el escritorio y le abrió la puerta a Lester.
Su locura olía fuerte, pero ella se había vuelto inmune a su potencia. Lester entró en el edificio y se quitó los zapatos; era una cortesía que él mismo había exigido la primera vez que se conocieron.
—Jessica, querida —dijo él, besándola en los labios. Su mano bajó por su cuerpo y se posó sobre su pecho. Lo apretó con fuerza.
—¡Lester! —llamó Steven desde el otro extremo de la sala—. No te dejes llevar todavía. Tenemos que esperar. Créeme. Así será mucho mejor.
—¿Es esta noche la noche? —preguntó Lester con voz afectuosa, como la de un niño.
Steven asintió.—Precisamente. Queríamos darte una sorpresa. Espero que estés preparado.
—He esperado tres largos meses para esto.
Steven levantó una copa.—¿Tinto? O tenemos blanco si lo prefieres.
Lester soltó el pecho de Jessica como si fuera un objeto inanimado por el que no sentía ningún apego emocional y se dirigió hacia Steven—. Tinto, por favor.
Jessica cerró la puerta tras ellos y echó la llave. Lanzó una última mirada al mundo exterior; a tanta normalidad; al mundo que no tenía ni idea de lo que ocurría tras aquellas cuatro paredes; al mundo que los juzgaría si lo supiera. Ya no había vuelta atrás.
Steven pronunció su nombre. Ella se giró hacia él y acudió de inmediato. Sus amos estaban de pie frente a un cuadro de metro y medio de ancho.
—Le estaba enseñando a nuestro invitado mi nueva obra —dijo Steven.
—Me parece maravillosa —añadió Lester.
—Es un hombre con mucho talento, mi...
Lester le propinó un revés en la cara que hizo que la copa se le cayera de las manos. Se rompió en cientos de pedazos y el vino se extendió por el suelo, manchando sus zapatos y también los calcetines blancos de Lester.
—¡Mira lo que has hecho, joder! —le gritó Lester a la cara—. ¿Qué te he dicho sobre hablar cuando no te toca? Ve a limpiarlo ahora mismo.
Jessica obedeció de inmediato. Atravesó otra puerta que daba a la zona de la cocina, cogió unos trapos, un recogedor y un cepillo, y volvió a la galería. Mientras se agachaba para recoger el cristal y limpiar el vino, escuchó a escondidas su conversación.
—Como decía —continuó Steven—, quería probar algo ligeramente diferente. Quería algo que fuera un comentario sobre la vida.
—Debo decir que es hiperrealista. Me encantaría exponer uno en una de mis propiedades —dijo Lester. Inclinó la cabeza y miró de reojo a Jessica, que estaba en el suelo—. Por un precio simbólico, por supuesto.
—Naturalmente.
Lester volvió a centrar su atención en el cuadro.—Bueno, ya sabes que no entiendo mucho de arte y diría, en mi modesta opinión, que se parece mucho a tus otras obras; pero esta es mi favorita.
—Mi arte muestra la perfección de la vida. El orden. La normalidad. La banalidad . Un contraste total con nuestro secretito.
—Hablando de secretitos —empezó Lester—, la Comunidad acaba de alcanzar los quince mil miembros. Hemos llegado a la cifra esta misma tarde.
—¡Si eso no es algo que celebrar, no sé qué lo será!
Las copas de Steven y Lester brindaron mientras Jessica llevaba el recogedor lleno y el trapo empapado de vuelta a la cocina. Regresó con las manos vacías.
Se produjo un momento incómodo entre los tres mientras ambos hombres la miraban fijamente.
Los ojos de Lester se clavaban en su piel, y la sensación de que la estaba desnudando con la mirada —cosa que, ella lo sabía, estaba haciendo— la hizo sentir aún más inquieta.
En los pocos meses transcurridos desde que habían iniciado su Comunión con Lester, todo habían sido preliminares.
Masturbaciones. Felaciones. Tocamientos intensos.
Todo lo que Steven le permitía realizar.
Pero ahora Steven había decidido que ya habían provocado a Lester lo suficiente; era el momento de la Comunión Completa.
El coito. Ella no quería, pero no tenía voz ni voto en el asunto.
Era sumisa, y la elección era de Steven.
Pero de todos los demás miembros de la Comunidad con los que habían estado, Lester era el primero que le ponía la piel de gallina.
Tenía algo diferente; algo que no le gustaba.
—¿Y bien? —Lester fue el primero en hablar.—¿A qué esperamos? ¿Empezamos?
Steven consultó su reloj.—Creo que ya va siendo hora. —Se volvió hacia la puerta negra e hizo un gesto para que Lester pasara primero—. Por favor. Sígueme.