En la oscuridad: Medusa 3 Lukyan Mikhailnovich Volkov
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3 Lukyan Mikhailnovich Volkov

Al mismo tiempo que comenzaba la relación entre el detective Patterson y el doctor Roth, en el estado vecino de Stanislaus, el jefe de la mafia rusa Lukyan Mikhailnovich Volkov —mejor conocido como “medusa” por la policía y las agencias federales del país— se encontraba en la Stanislaus County Jail .

Su arresto, no fue un error: se debió a la traición de uno de sus hombres más cercanos, uno de sus manos derechas.

Con sesenta y dos años y, pese a su situación, mantenía una presencia imponente.

Recostado plácidamente en la cama de su celda, con sus gafas de montura dorada y el torso desnudo que dejaba ver las cicatrices de una vida marcada por el poder y la violencia, leía con calma un libro titulado Soy responsable de tu desgracia .

Curiosamente, la obra no tenía nada que ver con su propia historia.

Era un romance omegaverse , un género que lo alejaba de la crudeza de su pasado; sin embargo, se sentía identificado con el personaje principal.

Su vida, al igual que la de él, había debido superar muchas pruebas y afrontar que sus decisiones y errores dañaran lo que más amaba.

Mientras estaba inmerso en la lectura, un guardia se acercó a su celda. Golpeó levemente los barrotes, rompiendo el silencio.

—Volkov. Por favor, vístase y acompáñeme. Tiene visita —dijo el guardia.

Lukyan Volkov se incorporó con calma. Dejó las gafas en la cama, junto al libro. Se giró y tomó la prenda que estaba en la litera de su compañero de celda; se la colocó con movimientos pausados y serenos.

El guardia recién transferido al penal no conocía al hombre frente a él. Sin embargo, en el momento en que vio su espalda desnuda, se quedó momentáneamente paralizado.

El hombre, de más de sesenta años, tenía un cuerpo sorprendentemente tonificado y musculoso para su edad.

Su altura, cercana al metro noventa, junto con el cabello rubio platino y unos ojos de un azul profundo, fríos y penetrantes, bastaban para intimidar con una sola mirada.

Pero lo que más llamó la atención al joven guardia fue el tatuaje que dominaba su espalda: una gran cruz con Cristo crucificado, rodeada de varias estrellas.

En cada uno de sus codos, una estrella tatuada completaba el patrón.

El guardia, aunque joven, sabía muy bien lo que esos símbolos significaban. En esa cárcel era vox populi, que había reos vinculados a la mafia rusa, y él se había interesado en aprender el lenguaje de sus tatuajes.

Sabía que cada estrella tenía un peso, un rango, una historia. Se preguntó, con inquietud, si Volkov también tendría tatuadas estrellas en las rodillas, el símbolo más sagrado del respeto criminal: reservado solo para quienes jamás se arrodillan ante nadie.

Consciente de que estaba frente a alguien peligroso, el guardia se obligó a recuperar la compostura. Entender los códigos era clave para sobrevivir en ese entorno, más aún, para anticipar cualquier intento de fuga.

Acercándose a la puerta de la celda, Lukyan Volkov leyó el gafete del guardia y, con una amplia y sorprendente cordial sonrisa, dijo en tono suave:

—Estoy listo agente penitenciario Diego Ramírez.

El joven guardia abrió los ojos con asombro. No esperaba ese tono amable y respetuoso de parte de un reo, y menos de alguien con la reputación que circulaba por los pasillos del penal. Sin decir una palabra, abrió la celda y lo escoltó por el pabellón en dirección a la sala de visitas.

Durante el trayecto, Ramírez evitó cualquier intento de conversación.

Su instinto le gritaba que aquel hombre era muy peligroso.

No por lo que decía, sino por lo que callaba: por la calma excesiva, la mirada que parecía leerlo sin esfuerzo y la forma en que caminaba, como si aún estuviera al mando de todo.

Una vez que llegaron a la sala de visitas, el guardia abrió la puerta para que Lukyan ingresara y la cerró de inmediato detrás de él, sin decir una palabra.

Dentro lo esperaban sus dos hombres de confianza: Sergei Ivanov y Boris Kutznetsov.

Sergei medía un metro ochenta y siete, con el físico de un boxeador de peso pesado.

Su rostro redondeado contrastaba con su mirada ruda.

Tenía el cabello rubio oscuro y los ojos marrones.

En su brazo derecho, a la altura del bíceps, lucía un tatuaje de alambre de púas acompañado por un par de estrellas, símbolos que no pasaban desapercibidos.

Boris, por su parte, era apenas más alto.

Su cuerpo era igualmente corpulento, aunque con los músculos menos definidos.

Su rostro cuadrado, el cabello castaño y los ojos marrón oscuro le daban un aire más sobrio.

En su brazo izquierdo llevaba un tatuaje similar al de Sergei:  alambre de púas, pero acompañado por una línea de estrellas que descendía por su antebrazo.

