En la oscuridad: Medusa 11 LA PRESA
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11 LA PRESA

Mientras se dirigía al almacén desde donde se despacha la droga, Lukyan Volkov, hablaba por teléfono.

Sergei conducía por la carretera, observando por el espejo retrovisor que los dos autos de custodia los siguieran.

Desde que Lukyan escapó del hospital tras haber sido herido, toda la ciudad estaba siendo rastrillada.

Había operativos cerrojo en varios lugares que solían frecuentar, pero las autoridades no conocían todos los inmuebles desde donde operaba la organización.

Con su arresto, perdieron miles de millones de dólares y veintidós propiedades…

pero esa era apenas la punta del iceberg.

Lukyan se reía a carcajadas con el interlocutor al otro lado de la llamada.

Sergei sabía que eso significaba que todo estaba saliendo bien, tal como lo había planeado con el señor “X”.

Todavía no entendía porque su jefe jugaba al gato y al ratón con Dima, pero él solo estaba para cumplir órdenes.

Después de la charla en la que le confió que sería él —y no Boris— quién se quedaría a cargo de los asuntos más importantes de ahora en adelante, se sentía extrañamente bien.

Aunque tenía una gran amistad con Boris y siempre lo había respetado, considerando que —por ser un par de años mayor— sería naturalmente quién heredaría el liderazgo, algo debía haber ocurrido para ese repentino cambio.

Hasta hacía unos meses, todo apuntaba a que sería Boris quien se encargaría de todo.

No podía preguntar abiertamente ni a Boris ni a su jefe. Solo le quedaba esperar. También podría ser que Lukyan lo estuviera probando. Fuera lo que fuere… no lo podía decepcionar.

Cuando terminó la conversación telefónica, le indicó a Sergei que se comunicara con Boris para preguntarle si estaba todo listo. El señor “X” estaba por proceder con la siguiente etapa.

Al llegar a destino, Sergei estacionó el auto y se comunicó con Boris.

Este le confirmó que estaba todo preparado y que esperaba nuevas instrucciones.

Sergei giró la cabeza hacia Lukyan y le transmitió la respuesta: Boris preguntaba por las órdenes.

Le dio una dirección y le indicó que en ese lugar se encontraría con el señor “X”.

Él y dos hombres más debían dirigirse allí.

Mientras que el señor “X” creaba una distracción, ellos debían secuestrar a una persona y llevarla al galpón que habían preparado con anticipación. No podían fallar.

Después de transmitir las órdenes de Lukyan a Boris, Sergei cortó la comunicación. Se bajaron del auto y fueron a encontrarse con los encargados de despachar la droga a Europa. Había mucho que organizar.

Mientras que, al otro lado de la ciudad, se desataría una pequeña guerra de venganza.

Sergei estaba convencido de que su jefe se había cansado de jugar al gato y al ratón con Dima. Lo iba a secuestrar, torturar… y luego matarlo.

Estaba ansioso. Dima y él habían llegado a ser muy cercanos. Incluso le había salvado la vida una vez, en un enfrentamiento con otra pandilla, antes de que Medusa la absorbiera y se convirtiera en la organización criminal más fuerte y temida.

Pero no había nada que pudiera hacer. Desde el momento en que Dima traicionó al jefe, todos sabían que era un hombre muerto. Sergei solo esperaba no estar presente cuando ocurriera.

Agradeció que la tarea le fuera encomendada a Boris. Él le tenía mucho rencor y probablemente cumpliría mejor con las expectativas de su jefe.

Pensando eso, Sergei siguió los pasos de Lukyan en silencio.

Solo espero que termine pronto .

Eso fue lo último que pensó, antes de entrar y cumplir con sus obligaciones, convencido de que Dima pronto estaría en manos de Lukyan.

***

Fuera del domicilio indicado por Lukyan, esperaban dentro de un auto con vidrios polarizados, el señor “X”, junto a Boris y dos hombres, tal como les habían ordenado.

Les informó que estaba allí para matar a una persona y ellos debían secuestrar a otra, y que debían estar preparados para salir a toda prisa del lugar.

Mientras cargaban las armas y esperaban a un lado de la calle oscura, vieron pasar un auto con dos hombres que estacionaron a unos metros de ellos.

A juzgar por cómo estaban vestidos parecían ser detectives.

En ese instante, el señor “X” se bajó del auto de Boris y se dirigió a un jardín cercano a la casa donde habían estacionado los detectives.

El jardín estaba tupido, lleno de plantas, flores y arbustos que ofrecían una excelente cobertura, que junto con la escasa iluminación lo convertía en un escondite ideal.

Boris y los demás observaron cómo los detectives tocaban el timbre del domicilio indicado y eran recibidos por un hombre de unos setenta años. Boris frunció el ceño y, de inmediato, exclamó una maldición:

—Maldito hijo de puta.

Los dos hombres que estaban con Boris giraron la cabeza y también lo reconocieron. En ese instante, uno de los detectives miró hacia atrás, dejando que su rostro sea iluminado por la luz del porche de la casa. Los tres exclamaron al unísono, sorprendidos. Ahora sabían por qué estaban ahí.

—¡Dima!

El señor “X” seguramente iba a matar al viejo y secuestrar a Dima, el traidor… ahora detective.

