11 LA PRESA #2
En ese instante, los disparos atravesaron la ventana del living.
Tanto Han como Tom se arrojaron al suelo.
Han, instintivamente se lanzó sobre Tom, protegiéndolo con su cuerpo.
Los disparos seguían lloviendo desde afuera.
Han sacó su arma y comenzó a disparar, en la dirección de los disparos.
Estaban a ciegas. No podía levantar la cabeza para apuntar, así que disparó a discreción.
Al girar la cabeza, vio al profesor Roth herido de gravedad en el pecho. Lo bajó del sillón y lo acostó en el suelo, usando los muebles como cobertura.
En el breve lapso en que los disparos se detuvieron, Han se puso de pie a tropezones.
—¡Maldición! Tom, llama refuerzos y una ambulancia. El profesor está muy mal herido.
Luego de darle instrucciones a Tom, Han salió corriendo, sin darle tiempo de seguirlo. Tom también sacó su arma y salió detrás de él, pero justo cuando estaba por cruzar la puerta, se escucharon nuevos disparos en su dirección.
Bang. Bang. Bang.
Tom se arrojó al suelo y gritó el nombre de Han, pero no obtuvo respuesta. No quería disparar a ciegas por miedo a herir a su compañero, así que no tuvo otra opción más que esperar a que la lluvia de balas cesara.
Mientras tanto, al observar que al profesor Roth le costaba respirar, decidió llamar a los refuerzos y pidió que enviaran una ambulancia con urgencia.
—Maldición… maldición…. Me buscan a mí, malditos hijos de puta.
—¡¡Han!! ¡¡Han!! ¡¡Detective Han Michaels!!
Nuevamente no hubo respuesta.
Cuando los disparos finalmente cesaron, Tom salió corriendo, buscando a Han con desesperación. Sin embargo, no encontró rastro de él. Con miedo y la adrenalina recorriendo su cuerpo, revisó la zona, gritando como un loco el nombre de su compañero.
Pasaron cinco minutos de búsqueda infructuosa.
Sin alternativa, volvió a la entrada de la casa del doctor Roth y esperó la llegada de la policía y la ambulancia.
Pero solo lo hizo por unos minutos. La idea de que Han estuviera mal herido en algún rincón lo atormentaba, así que volvió a salir en su búsqueda .
—Han… espero que no estés herido.
Buscó y buscó, pero no pudo encontrar rastro de él. Solo quedaba una opción: el tirador lo había secuestrado.
—¡Aaah, maldición! ¿Por qué?
Tom gritó con frustración, inclinándose y agarrándose la cabeza. Tenía miedo. Mucho miedo de no volver a ver a Han.
Sin saber qué hacer ni por donde comenzar a buscar, se desplomó en medio de la calle, apoyando los codos en las rodillas y sujetándose la cabeza con ambas
manos. Parecía un hombre abatido. Le costaba respirar. Su cuerpo temblaba. Todo era su culpa.
Desde un principio sospechó que esto tenía que ver con él. Sabiendo cómo era Han, dejó que lo protegiera… cuando era él quien debía protegerlo.
—¡Aaah, maldición!!
¡Maldito! Si algo le pasa a Han, no te dejaré ir.
Gritó con furia.
Diez minutos después de realizar la llamada, llegaron la policía, una ambulancia y los dos capitanes.
El capitán Thompson de Stanislaus, llegó primero. El Capitán Martínez, de San José, llegó poco después.
En el momento en que vieron a Tom abatido, le preguntaron qué había ocurrido. Tom informó que el profesor Roth se encontraba dentro de la casa, herido de gravedad, y que el detective Michaels estaba desaparecido, posiblemente rehén del asesino a sueldo.
De inmediato, se activaron varios operativos cerrojo y se inició el seguimiento de los autos de la zona mediante cámaras de tránsito y vecinales, para tratar de identificar el vehículo en el que se lo llevaron… y hacia dónde.
Al entrar en la casa del doctor Roth —que parecía un colador por los impactos de bala— los paramédicos salieron gritando que la supuesta persona herida no se encontraba por ningún lado.
Tom miró a su capitán, desconcertado. No lo podía comprender. Él había visto la herida. Era grave. No podía haberse movido por sí solo. Se quedó atónito, mirando hacia la casa.
Luego, con voz quebrada, le dijo al capitán:
—Capitán, esto no está bien. Esa persona estaba herida de gravedad, no pudo salir por sus propios medios. Es posible que hayan entrado y se lo llevaran mientras yo me encontraba buscando al detective Michaels.
El capitán confiaba en su subordinado, el problema era otro: ¿quién se lo llevó? Hasta estar seguro, no podía decir nada. Y definitivamente no en ese lugar. Tendría que hablar con él más tarde.
Mientras Tom hablaba con su capitán, los peritos se acercaron y confirmaron que, por las direcciones y calibres de las balas, fueron al menos cuatro tiradores. El capitán Thompson, luego de hablar con el detective Smith, intentó calmarlo.
—Tranquilo, nos encargaremos de buscar al detective Michaels.
Pero Tom no estaba de acuerdo. La discusión se volvió acalorada, hasta que el capitán Martínez intervino con firmeza y le ordenó que se retirara. Antes de hacerlo, le informó que, como se encontraban en su jurisdicción, serían ellos los encargados de la búsqueda.
No se iba a quedar de brazos cruzados. No esta vez. Estaba decidido a encontrar a Han con o sin autorización.
Tom, lejos de seguir las órdenes, se dirigió en busca de una persona que podría ayudarlo a encontrar a Han antes de que fuera demasiado tarde.
Sabía que no podía perder tiempo. La mente detrás de esto era la mafia; estaba seguro que fueron ellos quienes se lo llevaron.
Se subió a su auto con la cabeza llena de preocupaciones y el tiempo en contra.
La adrenalina circulaba por su cuerpo. Debía mantener la mente fría, pero el miedo, la confusión, y el desprecio lo dominaban.
Intentó tranquilizarse mientras se dirigía a un lugar al que no iba desde hacía mucho tiempo.
Solo esperaba encontrar pronto a esa persona…
y llegar a tiempo para rescatar a su compañero.
—Por favor… por favor. Han… resiste. Voy por ti.
Volvió a decir en voz alta.
—Si algo le sucede a Han… no te lo voy a perdonar. Lukyan Volkov.
Luego de decir eso, condujo a toda velocidad por la carretera, saltándose todas las señales de tránsito. Sabía muy bien que la vida de Han estaba en sus manos. No había tiempo que perder.