9 La carnada #3
El ambiente del momento le indicaba que Han probablemente daría ese primer paso muy pronto. Por eso, se le escapó una sonrisa. Han, al verla, no pudo contenerse. Como si estuviera bajo un hechizo, hipnotizado por esos hoyuelos, se acercó lentamente, lo tomó por el cuello… y lo besó.
El beso fue suave, como si quisiera transmitirle sus sentimientos.
Tom aceptó el dulce gesto y lo rodeó por la cintura.
Luego de unos minutos, Han detuvo el beso y lo miró a los ojos.
No lo dijo, pero su mirada le estaba comunicando lo que no podía pronunciar con palabras.
Al ver esa mirada intensa, Tom sonrió y le susurró:
—Yo también siento lo mismo.
En el momento en que escuchó sus palabras, Han también sonrió y apoyó su cabeza en su hombro. Luego dijo casi en un susurro, sin poder contenerse:
—Me siento bien estando contigo. Me alegro de haberte conocido.
Tom, que lo había escuchado claramente, acarició su cabeza y le dio un beso en la mejilla. Lo abrazó con fuerza durante unos minutos, y luego le indicó que la cena estaba lista.
Durante la comida, continuaron charlando, pero ya no hablaron del caso.
Compartieron gustos personales: platos favoritos, películas, deportes, lugares que querían visitar.
Mientras cenaban y hablaban, no podían borrar las sonrisas de sus rostros.
Parecían dos adolescentes. Han, de vez en cuando, mostraba un atisbo de tristeza en su mirada, pero solo duraba unos momentos.
Luego de cenar y ordenar la mesa, se dirigieron a descansar. Pero esta vez, en lugar de dormir cada uno en su habitación, lo hicieron juntos en la de Tom.
Una vez en la cama, Tom se armó de valor y besó a Han. Han le correspondió. A diferencia del beso suave que se habían dado antes de la cena, este era intenso y profundo, lleno de deseo.
No podían ocultar la intensidad de lo que sentían, ni el deseo que los impulsaba a seguir. Los gestos de Tom eran lentos como si quisiera explorar cada reacción, cada suspiro.
Entrelazados con sus brazos y piernas, se besaban profundamente, dejando que el roce entre sus cuerpos les comunicara lo que las palabras no podían. El contacto les revelaba que ambos estaban erectos, deseándose con intensidad.
Tom comenzó a recorrer el abdomen de Han, subiéndo lentamente su ropa. Sus dedos trazaban líneas suaves sobre los músculos, provocando cosquilleos que hacían que Han se estremeciera.
Al llegar al pecho, pellizco uno de sus pezones. En ese momento, Han dejó escapar un leve gemido, mientras la saliva se deslizaba de sus labios entreabiertos.
Tom no dejó de besarlo, su lengua exploró cada rincón de su boca, como si fuera a fundirse con él. Han, con sus manos urgentes, comenzó a quitarle la ropa a Tom, despojándolo de todo, hasta dejarlo completamente desnudo.
Han sintió como el deseo se apoderaba de su cuerpo. No podía ocultar la intensidad de lo que sentía, ni el deseo que lo impulsaba a seguir
Acercó las manos al pene de Tom, lo tomó con cuidado y lentamente extendió la lengua.
Comenzó a lamerlo desde la base y con la otra mano apretaba suavemente sus testículos.
Sus gestos eran lentos pero firmes. Tom comenzó a gemir de placer, y ese sonido lo incentivó aún más.
Han se llevó el pene a su boca, era la primera vez que disfrutaba de hacerlo, sintiendo que el placer también podía ser una forma de conexión profunda.
Tom sostenía su cabeza con una mano, observando la escena con los ojos entrecerrados, completamente entregado. Podía ver como se escurría la saliva por la comisura de sus labios. Estaba tan excitado que cada vez gemía más fuerte.
Luego sintió más presión en la mano que estaba sosteniendo su cabeza, junto con un intenso y caliente gemido que anunciaban el clímax de Tom, unos segundos más tarde el semen espeso invadió su boca y pasó por la garganta. Han no lo dejó hasta que se tomó todo lo que había eyaculado.
Con la respiración agitada, Tom lo acostó en la cama.
Su mirada era intensa, cargada de deseo, quería ver como gemía debajo de él y gritaba su nombre, quería que perdiera la cabeza por él.
Esperaba que de ahora en adelante solo pensara en él y en nadie más.
Que lo eligiera y no hubiera espacio para otra persona en su corazón.
