En la oscuridad: Medusa 5 DIMA
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5 DIMA

Al otro lado de la ciudad, en la cárcel del condado de Santa Clara, un guardia fue en busca de Lukyan Volkov, quién se encontraba en el patio aprovechando su tiempo de esparcimiento.

—Señor Volkov, por favor, sígame. Tiene visita —dijo el guardia con respeto, inclinando la cabeza.

Lukyan lo siguió a través de los pabellones hasta llegar a la sala de visitas. Siempre caminaba con la cabeza erguida y espalda recta, como si fuera el dueño del lugar. Luego de entrar a la sala, la puerta se cerró detrás de él con un sonido seco.

Lo esperaba su mano derecha, Sergei Ivanov. Lukyan se acercó lentamente, haciendo un gesto con la boca, una clara señal de que hablara con libertad.

Los guardias presentes en la sala esperaban que la conversación entre ellos transcurriera como lo había hecho durante los últimos seis meses: con frases cortas y sin revelar nada.

Pero, para su sorpresa, esta vez hablaron abiertamente, compartiendo información como si supieran que los encargados de custodiarlo harían oídos sordos.

Lukyan lo sabía: le temían. Además, las cámaras no tenían audio, lo que hacía que la charla entre él y Sergei fuera un poco más relajada.

Una vez que su jefe se sentó frente a él, comenzó a hablar:

—Jefe, ya lo saben.

Sergei lo comunicó con el rostro serio. Lukyan sonrió abiertamente, mirando a los dos guardias que lo custodiaban. Ellos se estremecieron, le temían y más especialmente cuando sonreía. Respondió a Sergei sin apartar la mirada de sus custodios:

—Veo que elegiste muy bien. Quiero que ese bastardo sufra. Nadie me engaña y se sale con la suya. Lo demás sigue según el plan.

—Jefe… ¿por qué no lo matamos, en vez de jugar con él?

Ante las palabras de Sergei, los guardias se sobresaltaron.

Se miraron mutuamente y, de inmediato, desviaron la mirada, haciendo oídos sordos a lo que acababan de escuchar.

Era mejor fingir que no habían escuchado nada, antes que convertirse en comida de tiburones por divulgar la conversación del temible mafioso.

Los primeros dos guardias que habían custodiado a Lukyan habían muerto en accidentes muy extraños durante la primera semana de su llegada a la prisión.

Por eso, nadie se atrevía a desafiarlo, y mucho menos a involucrarse en sus asuntos.

No sabían cómo lo había hecho ni cómo se enteró que esos guardias habían hablado con sus superiores tras una visita de sus hombres de confianza.

Lo único que sabían con certeza era que no hubo ninguna investigación sobre la información que aquellos guardias habían entregado.

Ese silencio institucional era más aterrador que cualquier amenaza directa.

Lukyan se rio a carcajadas, como si acabara de escuchar algo realmente gracioso.

—Ja, ja, ja…

—Sigan con lo planeado. No hagan nada que no les haya pedido.

—Sí, jefe.

Luego de decir eso en un tono duro y autoritario, Lukyan se levantó de su silla y se dirigió a su celda, escoltado como de costumbre.

Después de dejar la prisión, Sergei y Boris conversaban mientras conducían rumbo a un bar.

No podían entender por qué su jefe no lo mataba directamente, en lugar de divertirse con él.

Todos sabían por qué a Lukyan Volkov lo llamaban “Medusa”: porque nadie que hubiera visto su rostro seguía con vida.

Solo tres personas conocían su rostro antes de que fuera arrestado, y una de ellas lo había traicionado. Era una de sus tres manos derechas.

Por eso sus compañeros le guardaban un profundo rencor, especialmente Boris.

Boris se sentía indignado. Quería que lo mataran de una vez, ya que nunca se llevó bien con esa persona. Para él, era más fácil terminar con la “rata traidora” que seguir jugando al gato y al ratón. Ofuscado por no poder cumplir sus deseos de inmediato, decidió hablar con Sergei:

—¿Sergei?

—Sí —respondió sin mirarlo, concentrado en la carretera, que en ese momento se encontraba muy transitada.

—¿Crees que el jefe está siendo imprudente? ¿No sería mejor matarlo y ya?

—Nunca debes cuestionar las decisiones del Jefe. ¿Quieres terminar bajo tierra? Olvídalo.

Le advirtió Sergei en tono firme. Pero Boris, lejos de calmarse, siguió desahogando sus quejas:

—No es solo eso. Ese bastardo era como un hermano para nosotros… y así nos pagó. Debería morir de una vez. Cada vez que pienso en él, siento fuego en mi interior. El jefe está en la cárcel por su culpa.

—Él sabe lo que hace —respondió Sergei nuevamente con tono firme, tratando de calmarlo. No quería que Boris diera un paso en falso. Lukyan no se lo perdonaría.

—Ya saben la identidad del cuerpo, así que deben estar completamente desconcertados. Ja, ja, ja. Lo que daría por haber visto su rostro en el momento en que descubrió que el cadáver era de su compañero.

