4 La Revelación
Una semana después del hallazgo del cuerpo, se reveló su identidad. Smith recibió la llamada del forense con los resultados del análisis de ADN.
—Detective Smith, soy el doctor Funes del cuerpo forense. Tengo los resultados del ADN de la víctima de Sierra Azul. No lo va a creer… ¿Se encuentra sentado en este momento?
Smith no respondió, y el doctor decidió continuar con su informe.
—Detective, el ADN corresponde a un miembro de este departamento de policía. Ejem… ¡es el detective Mark Patterson!
Smith se quedó mudo. Miró hacia fuera de su oficina, observando a sus colegas con el ceño fruncido. ¿Qué está diciendo este hombre? Revisó con la mirada a los presentes en la estación, moviendo los ojos de un lado a otro, buscando a Patterson. Luego de recomponerse, le preguntó al forense:
—Doctor Funes, ¿está completamente seguro? ¿No hubo contaminación de la evidencia?
El médico forense, comprendiendo la pregunta y el estado de confusión del detective, le respondió con calma:
—Detective, para confirmar, tomé la muestra yo mismo aquí en el laboratorio, mientras realizaba la autopsia.
Pero la identidad no es lo único relevante.
Los análisis toxicológicos indican que se utilizaron drogas para mantenerlo sedado durante un tiempo prolongado, según la cantidad que arrojaron los resultados.
Smith se llevó la mano a la barbilla, pensativo, y volvió a mirar hacia afuera de su oficina, escaneando con la mirada a los miembros del departamento presentes en ese momento.
Patterson no se encontraba en su escritorio, ni hablando con otro colega.
No estaba en la estación. Tras una breve pausa, le agradeció al doctor Funes:
—¿Podría enviarme una copia de la autopsia y los resultados de los exámenes?
—Por supuesto. En breve los tendrá en su escritorio.
Luego de finalizar la llamada, Smith salió de su oficina con el teléfono celular aún en la mano.
Se quedó parado frente a la puerta, con la mirada perdida y el ceño fruncido, lo que hizo que los otros detectives se miraran entre ellos, preguntándose qué estaba ocurriendo.
En ese momento, uno de ellos decidió intervenir:
—Tommy, ¿qué sucede? ¿Por qué estás así?
Smith volvió en sí al escuchar la voz del detective Toledo. Se cubrió la boca con la mano, sin decir una palabra, y se dirigió directamente a la oficina del capitán. Sus compañeros lo observaron en silencio mientras cruzaba el pasillo. Nunca lo habían visto en ese estado.
Con pasos largos y apresurados, llegó hasta la oficina del capitán Martínez. Golpeó suavemente la puerta y esperó el permiso para ingresar. El capitán, ocupado en una llamada telefónica, le hizo una seña con la mano para que entrara, y luego levantó un dedo, indicándole que aguardara un momento.
Mientras esperaba, Smith se sentó frente al escritorio y bajó la mirada, perdido en sus pensamientos. En realidad, su mente estaba en blanco, intentando procesar lo que el forense le había comunicado apenas unos minutos antes.
Al cabo de unos segundos, el capitán Martínez terminó la llamada. En el momento que prestó atención a su detective estrella y lo notó perdido en sus pensamientos, le preguntó:
—Detective Smith, ¿qué sucede? ¿Por qué tiene esa expresión? ¿Es sobre el caso de Sierra Azul?
Smith asintió con la cabeza, pero no dijo una palabra. El capitán comprendió de inmediato la gravedad del asunto. Esa no era una actitud habitual en su detective, a quien tenía en la más alta estima y respeto. Entonces lo instó para que le informara con claridad:
—¿Y bien?
Smith lo miró a los ojos, apretando con fuerza el celular que aún sostenía en la mano, y finalmente habló:
—Capitán…la víctima. El cadáver encontrado en Sierra Azul… es el detective Patterson.
El rostro del capitán Martínez se endureció.
Dirigió su mirada hacia fuera de su oficina por un momento, escaneando al personal presente, repitiendo el mismo gesto que había realizado Smith minutos antes.
Luego lo miró nuevamente y cerró los ojos, como si intentara vislumbrar la razón detrás del estado de su detective.
Sin decir una palabra, lo primero que hizo fue revisar su computadora. Según sus registros, el detective Patterson se encontraba actualmente de vacaciones… pero hacía una semana había estado de servicio y …
Abrió los ojos de par en par y se levantó de un salto. Miró a Smith, quien asintió con la cabeza, comprendiendo la pregunta silenciosa que le transmitía su superior con la mirada. El capitán se quedó en silencio unos segundos, procesando la información.
—Detective Smith, voy a pedir la colaboración del detective Han Michaels. Hablaré ahora con su capitán. Por otro lado, comunícalo a los demás. Tenemos que revisar la evidencia. Es probable que esté comprometida. Y… ¿cómo diablos es esto posible?
