6 La Fuga
En la cárcel, el jefe de la mafia rusa, conocido con el apodo de Medusa, se encontraba junto con los demás reos en el patio, a las diez de la mañana. La hora estipulada para realizar ejercicio.
En ese momento había unos treinta y nueve reos en total. La mayoría practicaba algún deporte, mientras unos pocos estaban sentados conversando. Ese era el caso de Lukyan.
La zona estaba custodiada por tres torres de control, con dos guardias en cada una, además de seis guardias distribuidos en el patio distribuidos entre los reos.
Entre ellos se encontraba Diego Ramírez, el guardia asignado a escoltar a Lukyan en todo momento, quién observaba desde un rincón.
De repente, tres reos que corrían alrededor del patio pasaron por la zona donde Lukyan se encontraba sentado y se abalanzaron sobre él.
Cada uno le asestó una puñalada con objetos punzantes.
Lukyan se tomó el abdomen con ambas manos y se desplomó en el suelo, mientras los hombres se alejaron corriendo y se mezclaban entre los demás.
Los guardias, que vieron la situación tarde, se dirigieron hacia Lukyan que se encontraba inconsciente, mientras la sangre se esparcía en el suelo.
Una vez a su lado, se desató una conmoción. Los reos corrían de un lado a otro; algunos gritaban en idiomas que los guardias no lograban comprender.
En medio del tumulto, la sangre se filtraba entre los dedos de uno de los guardias que intentaba detener la hemorragia. Ramírez presionaba las heridas con desesperación.
Los otros guardias alejaron a los demás reclusos. Al ver el estado de Lukyan y el enorme charco de sangre a su alrededor, comprendieron que las heridas no podían ser tratadas en la enfermería de la prisión. Por lo que se decidió su traslado urgente al Central Medical Center.
Mientras cuatro de los guardias enviaban a los reclusos de regreso a sus celdas, Ramírez, junto a tres más, cargaba a Lukyan hacia la entrada, donde los esperaba la ambulancia para realiza el traslado.
Una vez dentro, el enfermero comenzó a tratar de estabilizarlo y detener la hemorragia. Los guardias observaban cada uno de sus movimientos con atención. Esperaban que Lukyan sobreviviera, porque al haber ocurrido el ataque durante su guardia, era posible que enfrentaran una sanción.
Transcurrieron unos eternos treinta minutos hasta que llegaron al hospital. Lo bajaron rápidamente de la ambulancia y lo condujeron de inmediato al quirófano, donde un equipo médico lo esperaba.
Los cuatro guardias que lo escoltaron hasta la sala de operaciones se quedaron afuera, aguardando novedades.
Dos horas más tarde, la luz del quirófano se apagó y la puerta se abrió. Primero salió el médico, quién les entregó el parte:
—El paciente está fuera de peligro. Ha perdido mucha sangre. Se le realizó una transfusión y se suturaron sus heridas. Estará bajo los efectos de la anestesia por un par de horas. No podrá ser transferido a la prisión por lo menos durante tres días, debemos observar su evolución.
Luego de estas palabras el cirujano se retiró. Detrás de él, la camilla con Lukyan inconsciente fue llevada a una habitación de terapia intensiva.
Los cuatro guardias siguieron al camillero y se apostaron en la entrada de la habitación.
Tras informar a la prisión el parte médico, recibieron la orden de permanecer allí hasta el cambio de turno, previsto para la noche.
Eso implicaba trabajar horas extras, ya que su relevo original era a las 14:00 horas.
Ninguno estaba feliz con la situación. Sabían que pronto la noticia se extendería, y debían estar atentos ante cualquier riesgo de intento de fuga.
Cuando Lukyan reaccionó, eran la una y media de la tarde.
Dentro de la habitación, junto a él, se encontraba el guardia Ramírez. Lukyan parpadeó, intentando comprender dónde se encontraba. Giró la cabeza y lo vio. El joven guardia lo observaba con preocupación; su rostro reflejaba el cansancio. Al verlo en ese estado, Lukyan murmuró con una sonrisa débil:
—Oye, niño… ¿Es la primera vez que ves tanta sangre? Parece como si hubieras visto un fantasma. Ja, ja, ja.
Luego de reírse, Lukyan se quejó del dolor, pero continuó burlándose del joven guardia:
—¿De verdad te quedarás ahí, mirándome con esa cara de tonto?
— …
—¿No tienes nada que hacer? Tal vez, si me prestas el teléfono podría llamar a unas lindas jovencitas para que te diviertas un rato… y cambies ese rostro frígido.
El guardia Ramírez estaba harto. Tenía órdenes estrictas: no dejarlo solo en ningún momento, así que soportaba sus groserías. Pero, desgraciadamente, Lukyan parecía decidido a provocarlo.
—Ramírez… ¿sabes qué? A mí la sangre me excita. Ja, ja, ja.
¿No quieres venir y hacerme una mamada? Oh, mejor… llama a tu novia y hazlo delante mío. Eso también estaría bien—. Luckyan había dejado de lado la formalidad y le habló tuteándolo.
El guardia lo miró asqueado. Había furia contenida en sus ojos. Apretó y aflojó los puños, luchando por mantener la calma.
—Mire, señor… no siga, porque no respondo de mí.
Ramírez reafirmó su postura frente a Lukyan, intentando que se detuviera. Siempre había sido una persona extraña y provocadora; sus compañeros se lo habían advertido. Sin embargo, hasta ese día, más allá de un par de insinuaciones, no había pasado a mayores. Siempre le había hablado con respeto.