Ambos hombres se pusieron de pie al ver entrar a Lukyan. No hubo palabras, solo miradas. En ese silencio cargado de respeto y tensión, se percibía que algo importante estaba por discutirse.

La sala de visitas estaba estrictamente vigilada.

Dos guardias permanecían dentro, atentos a cada movimiento, mientras otros dos custodiaban la puerta desde el exterior.

En las cuatro esquinas del techo, cámaras de seguridad captaron cada ángulo y transmitían en tiempo real a la sala de monitoreo ubicada en la entrada del penal, donde un equipo de oficiales supervisaba las más de quinientas distribuidas por todo el complejo.

Lukyan Volkov lo sabía. Cada gesto, cada palabra, cada mirada estaba siendo observada.

Por eso hablaba en frases breves, casi crípticas, con sus dos hombres de confianza.

Si decía algo puntual, con información concreta, era porque así lo había decidido.

Nada en su mundo ocurría por accidente: todo estaba meticulosamente planeado.

No dejaba cabos sueltos. Cada palabra tenía un propósito.

Sentado frente a Sergei y Boris, sus personas de confianza, Lukyan mantenía una postura relajada, pero su mirada era la de un estratega en plena ejecución. Sergei fue el primero en hablar. Su voz era grave y contenida, como si supiera que cada sílaba debía ser medida.

—Jefe.

—¿Lo hicieron? —preguntó Lukyan con su voz fuerte y reconocible, la misma que imponía respeto sin necesidad de levantar el tono.

—Está hecho —respondió Sergei sin perder un segundo.

—Bien. Manténganme informado.

Sin decir nada más, Lukyan se levantó de la mesa, le tocó el hombro a Sergei brevemente y se dirigió hacia la salida de la sala de visitas. Golpeó la puerta con firmeza para indicar al guardia que había terminado. Este abrió sin demora y volvió a escoltarlo por los pabellones, en silencio.

Mientras caminaban, los otros reclusos se levantaban o se giraban para saludarlo con respeto.

Algunos asentían con la cabeza, otros murmuraban su nombre o simplemente lo observaban con reverencia.

El joven guardia, que ya había notado el tatuaje en su espalda, sintió un escalofrío recorrerle la columna al ver como los demás se dirigían a él.

No era solo un reo más: era alguien importante, alguien que inspiraba miedo.

En cuanto terminara su turno, averiguaría quién era realmente el hombre a quién acababa de escoltar.

Mientras se dirigía a su celda, la sonrisa de Lukyan Volkov se extendía por su rostro, a pesar de encontrarse en la cárcel.

El guardia no podía comprender por qué se lo veía tan feliz.

En unos meses sería trasladado a una prisión de máxima seguridad.

Nadie podía imaginar lo que estaba planeando una de las personas más peligrosas de la ciudad.

Estar en la cárcel no limitaba en absoluto su alcance; al contrario, lo hacía más peligroso.

Sobre todo, tenía sed de venganza contra las personas que lo habían llevado allí y traicionado su confianza y hermandad.

El guardia encargado de escoltarlo en todo momento lo trataba con mucho respeto desde que conoció su verdadera identidad, impulsado por el miedo que le tenía.

Todo lo que Lukyan Volkov pedía —siempre dentro de las reglas—, el guardia hacía todo lo posible por conseguirlo.

Por eso, su estadía en prisión no era mala en absoluto.

No solo él, sino que todos los guardias en general le tenían miedo y respeto, especialmente al ver cómo los demás reclusos lo trataban.

Más que un reo, Lukyan Volkov parecía el dueño del lugar.

Lukyan volvió a su celda con una brillante sonrisa en su rostro, lo que demostraba que todo está saliendo a pedir de boca, tal como lo había planeado.

El tablero ya estaba sobre la mesa, junto con las piezas; ahora solo bastaba comenzar a mover los jugadores e ir llevándolos en la dirección que él deseaba.

No había nadie más peligroso que él. Era un hombre de mente fría y calculadora. Le fascinaba el ajedrez: era un estratega nato. También era amante de la caza. Le gustaba divertirse con la presa antes de atraparla en su red… para luego matarla.

Si había alguien a quien debías evitar como enemigo, todos sabían que ese era Lukyan Volkov… “Medusa”.

Cuando salieron de la sala de visitas, las manos derechas de Lukyan —Boris y Sergei— siguieron el plan tal como les había indicado con un simple toque en el hombro.

Esa era una de sus formas de comunicación: en este caso, tocar el hombro significaba continuar con lo acordado antes de su arresto.

Era como si estar en la cárcel hubiera sido parte de su plan.

Boris viajaría a Medio Oriente para cerrar negocios en nombre de Lukyan, mientras que Sergei se ocuparía de las operaciones dentro del país, manteniendo activos todos los emprendimientos iniciados por la organización.

Poco importaba que su jefe estuviera tras las rejas: todo estaba meticulosamente organizado y planeado por Lukyan.

Nada se le escapaba. Ni siquiera sus hombres de confianza conocían todos los detalles de sus planes.