Luego de decir esto, el capitán levantó la vista. Smith se estaba haciendo la misma pregunta y, tras negar con la cabeza, murmuró:
—Realmente no lo sé… es algo inverosímil. No encuentro respuesta en este momento.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, hasta que el capitán levantó el teléfono justo cuando Smith se ponía de pie.
Sin embargo, volvió a dejarlo. Se acercó a Smith, le tocó el hombro con firmeza, y luego regresó a su escritorio para tomar nuevamente el teléfono y llamar al capitán Thompson, de la CSUPD Stanislaus.
Al salir de la oficina del capitán, los colegas de Smith lo miraron con inquietud. Él se acercó a ellos con paso dubitativo, sin saber cómo comunicar lo que acababa de acontecer, dado que él mismo todavía no podía creerlo.
—El caso de Sierra Azul…
Se llevó la mano derecha a la sien, buscando las palabras exactas para lo que debía decir a continuación. Inspiró profundamente y luego prosiguió:
—La víctima es… el detective Mark Patterson.
Todos lo miraron atónitos; después se observaron entre ellos, preguntándose si les estaba haciendo una broma de mal gusto. Nuevamente, el que rompió el silencio fue el detective Toledo.
—Tommy… ¿es broma?
Con una expresión triste en el rostro, mezclada con incredulidad, Smith les respondió mientras tomaba asiento en la silla más cercana, claramente abatido por la noticia:
—Por desgracia, no lo es.
Todos los miembros de la estación estaban en shock . Permanecieron en silencio, inmóviles. Era imposible.
¿Cómo podía ser la víctima el detective Patterson? Estaba de vacaciones, por lo que no lo habían visto en una semana. Pero él había estado presente en la escena donde apareció el cuerpo. Entonces ¿cómo podría ser su cadáver?
Los que habían trabajado en Sierra Azul se miraron entre ellos, frunciendo el ceño, y luego dirigieron la mirada a Smith.
Smith, que había trabajado junto a Patterson en varios casos, también estaba atónito.
El capitán Martínez se comunicó con el capitán Thompson de la estación Stanislaus para solicitar apoyo en la investigación.
Temía que sus hombres, afectados emocionalmente por la noticia, no pudieran mantener una mirada objetiva.
Y con razón: la persona que había estado recolectando pruebas el día del hallazgo del cadáver…
había usurpado la identidad del detective Patterson.
Nadie lo había notado. Eso lo hacía aún más escalofriante.
Mismo aspecto. Misma voz. Era increíble. Imposible. Si lo comentaban con alguien, les dirían que parecía sacado de una película de terror.
No había forma de que no hubieran notado que no era el verdadero Patterson… a menos que…
Todo esto fue informado por el capitán Martínez al capitán Thompson, quién, en concordancia con él, decidió enviar a su mejor detective de homicidios y a la persona que había encontrado el cadáver: el detective Han Michaels.
En ese momento, en el estado vecino de Stanislaus, el detective Michaels fue informado por su capitán de que, a partir de ese día, debía trasladarse a la estación de San José para trabajar junto al detective Smith en el esclarecimiento del caso de homicidio de Sierra Azul.
Era un caso de máxima prioridad que debía resolverse lo antes posible.
De inmediato, Michaels dejó su estación, no sin antes comunicarle a su compañera, la detective López, que había sido asignado a un caso especial en San José.
Por lo tanto, ella tendría que encargarse sola de los casos activos que compartían.
Luego, se dirigió sin demora a la estación de Smith, cumpliendo las órdenes impartidas por su capitán.
Después de conducir durante aproximadamente una hora y media, el detective Han Michaels, llegó a la estación de San José. Estacionó su auto junto a una patrulla y bajó con paso firme, decidido a presentarse ante el capitán Martínez.
Al ingresar, la imagen que vio fue desoladora. Su capitán no le había comunicado los motivos de su transferencia temporal; sólo le había indicado que debía presentarse ante el capitán Martínez.
Apenas dio dos pasos dentro de la estación, notó que los oficiales presentes parecían abatidos.
Algunos lloraban; otros permanecían sentados en sus escritorios, perdidos en sus pensamientos.
Michaels se acercó a uno de ellos para preguntar dónde se encontraba la oficina del capitán, pero antes de que pudiera responder, Smith —que parecía estar esperándolo— lo saludó y le indicó el camino.
—Un gusto volver a verlo, detective Michaels. Por favor, sígame. Lo llevaré con el capitán Martínez.
Junto con esas palabras, Smith le extendió la mano y le ofreció una sonrisa forzada. Michaels respondió con un apretón firme y cordial:
—El gusto es mío, detective Smith. Muchas gracias.
Luego de intercambiar saludos, se dirigieron juntos a la oficina del capitán. Michaels notó que la sonrisa de Smith era claramente forzada, lo que confirmaba que algo grave estaba ocurriendo en la estación, a juzgar por el estado de todos los presentes.
Cuando llegaron frente a la oficina del capitán, Smith golpeó la puerta y entró sin esperar respuesta. El capitán Martínez levantó la vista, y les indicó que tomaran asiento. Luego saludó a Michaels y se presentó: