3 Lukyan Mikhailnovich Volkov #2
Lukyan pasaba los días cómodamente en prisión, llegando a entablar algo parecido a una amistad con el joven guardia Ramírez.
Este le proporcionaba cigarrillos y, aunque estaba prohibido, incluso le prestaba su teléfono celular.
Si lo descubrían, podría recibir una sanción disciplinaria.
Sin embargo, Lukyan sospechaba que podrían estar usándolo para rastrear sus llamadas y escuchar lo que decía, por lo que solo se comunicaba con una de sus amantes: Sarah Richards.
Sarah era una mujer de treinta y seis años, bastante joven para él.
Camarera en un bar frecuentado por sus hombres, no era una gran belleza, pero tenía un corazón noble.
De estatura media, cabello castaño oscuro con rizos que caían más allá de los hombros, ojos color miel de mirada cálida y una sonrisa amable.
Lukyan se había fijado en ella hacía unos seis años, cuando él y sus hombres llegaron por primera vez a ese bar.
En ese momento vio a un grupo de hombres borrachos fastidiando a una empleada.
Ella les decía que no la molestaran, pero ellos la rodeaban y la manoseaban.
Al principio, Lukyan se sentó tranquilamente en una mesa, pensando que los hombres la dejarían ir o que ella terminaría accediendo a lo que le proponían.
Le restó importancia a la situación, acostumbrado a ver escenas similares en los bares a los que frecuentaban.
Sabía que muchas mujeres se hacían las difíciles para obtener más dinero a cambio.
Pensaba de ese modo porque él mismo había pagado por sexo en esos lugares, aunque era la primera vez que visitaba ese bar en particular.
Luego de ordenar sus bebidas, los hombres de Lukyan esperaban a los integrantes de otra pandilla con la que habían concertado una cita en ese bar, considerado territorio neutral.
El objetivo era unir fuerzas y establecer los lazos necesarios para expandir su negocio, centrado en la venta de drogas, el blanqueo de capitales y los asesinatos por encargo.
Los miembros de la organización de Lukyan solían divertirse en fiestas privadas, contratando prostitutas y rentboys para satisfacer sus deseos.
Sin embargo, la organización no se dedicaba a la prostitución como fuente directa de ingresos.
Ese negocio había quedado en fuera desde que Lukyan tomó el mando a los veintiséis años, tras la muerte de su padre.
Mikhail Vladimirnovich Volkov, padre de Lukyan, fue asesinado por la traición de uno de sus hombres, quien se había coludido con una organización mafiosa italiana para quedarse con el control de la estructura criminal.
El plan era crear una alianza con los italianos, eliminando a Mikhail.
Pero lo que el traidor no esperaba era que Mikhail sobreviviera a los disparos el tiempo suficiente para revelar a su hijo quien lo había herido de muerte.
Cuando Lukyan conoció la identidad del traidor, se desató la cacería más sanguinaria en años, dentro y fuera de la organización. Mientras buscaba al responsable, todos los amigos y conocidos del traidor fueron asesinados sin piedad. Lukyan devolvió el daño multiplicado por mil.
Después de eliminar a todos sus familiares y allegados, ejecutó a los hombres que lo seguían, sin miramientos. Por último, lo encontró a él…pero no lo mató de inmediato. Lo torturó durante dos semanas. El traidor sufrió tanto dolor que terminó rogando por su muerte.
Así comenzó el liderazgo de Lukyan en la organización. De mente fría, cruel y calculadora. Se ganó de inmediato el respeto de todos los miembros, quienes le juraron lealtad y obediencia. Lukyan era, sin duda, digno heredero de Mikhail Volkov.
Luego de aquello, el estado se sumergió en una batalla entre la mafia rusa y la italiana por el control del territorio.
Como fueron los italianos quienes iniciaron el ataque, Lukyan respondió con implacable determinación.
Comenzó a entorpecer sus negocios, obteniendo acceso a sus rutas de drogas y localizando a los contadores encargados de lavar el dinero.
Poco a poco, la zona de influencia de los italianos fue reduciéndose.
Cada enfrentamiento dejaba al bando italiano con más bajas, debilitando su estructura.
Después de tres años de conflicto constante, ambas organizaciones llegaron a una tregua.
El acuerdo fue sellado con Luca Valentini, un joven de treinta años que había sucedido a su abuelo como líder tras su fallecimiento por causas naturales.
En la tregua se establecieron las condiciones y los territorios que corresponderían a cada organización, con el compromiso de no interferir entre sí. Desde ese momento, una paz tensa pero efectiva reinó entre ambos grupos.
Así pasaron los años sin volver a enfrentarse, hasta aquel día en que los italianos los llamaron para proponer una alianza y extender sus territorios. Ese era el motivo por el que se encontraban en ese bar.
Mientras esperaban pacientemente a los italianos, el disturbio detrás de ellos se intensificó.