No podían esperar ver el momento de vengarse por todo lo que les había hecho. Y, de todos ellos, Boris era el que más bronca le tenía. Si fuera por él, lo habría matado hacía mucho tiempo.

—Ja, ja, ja… por fin. Vamos a ver si se puede mantener consciente después de que me divierta con él —dijo Boris, con una sonrisa cruel.

Mientras Boris y sus hombres esperaban en el auto la señal del señor “X”, Han y Tom ingresaron a la casa del doctor Roth, donde su padre se encontraba organizando sus pertenencias.

Habían ido a hacerle unas preguntas sobre lo que habían descubierto…

y las dudas que tenían sobre su verdadera identidad.

Dentro de la casa, los detectives tomaron asiento en el living, en un sofá de tres cuerpos frente a un sillón individual donde se acomodó el profesor Roth. El ambiente era tranquilo; el living tenía un ventanal amplio que daba a un patio con piscina, lo que permitía ver todo desde el exterior.

Han fue el primero en hablar:

—Profesor, tenemos unas preguntas que queremos hacerle. Le pido, por favor, que nos responda con sinceridad.

Con aparente calma el profesor Roth, se acomodó las gafas y respondió:

—Está bien, los escucho. ¿Qué quieren saber?

—¿Usted ha trabajado como policía encubierto?

En el momento en que la pregunta fue pronunciada en voz alta, el profesor Roth miró a Tom y le sonrió, acompañando el gesto con un ligero guiño. Tomándose las manos como si estuviera por rezar, esta vez dirigió la mirada a Han.

—Como es imposible negarlo, ahora que Dima me ha reconocido, no tengo otra opción que admitirlo. Espero mantengan esto entre nosotros.

Tom se inclinó hacia adelante con una expresión fría en su rostro y preguntó con voz firme:

—¿Fuiste tú el que me reclutó aquella vez? ¿El tipo de la máscara?

—Sí, era yo. Lo mejor era que no vieras mi rostro, ya que yo mismo estaba infiltrado en la organización de Medusa. Si algo salía mal, podrías haber puesto a todos en peligro.

Han lo miró fijamente, sintiéndose asqueado. El padre de su expareja, había usado a un niño inocente, lo había manipulado, y pervertido para beneficio propio. Cuanto más avanzaba la investigación, más indignado y defraudado se sentía. Sin poder contenerse, preguntó:

—Profesor… la muerte del fiscal… ¿fue un accidente?

El profesor Roth miró a Tom, con una sonrisa que se reflejaba en sus ojos.

—Estoy seguro que el detective Smith ya te ha contado las circunstancias en las que murió el fiscal general Patterson.

Han lo vio en sus ojos: fue planeado. Suprimió el impulso de golpearlo y de borrar esa sonrisa burlona. Le respondió con voz dura:

—Sí. Me contó las circunstancias. Pero lo que estoy preguntando es si se aprovecharon de los gustos retorcidos y pervertidos del fiscal para que terminara como lo hizo.

El detective Smith recibió entrenamiento en armas de fuego y arma blanca.

El timing de la llegada de la comida ese día me sigue molestando.

Es como si todo hubiera sido preparado para aprovechar la situación.

Además, su muerte fue catalogada como un accidente. Eso no es algo que la mafia pueda hacer.

Fueron ustedes quienes encubrieron el homicidio del fiscal como un accidente doméstico.

¿Quién en su sano juicio creería que alguien se clava a sí mismo un cuchillo en el cuello por accidente?

Utilizaron a su medio hermano para firmar el acta de defunción…

Y, curiosamente, una semana después de firmar, también sufrió un accidente y murió.

—Ja, ja, ja.

El profesor se rio a carcajadas, como si hubiera acertado a todo y no temiera represalias .

Tan impune se cree este bastardo , pensó Han, mirándolo con rabia.

Tom lo observaba con una frialdad absoluta. Ese hombre lo había metido en un infierno. Lo tuvo cerca durante años, sin que supiera quién era realmente. Ahora que lo tenía delante, deseaba haberlo matado cuando tuvo la oportunidad.

El profesor se echó hacia atrás en el sillón y siguió hablando como si nada.

—Ahora han dejado de estar en la oscuridad. El mundo es una telaraña de favores. Se vuelve algo natural, habitual… si se toma en cuenta con lo que lidiamos diariamente. Ja, ja, ja… no me miren tan sorprendidos. ¿Qué más quieren saber? ¿Del gemelo?

Ante esta última frase, ambos lo miraron con resentimiento y sorpresa.

¿Ellos también sabían del hermano gemelo…?

— Ja, ja, ja, por sus expresiones también lo saben. ¡Ja, ja, ja! ¡Esto es muy divertido! —se burló el profesor Roth.

Tom y Han se miraron con el ceño fruncido, sintiendo una mezcla de impotencia y repulsión ante las carcajadas del profesor.

¿Cómo puede tomarse todo esto a burla?

Pensaron que este hombre estaba completamente loco.

Pero antes de que pudieran hacerle otra pregunta, el profesor Roth continuó:

—Me gustan sus expresiones de desconcierto. Hay algo que no saben, y es que…

Bang. Bang. Bang.