En la oscuridad: Medusa 14 ¿MEDUSA? #2
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14 ¿MEDUSA? #2

—Es cierto. Siempre me pregunté por qué el jefe no te eliminaba directamente. Sabía que debería haber una buena razón.

—Mi padre no se equivoca. Él confía mucho en ti —dijo Tom apoyando una mano en su hombro.

—... Dima. Lo sé.

—Sergei, debes ser fiel a mi padre. Él sabe lo que hace. Me protegió cuando nací… y lo sigue haciendo.

—¡Sí, Dima! Gracias. Cuidaré bien de él. Pero Boris…

Sergei estaba sumamente preocupado porque Boris había huido.

—Estaré alerta. Nuestro padre me dijo que lo están buscando. No creo que aparezca por un tiempo.

—… lo sabes. Él te odia.

—Sí, no hace falta que me lo digas. Tendré mucho cuidado.

Tom extendió la mano frente a Sergei. Se dieron un firme apretón. Sin embargo, Sergei, sin poder contenerse, dio unos pasos más y lo abrazó.

Después de unos segundos se separaron y sonrieron con una promesa tácita.

Tom subió al ascensor con una sonrisa más marcada en su rostro.

Todo finalmente había terminado. Las personas que podrían llegar a sospechar sobre su identidad se encontraban muertas.

Y aunque no estaba del todo de acuerdo con las tácticas de su padre, no podía negar que sabía lo que hacía.

Mientras descendía al subsuelo, se quedó pensando en la astucia de Lukyan.

Que fácil había puesto en su camino, a esa persona que admiraba de joven, la que lo incentivó a estudiar.

Con el paso de los años, seguía recordando a esa figura como una sombra.

No podía recordar ni su voz ni su rostro; los fragmentos eran borrosos en su memoria. Pensó que nunca volvería a verlo...

Recordando su juventud, cuando entró en la pubertad, esa persona fue quién despertó su deseo. Fue entonces que se dio cuenta de que se sentía atraído por un hombre que había visto solo una vez, que no hizo más que decirle unas palabras amistosas… y comprarle un helado.

Cuando fue reclutado para infiltrarse en la organización como agente encubierto, pensó que tal vez ese camino lo llevaría a volver a encontrarse con esa persona.

—Parece que fue ayer —murmuró para sí.

***

Años antes.

Después de haber sido infiltrado en la organización de Medusa, fue invitado a una fiesta privada.

Dima ingresó a una gran mansión. Las columnas de mármol reflejaban la luz de las arañas que se encontraban suspendidas en lo alto.

Las paredes, decoradas con cuadros dorados tallados a mano. Todo demostraba opulencia.

Mientras subía por la escalera, presenció algo que lo marcaría para siempre.

Justo delante de él, un hombre parecía estar hablando, o mejor dicho discutiendo, con otros dos. En un instante, mientras todos ascendían, uno de los hombres levantó la voz y sacó un arma.

El hombre alcanzó a decir: “Yo no…”

Pero antes de que pudiera terminar la frase, se escucharon tres disparos, le habían disparado a quemarropa.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Luego, plum.

El cuerpo cayó en seco frente a él, justo en el descanso de la escalera. Estaba muerto y la sangre comenzaba a esparcirse.

Dima miró a su alrededor en estado de shock. Los invitados actuaban como si nada hubiera ocurrido. No podía creer lo que acababa de presenciar. El miedo lo paralizó por unos momentos.

Al notar que no continuaba caminando, Sergei lo tomó por el brazo. Tuvieron que pasar por encima del cadáver para seguir avanzando. Las piernas de Dima temblaban; si no fuera porque Sergei lo sostenía, se habría desplomado.

Luego de superar el repentino obstáculo, Sergei lo guío a una habitación. Al entrar, Dima observó a tres hombres con máscaras que bebían whisky y conversaban en voz baja.

Estaba tan asustado que su rostro se había vuelto pálido y sus piernas se tambaleaban. Tenía ganas de salir corriendo. Justo en ese momento ingresó una mujer. Uno de los hombres, irritado al ver que Dima no estaba haciendo nada, se dirigió a él:

—Hey, chico. Ya puedes comenzar.

Le pidieron, como era de esperar, que lo hiciera delante de ellos.

No creo poder tener una erección en este momento…estoy temblando de miedo, mierda. ¿Qué voy a hacer?

Preocupado por no poder cumplir con el deseo que esperaban de él, Dima se puso aún más pálido.

—Aaah… yo… yo.

Cuando lo vieron dudar, uno de los hombres —el que parecía ser el mayor, por las arrugas en sus manos y ojos— le ofreció una pastilla.

—¿Estás nervioso? Chico, tengo algo que te ayudará. Toma esto.

Sin dudarlo, Dima tomó la pastilla que le ofrecían. Sabía que, si no cumplía con la función para la que lo habían invitado, estaba muerto.

—Ah… gracias.

Tomó la pastilla pensando que era viagra.

Poco después, sintió la mirada penetrante de uno de los tres hombres sentados en el sofá.

Ese hombre le provocó escalofríos. Era robusto, como un boxeador de unos cincuenta años, con cabello rubio y ojos azul profundo.

A primera vista parecía un hombre normal, pero emanaba un aura fría e inquietante.

Dima lo observó intrigado. Entonces comenzó a sentirse extraño . Tal vez la pastilla no era viagra…tal vez era… ¿éxtasis?

Intentando dejar de lado esos pensamientos, se acercó a la mesa en donde habían dispuesto varios objetos y comenzó a usarlos con la mujer que lo estaba esperando. Los tres hombres los observaban desde el sillón.

De vez en cuando giraba la cabeza para mirarlos. Dos de ellos tenían miradas lascivas, pero el hombre robusto, lo observaba de un modo distinto. No podía descifrar qué le transmitía esa mirada… pero lo inquietaba.

—Aaah… aaah.

Entre los gemidos de la mujer, Dima alcanzó a escuchar cuando uno de los hombres, que se encontraba sentado ala derecha del hombre robusto, ordenó comida por el teléfono:

—Sí, tres solomillos a punto.

—Sí, y por favor, traigan cuchillos que corten. ¡No como los de la última vez!

—Lukyan, ¿te parece bien? ¿Quieres algo más?

—Estoy bien así.

—¿Y tú?

—… estoy bien. Me comeré el postre primero.

Luego de esa conversación, se escucharon carcajadas. Mientras Dima intentaba cumplir con lo que se esperaba de él, uno de los hombres —el más viejo— se acercó y comenzó a tocarlo. Recorrió su espalda lentamente y luego deslizó una mano hacia sus piernas.

—Me gusta la carne tierna. Miren esto… ¿cuánto tiene?

El que respondió fue el hombre que había hecho el pedido de la comida hacía unos momentos:

—Es nuevito y muy joven.

—Ja, ja, ja. Mejor, mejor.

En ese instante, Dima sintió como el hombre viejo intentaba tocarlo de forma invasiva. Sin pensarlo, reaccionó con un golpe de puño directo al rostro.

¡Pum!

El hombre no se lo esperaba y cayó al suelo. Dima tampoco había anticipado esa reacción, pero fue un reflejo instintivo. El hombre, tirado en el suelo, comenzó a gritar, sosteniéndose el rostro con una mano:

—¿Quién te crees?¡Maldito hijo de puta!¡Boris!¡Sergei!

El hombre comenzó a gritar los nombres a todo pulmón. Dima sabía que había cometido el peor error posible dentro de ese entorno. Tenía que encontrar una forma de terminar la situación sin que tomaran represalias.

—Yo… yo… me sorprendí. Lo siento.

Miró a los tres hombres. El robusto lo observaba con una mirada difícil de descifrar; podría decir que parecía preocupado. El otro, el que había pedido la comida, sonreía con una calma inquietante. El más viejo lo fulminaba con la mirada, como si quisiera destruirlo con los ojos.

—¡Boris!¡Sergei!

Al instante, dos hombres aparecieron ante el llamado. Parecía que no era la primera vez que ocurría algo así. Sin decir una palabra, tomaron a Dima con firmeza. Y de pronto sintió una punzada en el brazo: parecían estar inyectándole algo. Luego, lo arrojaron sobre el sillón, boca abajo.

De inmediato la conciencia de Dima comenzó a desvanecerse. Todo se volvió borroso. Los sonidos, las voces, los movimientos… todo se mezclaba en una niebla espesa.

Mientras yacía en el sofá, ingresó otro hombre para ocupar el lugar de Dima con la mujer.

No podía moverse; su cuerpo se sentía pesado, como si estuviera atrapado dentro de sí. No sabía que le habían inyectado, pero era evidente que estaba diseñado para inmovilizarlo.

Maldita sea… no puedo moverme en absoluto

Mientras era atormentado, Dima estaba furioso. Su mente giraba, pero su cuerpo no respondía.

—Si pudiera… te quebraría el cuello.

Gritó con todas sus fuerzas, aunque su voz sonaba débil, atrapada en la impotencia. El hombre se rio con crueldad, disfrutando del momento.

—No me hagas reír. Muy pronto estarás llorando debajo de mí.

Al otro lado de la mesa, los otros dos hombres observaban en silencio, sin intervenir. Dima estaba asqueado. Intentaba defenderse, pero su cuerpo no respondía. La droga que le habían suministrado lo mantenía atrapado en sí mismo.

—Aaah. Mmmm.

Después de unos minutos, eyaculó debido a la droga, pero él no sentía nada más que repulsión.

—Maldito viejo…

El hombre se burló con crueldad.

—¿A quién llamas viejo? Ahora vas a probar esto —dijo tomando entre sus manos su miembro—. A ver si tu boca mejora un poco.

Justo en ese momento, entró una persona con platos y los cubiertos que habían pedido. Los dejó sobre la mesa. Dima, aturdido, observó los cuchillos a un lado de los platos. Eran afilados y estaban al alcance de su vista.

Cuando el viejo comenzó la intrusión, el asco y odio que sintió Dima fueron tan intensos que, con fuerzas que no sabía que tenía, se estiró lo que pudo, tomó el cuchillo de la mesa y se lo clavó en el cuello sin dudarlo.

Schick.

—Aaaaah. AAAH. ¿Qué…?

El viejo comenzó a desangrarse. Dima, con el torso medio girado, sostenía el cuchillo, mientras el cuerpo del viejo caía sobre él, derramando sangre sobre su piel. No se movió y no soltó el cuchillo.

La pareja que estaba teniendo sexo a su lado, gritaron al unísono y salieron corriendo del lugar.

Fue entonces, que reaccionó y proceso lo que acababa de hacer. Giró la cabeza para observar a los otros dos hombres. Pensó que estaba muerto, que lo ejecutarían en ese instante. Pero, contrario a lo que imaginaba, el hombre robusto se echó a reír a carcajadas.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

Dima estaba asombrado por la reacción.

¿Cómo alguien puede reírse al ver morir a un hombre que se supone es su amigo? , pensó.