5 DIMA #8
La detective López era compañera de Han. Si ella lo llamaba sabiendo que había sido transferido temporalmente, algo importante debía estar ocurriendo. Tenían varias investigaciones en curso, así que decidió atender de inmediato.
—Defi. Buenos días.
El tono suave con el que Han respondió mostraba familiaridad con la persona al otro lado de la línea. Tom, que se encontraba cerca, prestó atención a la conversación. Sabía mejor que nadie que Han era homosexual, pero por alguna razón que no lograba identificar, se sintió un poco inquieto.
—¡Han! Me alegra poder comunicarme contigo. Ayer intenté llamarte, pero tu teléfono estaba apagado.
—Lo siento. Me quedé sin batería. ¿Qué ocurre?
—¿Recuerdas el caso del intento de homicidio en el estacionamiento del bar “El Cachón”?
—Sí, ya le enviamos todo al fiscal Roberts.
—Bueno, sí… pero la testigo no se presentó a ampliar la declaración como solicitó el fiscal. Desapareció hace dos días. Bueno, en realidad no desapareció: fui a su trabajo y su jefe me dijo que se fue de viaje.
Por eso el fiscal está furioso. No cree que sea así. Él piensa que la mafia está implicada.
Han negó con la cabeza mientras escuchaba.
—Delfi, pero si su jefe dice que se fue de viaje… debe ser así. Sin una denuncia de persona desaparecida, estamos atados de manos. El fiscal Roberts ya tiene el informe del hospital y el arma. La testigo no es indispensable.
Puede que la hayan amenazado y por ello se fue. ¿Revisaste la lista de pasajeros de avión y micros de las últimas 36 horas?
—No lo he hecho todavía. Lo haré ahora mismo.
—Sí, por favor. Infórmame cuando sepas algo.
Al finalizar la llamada, Han se tomó la sien con la mano izquierda y exhaló profundamente, como si el asunto fuera más problemático de lo que parecía. Tom lo observó y preguntó:
—¿Es por uno de tus casos?
Han lo miró con una expresión difícil de descifrar.
—Sí. Tengo que ir a mi departamento por ropa limpia.
—Te acompaño. Si quieres hablar de tu caso, soy todo oídos. Veo que te da dolor de cabeza.
Salieron juntos de la casa, subieron al auto de Han y se dirigieron a su domicilio. Una vez en la carretera, comenzó a contarle el motivo de la llamada de su compañera.
—En realidad, el caso es sencillo. El problema es el fiscal… desde que éramos niños ha sido un dolor en el trasero.
Tom frunció el ceño al escuchar “desde que éramos niños”. Quiso profundizar, pero no lo hizo.
—Ja, ja, ja… no me digas que también te toca lidiar con ellos.
—En realidad, me detesta. Pero ese es otro tema.
El caso es sobre una pelea en un bar que terminó con uno de los implicados, herido con arma blanca en el abdomen. Dos borrachos discutían por un lugar en el estacionamiento. Uff… malditos locos. Una empleada del bar los vio y llamó a la policía. Pero cuando llegaron los oficiales, todo empeoró.
El saldo fue un policía y uno de los hombres heridos, ambos con arma blanca. Resultó que el atacante era miembro de una reconocida banda mafiosa italiana de la zona, así que nos asignaron el caso por si era algo más que una simple pelea callejera.
Pero la organización no estaba involucrada.
El fiscal quería prácticamente implicar a los jefes de la banda, presionando a la testigo para que dijera cosas que no vio.
La cuestión es que ella desapareció. Aparentemente se fue de viaje.
Y sinceramente… yo también lo haría.
—Ese fiscal está jugando con fuego.
—Te lo dije, es un dolor de cabeza.
Sintiendo curiosidad por su compañera, Tom preguntó con interés:
—¿Tu compañera…es capaz de manejar el caso sin ti?
—La detective Delfina López es una de las más capaces en mi estación. Hemos sido compañeros desde que se recibió de detective hace cuatro años.
¿Sabes quién atrapó al tipo que apuñaló al oficial y al otro hombre en el estacionamiento?
Han sonrió con orgullo y respondió:
—Ella.
Después de que el atacante hirió al oficial, se emitió el llamado de “oficial caído”.
Delfi estaba cerca y fue una de las primeras en llegar.
El tipo comenzó a correr. Ella lo siguió y logró alcanzarlo a unas tres calles del lugar, en un callejón sin salida.
Cuando se vio atrapado, la atacó con el mismo cuchillo con el que había apuñalado a los demás.
Para su sorpresa, ella lo esquivó y le dobló la muñeca, desarmándolo.
Entonces cambió de estrategia. Decidió atacar cuerpo a cuerpo, subestimándola.
Acá debo hacer un paréntesis… mi compañera es Shifu de Kung Fu. Ganó las olimpiadas cuando era adolescente.
—¡Wow! No es de extrañar que lo haya reducido al sospechoso tan fácilmente.
—Sí, es excelente en lo que hace. En fin… así lo detuvo.
—Eso me deja mucho más tranquilo. Saber que tu compañera es tan capaz. No me gustaría que salieras herido.
Han no pudo responder al último comentario de Tom. Se quedó en silencio unos momentos, sus palabras lo habían tomado por sorpresa.
Luego, estacionó frente a un edificio, se limitó a decir:
—Espera aquí. Vuelvo enseguida.
Tom lo observó su espalda alejarse mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa. Se llevó la mano a la barbilla, pensativo.