Justo cuando le estaba por responder, una enfermera entró en la habitación para controlar su condición.
—Ah, veo que está despierto. ¿Cómo se siente? ¿Ya fue al baño a orinar?
—Acaba de despertar —respondió el guardia por él.
—Bella enfermera, este hombre perturba mi descanso. Acaba de amenazarme —dijo Lukyan con tono teatral.
La enfermera sabía que era un preso, pero en el hospital era su paciente, y debía velar por su bienestar.
Al escuchar la acusación, lo miró con desaprobación. Luckyan, aprovechando que ella no lo veía, le dedicó a Ramírez una sonrisa soberbia.
Cuando la enfermera giró nuevamente la cabeza para revisar los instrumentos y cambiar el suero, Lukyan adoptó una expresión lastimera y dijo:
—Bella enfermera, ¿me ayudaría a ir al baño? Temo pedirle ayuda a esta persona… no sé de qué sería capaz.
La enfermera, con amabilidad profesional, preparó todo para que Lukyan pudiera ir al baño. Lo ayudó a incorporarse y permitió que se apoyara en ella.
Justo cuando se dirigían al baño, el guardia Ramírez la detuvo, ofreciendo asistirlo. Pero ella, aún molesta por la acusación anterior y por la falta de aclaración del guardia, lo rechazó in límine.
Guio a Lukyan hasta el baño y, cuando estaba a punto de salir para dejarlo orinar en privado, él la detuvo.
—Me siento débil… y un poco mareado. ¿Podría ayudarme?
Titubeó por un momento y luego accedió. Lo sostuvo frente al inodoro, ayudándolo a mantenerse en pie. Le indicó a Lukyan orinara mientras ella lo sostenía.
Cuando terminó, Lukyan le pidió a la enfermera que lo ayudara a higienizarse, alegando que era parte de su rutina médica. Sorprendida por este pedido y sintiéndose incómoda, dudó.
—Bella enfermera, soy un hombre convaleciente… le juro que no tengo malas intenciones —dijo con tono suave.
En ese momento, la enfermera bajó la mirada vio que estaba semi erecto, Lukyan comenzó a reírse a carcajadas y luego le susurró:
—Bella enfermera, este hombre es viejo y está convaleciente, pero como puede ver estoy bien dotado. Podría satisfacerla cuando lo disponga… ¿Sabe?
La enfermera frunció el ceño y lo guio de regreso sin decir una palabra. Al salir del baño, estaba visiblemente ruborizada, y el guardia Ramírez no dejó pasar ese detalle.
Luego de que ella ayudara a Lukyan a acostarse y se retirara, diciendo que volvería en la siguiente ronda, comentó:
—Eres un viejo zorro.
—Ja, ja, ja… ¡Ay, no me hagas reír, que duele! ¡Ay!
—¿Qué le hizo para que saliera así del baño? No te da vergüenza… podría ser su nieta.
—¿Nieta? Estás loco. Bien podría ser la futura madre de mis hijos. Ja, ja, ja. ¡Ay! Te dije que no me hicieras reír.
Solo se sonrojó porque conoció a junior .
Lukyan levantó los hombros y sonrió como un pervertido.
—Ya cállese. Me da asco.
—En verdad, ¿no lo quieres chupar? No sabes de lo que te pierdes. Aaah… las manos de esa enfermera eran tan suaves…
Ramírez, sin poder soportarlo más, salió de la habitación deseando terminar su turno pronto.
Dos minutos más tarde, tres enfermeros entraron a la habitación y comenzaron a preparar a Lukyan para su traslado a una sala de terapia intermedia. Los tres guardias que estaban apostados fuera de la habitación los siguieron mientras lo llevaban en silla de ruedas.
El cuarto guardia, Ramírez, había ido a comprar café.
Contrario a lo que pensaban los guardias, notaron que los enfermeros se dirigían hacia la entrada del hospital. Uno de ellos los interceptó, apuntándoles con su arma en medio del pasillo lleno de pacientes, enfermeros y doctores.
—¡Alto ahí! ¿A dónde creen que se dirigen?
No alcanzó a terminar la frase cuando recibió un disparo en el abdomen.
Bang. Bang. Bang.
Cayó de inmediato.
El hombre que empujaba la silla de ruedas comenzó a correr hacia la entrada, mientras los otros dos se posicionaron frente a los guardias para facilitar la fuga.
Los dos guardias restantes se tiraron al suelo y desenfundaron sus armas. Los pacientes, enfermeros y doctores comenzaron a correr en todas direcciones, buscando refugio y salidas para escapar del ángulo de tiro.
En cuestión de segundos, estalló una balacera.
Ambos bandos disparaban a discreción. Se desató una guerra dentro del hospital: gritos, llanto, disparos, sangre y olor a pólvora. Todo se mezclaba en un caos absoluto.
En determinado momento, la lluvia de balas se detuvo.
Los dos supuestos enfermeros salieron corriendo hacia la camioneta negra sin matrícula que los esperaba en la entrada.
Cuando todo se calmó, lo primero que vieron quienes se asomaron de sus escondites fue a los tres guardias muertos. Un enfermero y un doctor yacían heridos de gravedad. Varios se acercaron a asistirlos, pero debido a la severidad de sus heridas, ambos fallecieron en pocos minutos.
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