En la oscuridad: Medusa 8 La conexión
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8 La conexión

Primero se dirigieron al departamento de Han, recogieron lo que necesitaban, junto algo de ropa y regresaron. Durante todo el trayecto intercambiaron teorías, aunque sabían que sólo podían verificar sus sospechas luego de revisar cada caso en detalle.

Al llegar a la casa de Tom, ambos estaban decididos a pasar la noche revisando cientos de archivos. Han fue a la cocina a preparar café. Luego de servir dos tazas y llevarlas a la mesa, comenzaron por los casos más antiguos, cuando Han era apenas un policía recién recibido.

Pasando por las primeras investigaciones de las cuales muchas eran hurtos, robos menores o tenencia de estupefacientes. Sin embargo, ninguno de esos casos parecía tener relación con la organización de Medusa.

Había participado en más investigaciones de las que recordaba. Era como buscar una aguja en un pajar. Luego de tres horas de revisar archivos, Tom de repente exclamó en voz alta:

—¿Qué? ¡¡Increíble… wooow!! ¿Quién lo hubiera pensado?

Sin poder ocultar su evidente emoción, abrió mucho los ojos y luego los entrecerró, mirando fijamente a Han, como si intentara evocar un recuerdo.

Al ver la colorida reacción de Tom, Han supo que había encontrado algo. Le preguntó con curiosidad, levantando las cejas con el rostro expectante:

—¿Qué? ¿Qué encontraste?

—Ven… mira este caso.

Siguiendo las palabras de Tom, Han se levantó y se sentó a su lado. Tom giró ligeramente su portátil para que pudiera ver lo que había encontrado.

Han comenzó a leer los detalles del caso de hace dieciocho años, cuando él recién había aprobado el examen de detective. Lo había hecho ante la insistencia de su mejor amigo, que ahora vivía en el extranjero tras haberse casado. En aquel entonces, Han llevaba apenas unos meses como detective.

El caso trataba de un niño que había desaparecido de un orfanato. Tenía varios antecedentes de huir tanto de instituciones como de hogares adoptivos, por lo que siempre terminaban devolviéndolo.

A los diez años, ya tenía un largo historial de vincularse con personas de mala reputación: ladrones, dealers , prestamistas, mafiosos e incluso asesinos.

Era en extremo peligroso para un niño de esa edad estar en las calles, y mucho más rodeado de esa clase de personas. Era cuestión de tiempo para que algo terrible le ocurriera: ser golpeado, abusado, víctima de trata de personas o incluso tráfico de órganos.

Fue entonces que el joven detective Michaels tomó el caso y comenzó a recorrer la ciudad en busca del pequeño evadido. Recordando aquel expediente, Han miró el inicio del documento y leyó el nombre del niño…

Dmitry Ivanovich Solokov.

—¿Dmitry Ivanovich Solokov?

—¿Dmitry Ivanovich Solokov?

Repitió el nombre, intentando recordar dónde lo había escuchado. Ese nombre lo escuché antes, pero… ¿en dónde?

—Aaaaah…

Ante la tardía revelación, levantó la cabeza y miró a Tom. Tenía una gran sonrisa en el rostro; sus hoyuelos se marcaban de manera prominente. Estaba esperando que Han lo recordara. Se conocían. Se habían conocido hace muchos años, cuando Tom era Dima, un pequeño niño huérfano de diez años.

—Tom… Tú… digo, ¿eras ese niño? ¿Dmitry?

—Ja, ja, ja… Sí. No lo recordaba. Pasó hace tanto tiempo. No recordaba el rostro del policía que me sacó de las calles y me inspiró a estudiar. Era muy pequeño y la imagen en mi cabeza estaba borrosa.

—No lo puedo creer… en ese momento era muy joven. ¡Woow! Ahora sabemos cómo estamos conectados… Esto es increíble.

En ese momento Han recordó lo que había acontecido hacía dieciocho años.

A pocos meses de haberse recibido como detective tenía, mucho trabajo en la estación. Los casos pequeños siempre le eran asignados.

Un día, al llegar, recibió la orden de su capitán de investigar el caso de un niño de diez años llamado Dmitry Ivanovich Solokov, que se había escapado del orfanato Casa of Stanislaus County . Llevaba tres días sin regresar y tampoco asistía a clases. Nadie sabía nada de él.