Dijo Boris con enorme satisfacción.

—Hasta yo me sorprendí cuando lo vi. No lo podía creer.

—Mmm… Pronto tendrá otra sorpresa. Ja, ja, ja. Maldito bastardo. Llamaré al señor “X”.

Boris sacó su teléfono celular del bolsillo del pantalón y se comunicó con el señor “X”.

Ring. Ring.

—Señor “X”, las instrucciones son seguir adelante.

—De acuerdo.

Las llamadas con él eran siempre breves y concisas. No se compartían detalles, solo se confirmaba si el plan seguía en marcha o no. Tras finalizar la llamada, y con la orden confirmada, llegaron al bar.

Estacionaron el auto cerca de la entrada.

A simple vista, el lugar estaba abarrotado de personas, como cualquier viernes por la noche.

Justo en el momento en que estaban por ingresar, Boris y Sergei divisaron desde la puerta la presencia de varios policías bebiendo en una mesa.

De inmediato, desistieron y decidieron retirarse para evitar encontrarse con rostros conocidos.

No sin antes maldecir en voz alta, lo que hizo que una persona que estaba por ingresar al bar detrás de ellos se detuviera y los mirara con curiosidad.

—Malditos…

—...

Michaels los miró fijamente por un momento.

Sus rostros le resultaban familiares, pero no lograba recordar de dónde los conocía ni en qué contexto los había visto antes.

Mientras tanto, Boris y Sergei se hicieron a un lado para dejarlo pasar.

Al notar por su forma de moverse que se trataba de un policía, inclinaron la cabeza brevemente y se retiraron con rapidez.

Michaels los observó alejarse con el ceño fruncido. Su actitud le pareció sospechosa. Por un instante, intentó recordar por qué le resultaban tan familiares, pero luego negó con la cabeza y dejó de lado el pensamiento. Recordó por qué estaba allí.

Ingresó al bar, echó un vistazo alrededor y, al ubicar a sus compañeros, se dirigió hacia la mesa donde también se encontraba Smith.

Se habían reunido para tomar un trago en honor a su compañero asesinado.

Era una costumbre de la estación de San José: despedir a sus colegas de esa manera los ayudaba a sobrellevar la pérdida.

Michaels no pertenecía a esa estación, pero, como estaba colaborando en la investigación, consideraba que era su deber asistir.

Aunque sólo se había cruzado e intercambiado algunas palabras con el detective Patterson en ocasiones puntuales —por cuestiones de jurisdicción e intercambio de información—, lamentaba profundamente su trágico final.

Más aun sabiendo que Patterson era la pareja actual de su ex.

Esa circunstancia añadía una capa de incomodidad y tristeza que no podía ignorar.

Había arreglado con Smith que, luego de tomar una cerveza en el bar, se reunirían en su casa para intercambiar la información que tenían y tratar de arrojar algo de luz sobre los extraños acontecimientos sobre la muerte del detective Patterson.

La idea era simplemente compartir una cerveza, pero Michaels no estaba del todo bien.

Los sucesos del día y las revelaciones que lo golpearon temprano en la mañana lo habían dejado emocionalmente agotado.

Necesitaba relajarse y, aunque no bebía con frecuencia, cuando lo hacía, bebía bastante.

Mientras compartían anécdotas divertidas sobre el detective Patterson y hacían bastante ruido entre risas y bromas, una joven mujer se le acercó a Smith. Sin mediar palabra, se sentó en su regazo y lo llamó por su nombre, provocando una reacción de burla inmediata entre los presentes.

—Vaya, Smith no solo es famoso entre nosotros… parece que en el mundo nocturno también lo conocen bien. Ja, ja, ja.

Dijo el detective Toledo con una sonrisa pícara antes de estallar en carcajadas.

—Tommy, ¿quién es? ¿Tu novia?

Preguntó uno de los detectives con genuina curiosidad. Los demás presentes observaron la situación en silencio, incluido Michaels.

Ante las preguntas, Smith respondió con despreocupación, lanzando una mirada rápida a Michaels, que se encontraba justo frente a él:

—¿Ustedes creen que una novia mía actuaría de esta manera? Solo es alguien con quien pasé alguna noche. No es nadie importante.

Bebió un sorbo de cerveza luego de decirlo, como si fuera un comentario trivial.

Michaels, viendo lo desvergonzado que era Smith al hablar abiertamente de su promiscuidad, se sintió incómodo.

Su expresión cambió visiblemente, y este gesto no pasó desapercibido para Smith.

Los otros detectives comenzaron a reír a carcajadas, pero a Michaels no le parecía gracioso en absoluto.

Nunca le habían gustado los alardes de conquistas, y mucho menos ahora, después de que su pareja lo hubiera dejado.

De hecho, tenía deseos de retirarse y posponer la reunión con Smith para otro día.

No se sentía bien anímicamente como para soportar ese tipo de ambiente.

Prefería retirarse y descansar. El detective Michaels nunca había sido de los que tienen sexo de una noche.