El grupo de hombres había arrojado a la mujer sobre la mesa y arrancado la blusa.
El dueño del bar salió con un arma para defenderla; sin embargo, fue rápidamente reducido por los agresores y herido en una pierna con ella.
La mujer, temblando de miedo, intentó escapar, pero fue detenida con un violento tackle .
En ese instante salió despedida unos metros hacia adelante, cayendo justo al lado de Lukyan.
Incapaz de tolerar semejante escena de acoso y violencia hacia una mujer, se levantó de su asiento.
En el momento exacto que dos de los hombres la jalaban de una pierna, Lukyan le dio un golpe a cada uno en la mandíbula, dejándolos inconscientes al instante.
El dueño del bar se sostenía la pierna herida, gritando de dolor. La mujer, en estado de shock por el golpe del tackle , permanecía inmóvil. Los otros clientes habían salido corriendo del bar después de escuchar el disparo.
Los dos hombres restantes, al ver la situación, maldijeron a Lukyan y se acercaron a él: uno con una botella rota, el otro con el arma del dueño del bar.
Los acompañantes de Lukyan también se pusieron de pie, pero él les ordenó que no intervinieran.
Obedeciendo a su jefe, se limitaron a levantar a la mujer, sentarla en una silla y ofrecerle la chaqueta del traje de Lukyan para que cubriera su cuerpo, ya que su ropa estaba desgarrada.
Lukyan dio dos pasos hacia los agresores.
Primero arremetió contra el hombre armado, propinándole una patada y torciéndole la muñeca para arrebatarle el arma.
Sabía que ese movimiento lo exponía a ser herido por el otro, pero había calculado que la herida no sería letal…
o eso pensaba. Anticipando el ataque, se movió con precisión.
Tras desarmar y romperle la muñeca al primero, el segundo ya lo había apuñalado con la botella rota en el costado izquierdo e intentaba volver a herirlo.
Lukyan interceptó el segundo ataque con una patada que lo lanzó medio metro hacia atrás.
Sin perder el tiempo, se acercó y le dio un golpe de puño en la mandíbula, dejándolo inconsciente.
Cuando se giró, ayudó a levantarse al dueño del bar y le ordenó a uno de sus hombres que llamara una ambulancia.
Luego se acercó a la mujer y le preguntó si se encontraba bien.
Al ver la herida en Lukyan, rompió en llanto, sintiéndose culpable por las heridas sufridas por su jefe y por hombre que la había salvado.
Desde ese día, cada vez que Lukyan iba al bar —ya fuera para hacer negocios con los italianos o simplemente para divertirse—, ella lo trataba con una amabilidad especial, demostrando su agradecimiento hacia aquel extraño que había arriesgado su vida por la de ella.
Lo veía entrar y salir con infinidad de mujeres.
Lukyan y sus hombres eran conocidos por su promiscuidad.
Sin embargo, en las pocas ocasiones en las que iba solo, ella aprovechaba para hablar con él sobre la vida.
Aunque Lukyan nunca le contaba detalles sobre su mundo mafioso, con el tiempo ella lo descubrió por sí misma.
Con el paso de los meses, nació una amistad que eventualmente se transformó en una relación íntima.
No era oficial ni exclusiva: Lukyan no le prometió fidelidad, pero cada vez que la veía la trataba como si fuera la única.
Desde el momento en que ella se le declaró, él fue claro.
No quería atarla. Era muy joven, podía encontrar un buen hombre, y no deseaba que corriera peligro por estar involucrada con alguien como él.
Pero ella se conformaba con lo poco que él podía ofrecerle.
Después de eso, Lukyan dejó de llevar tantas mujeres al bar. Aunque no abandonó del todo sus costumbres, ya no iba tan a menudo acompañado como antes.
Su relación fue muy física al principio.
La pasaban bien, se divertían; ella lograba que Lukyan olvidara —aunque fuera por momentos— que era un mafioso.
Pero un día notó que ella se había enamorado.
Entonces comenzó a visitar el bar con menos frecuencia, reemplazando esas visitas por llamadas telefónicas para saber cómo estaba.
Así se desarrolló el vínculo hasta el día de hoy.
Cada vez que la llamaba desde prisión, usando el celular del guardia, evitaba hablar de temas importantes.
Lo hacía como siempre lo había hecho: más como un hermano que pregunta cómo está su hermana menor.
Pero también lo hacía con otro propósito.
Quería saber si podía confiar en el joven guardia.
Si lo que hablaba con Sarah no salía de ese círculo de tres, entonces el guardia era alguien confiable.
Luego de pasar así un par de meses, uno de los días en que la llamó, Lukyan mencionó una fecha específica durante la conversación.
No lo hizo con énfasis ni explicó el motivo; simplemente la deslizó entre palabras como si fuera un detalle más.
Pero esa fecha estaba marcada: sería dentro de cuatro meses.