Lo primero que hizo el joven detective fue dirigirse al orfanato para que le comentaran sobre la personalidad del pequeño y con quién solía relacionarse.

Al llegar, fue recibido por la directora, quién le entregó el expediente del niño.

Después de leerlo, se sorprendió al ver que no tenía amistades de su edad.

Por lo que le preguntó entonces con quién entablaba vínculos.

La directora respondió que solo se relacionaba con ladrones, dealers y drogadictos.

No tenía contactos decentes. Por eso, las familias que se habían interesado en él lo devolvían después de buscarlo por días, debido a sus reiteradas fugas del hogar.

El niño tenía un extenso historial de fugas tanto de los orfanatos como de casas de acogida. Por ello pasaba de un hogar a otro.

En ese momento, el detective decidió llevarse una foto del pequeño y recorrer las calles. Visitó todos los lugares que frecuentaba el niño con regularidad, muchos de ellos demasiado peligrosos para un niño de su edad.

En uno de esos sitios, una mujer adicta le indicó que había visto al niño con su dealer hacía dos días, aunque le pidió disculpas porque no estaba segura del tiempo.

Cuando Han le preguntó si sabía dónde podría encontrar al dealer , ella respondió que a veces tenia sexo con él para pagar su dosis, y le dio una dirección. Le aclaró, sin embargo, que no sabía si ese lugar era su residencia.

Luego de un intenso día de búsqueda, cualquier pista era bienvenida, por lo que se dirigió allí de inmediato. El lugar era un edificio muy viejo y parecía abandonado. Se veía peligroso para cualquiera que fuera ajeno a él, pero no se amedrentó: tenía que encontrar a ese niño.

Ingresó al edificio y comenzó a preguntar por el dealer y el pequeño.

Una de las personas que encontró, parada frente a las escaleras —de aspecto bastante pulcro para el lugar— le preguntó si era la persona que estaba allí a comprar el producto. Han, se quedó en silencio por un momento y luego asintió con la cabeza.

Una vez que la persona obtuvo la respuesta que buscaba, le indicó el piso y el departamento al que debía dirigirse. El detective no perdió el tiempo.

Subió por las escaleras con cautela, intentando no levantar sospechas. Unos minutos más tarde llegó al lugar señalado. Se quedó parado frente a la puerta, intentando escuchar algo en su interior. Como no se oía nada, golpeó suavemente y esperó.

Luego de unos instantes, la puerta se abrió.

El hombre que lo recibió estaba vestido con pantalón de vestir y una camisa con las mangas remangadas; podía ver unos tatuajes en sus brazos. Lo miró y frunció el ceño. Han se dio cuenta que la persona que estaba en el departamento conocía al comprador. Estaba expuesto.

No dudó un segundo y lo golpeó, arrojándolo hacia atrás. El hombre cayó al suelo y, justo cuando estaba por tomar el arma de su cintura, Han le dio un golpe de puño, lo redujo, le dobló sus brazos detrás de su espalda y le colocó las esposas.

Con el secuestrador inmovilizado, comenzó a buscar al niño en el departamento, habitación por habitación. Al llegar a una de ellas, vio al pequeño atado y amordazado sobre la cama. En la mesa de noche había varias jeringas esparcidas, lo que le hizo temer que lo hubieran drogado.

Se acercó a él de inmediato, lo desató y le quitó la mordaza. Le preguntó si se encontraba bien, pero antes de dejarlo responder le revisó los brazos, las piernas y entre los dedos, buscando signos de pinchazos. Se sintió aliviado al no encontrar ninguno.

El niño, aún tembloroso, le respondió que no lo habían drogado.

Han lo alzó en sus brazos, salió de la habitación, llegó hasta donde se encontraba el secuestrador, se inclinó y tomó por el hombro.

Luego salió del departamento llevando a ambos.

El hombre de la escalera, ya no se veía por ninguna parte.

Una vez fuera del edificio, se dirigió a su auto. Colocó al niño en el asiento del acompañante y al secuestrador en la parte trasera. Tomó su celular y llamó a la estación para informar que había hallado al pequeño y para que enviaran personal para tomar evidencia del lugar.

Esperó con paciencia a sus compañeros mientras hablaba con el niño.

Una vez que ellos llegaron, los dejó a cargo de la evidencia y condujo hacia la estación, donde entregó el secuestrador a los policías para su fichaje.