Esa intensidad lo sorprendía. Tom nunca había sentido algo así por nadie. Y, sin embargo, no quería detenerlo.
Han, feliz de haber hecho que Tom llegara al clímax y sintiendo el deseo mutuo, lo abrazó con fuerza, acercándolo a su cuerpo.
Tom lo beso profundamente, colocó una mano en su cintura, y la otra descendió hacia el pene de Han.
Lo acarició con delicadeza, pero no se detuvo allí, continuó su lento descenso hasta el perinero.
Casi sin lubricación, jugó suavemente con su entrada, sus gestos eran atentos, explorando cada reacción de Han.
Mientras lo dilataba con delicadeza, no se le escapaba cada suspiro y cada estremecimiento.
El contacto entre ellos generaba una tensión creciente, una anticipación que se sentía en cada roce. Tom se detuvo, acercó sus labios al oído de Han, y le susurró con voz baja y cargada de deseo.
—Lo deseas tanto como yo, ¿verdad?
—Aaah… mmm.
—Dime lo que quieres.
Han, aún no se acostumbraba a que Tom hablara durante el sexo, se sentía avergonzado de responder.
Sin embargo, la intensidad de las sensaciones lo desbordaba, y la timidez le impedía ser completamente abierto.
Pero Tom no pensaba dejarlo escapar. Quería que lo dijera con claridad, que se entregara por completo.
Estaba dispuesto a llevarlo al límite para lograrlo.
—Dime ¿qué quieres que haga? Mmm— Tom le susurró al oído, con voz baja y envolvente.
Mientras hablaba, lo estimulaba provocando una respuesta involuntaria.
Tom lamió el lóbulo de su oreja, luego descendió con la lengua por su cuello, haciendo que Han gimiera de placer.
Aunque solo habían estado juntos una vez, sabía cómo derretirlo, como llevarlo al límite de sus emociones, al punto de hacerlo perder la cabeza.
Lo deseaba tanto que, por un momento, él mismo movió su cuerpo para profundizar el contacto. Tom dejó de moverse y esperó. Han, por un momento, pensó en decirle que se moviera, pero se contuvo. La timidez aún lo frenaba.
Mientras Tom seguía hablándole al oído y le lamía la oreja, su tacto se volvía más preciso y profundo. El movimiento provocó gemidos cada vez más intensos, y el cuerpo de Han respondió como si pidiera más sin necesidad de palabras.
—… ¿qué quieres?
—Tom… te deseo…
Ante esas palabras Tom no pudo contenerse más. Comenzó a moverse, sintiendo como la respiración de Han se volvió agitada, y aunque intentó relajarse, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, no por que sintiera dolor, sino por la intensidad del placer.
La tensión inicial se fue disipando, gracias a los suaves movimientos, y Han, sin darse cuenta, comenzó a gemir.
Su cuerpo respondió a cada caricia, a cada movimiento, estaba siendo guiado por el deseo. Tal vez era por las manos hábiles de Tom, que recorrían su piel con precisión.
Su respiración se volvió errática y entre jadeos, comenzó a pronunciar el nombre de Tom, como si fuera lo único que pudiera decir.
Tom sintió una oleada de satisfacción al escucharlo. No solo por el deseo compartido, sino por la conexión que estaba construyendo momento a momento.
Tom continuó, mientras recorría el cuello de Han con la lengua, susurrando entre gemidos. Sabía que los lóbulos de sus orejas eran uno de sus puntos más sensibles, y no perdía oportunidad para estimularlos.
Han, completamente entregado, lo tomó por el cuello, arqueó la espalda y, entre gemidos, pronunció su nombre al alcanzar el clímax.
Su cuerpo tembló por la intensidad del orgasmo que lo recorría, y en ese instante, Tom también se dejó llevar, alcanzando el suyo.
Ambos se quedaron abrazados, respirando entrecortadamente, envueltos en el calor de un momento.
Tom levantó la cabeza y miró a Han, acarició su mejilla antes de besarlo con suavidad.
Permanecieron acostados, mirándose a los ojos.
Cuando Han se disponía a levantarse para ir al baño y lavarse, Tom lo estrechó con fuerza en sus brazos impidiendo que se moviera. Volvió a besarlo en la mejilla, con una intensidad que reveló posesividad.
Han aún no estaba acostumbrado a ese tipo de trato. Se sentía extraño… pero no lo odiaba. Al contrario, había algo reconfortante en esa forma de ser querido. Entonces decidió acurrucarse en sus brazos.
Así, poco a poco se fueron quedando dormidos.