Después, el detective, llevó al niño a una heladería a unos metros del lugar.

Le compró un helado y le habló de lo peligroso que era estar en las calles para alguien tan pequeño como él.

El niño lo miraba fijamente, casi sin emitir palabras. Parecía estar analizándolo.

Después de que el niño terminó de comer el helado, volvieron a la estación, a la espera de que la directora del orfanato fuera a recogerlo. Mientras Han completaba la documentación pertinente a la investigación, el niño tomo asiento a su lado, esperando y observando cada uno de sus movimientos.

Cuando llegó la directora, el pequeño se acercó al detective, lo miró con seriedad. Luego le agradeció haberlo salvado y por haberle comprado un helado.

Después de recordar esos acontecimientos de hacía tantos años, Han sonrió y miró a Tom.

Ambos estaban muy asombrados por este descubrimiento.

De no ser por el caso actual y sus implicancias, era probable que nunca lo hubieran sabido.

Sintiendo que finalmente la luz comenzaba a filtrarse en el oscuro túnel en el que estaban, Han esbozó una sonrisa radiante por un momento…

y luego lo notó, volviendo a una expresión sombría.

—Tom, entonces la persona detrás de todo esto sabe más de nosotros que nosotros mismos. Esto es escalofriante… y grave, en demasiados sentidos.

—Es siniestro —respondió Tom, iracundo—. Pareciera que están jugando con nosotros. ¿Pero cómo es que lo saben?

Han se quedó en silencio un momento sin responder. ¿Cómo saben quién es Dima?

Se dio cuenta que había pasado por alto algo importante.

—Tom…que hayas quedado huérfano no creo que sea una casualidad. Si te han estado vigilando, tal vez, todo esto fue planeado desde un inicio para usarte. Eres ruso. ¿Será que tus padres tenían algo que ver con Medusa? ¿Los policías o la mafia…?

—No lo sé. Nunca se me acercó nadie. Solo los policías, cuando me reclutaron para infiltrarme en la organización. Pero, ante los acontecimientos y revelaciones de hoy… Mmm…

En ese momento, el teléfono de Han sonó.

Ring, ring.

Tomándolo de la mesa, miró el remitente y respondió la llamada.

Dtve. Delfina López.

—Delfi, buenas noches.

—Han, buenas noches. Solo llamé para informarte del caso. La testigo salió del país en un vuelo hacia Canadá. Tengo el listado de embarque y confirmé su llegada sana y salva al Aeropuerto Internacional de Vancouver.

—Eso es un alivio. ¿Le informaste al fiscal Roberts?

—Sí.  Está furioso. Agradezco que no estés aquí para lidiar con él. Nosotros ya hicimos nuestro trabajo; ahora depende de él.

—Gracias, Delfi. Hiciste un buen trabajo. Que descanses.

—Buenas noches, Han.

Al finalizar la llamada, Tom le preguntó:

—¿Se resolvió el asunto de la testigo?

Han sonrió, como si se estuviera burlando del fiscal.

—Sí, salió del país. El fiscal deberá hacer su trabajo. Ahora no podrá armar una causa.

Compartiendo la alegría de Han, Tom también sonrió y le dio unas palmaditas en la espalda.

Por un momento se olvidaron de las revelaciones de su propio caso. Por suerte, los demás casos estaban sobre ruedas. Tom se sintió aliviado de que Han no tuviera más inconvenientes con otras investigaciones.

Cuando recordó quién era realmente el detective Smith, Han volvió a preocuparse por él.

Parecía que lo habían estado vigilando desde pequeño.

¿Cómo sabían que él lo había rescatado de un dealer que había comenzado a incursionar en la trata?

¿Cuántas personas estaban involucradas? Era difícil de saber, pero estaba seguro que tenían una persona infiel cerca de ellos. ¿Quién?

Era otra pregunta que no podía responder por el momento.

Tom, al notar que Han llevaba mucho tiempo en silencio, lo miró. Estaba perdido en sus pensamientos. Luego bajó la mirada a su reloj: eran cerca de las doce de la noche.

—Han, vamos a descansar por hoy.

—Sí, es demasiado tarde.

Con esas palabras, se dirigieron cada uno a su habitación. Pero no descansaron en absoluto. Ambos pasaron la noche pensando en el próximo paso a seguir.