2 la ruptura #3
—Bueno, creo que esto es todo. Es…
Pero Michaels lo interceptó antes de que pudiera terminar la frase. Se paró frente a él, cortándole el paso, y con la voz firme, cargada de dolor, preguntó:
—¿Lo conozco?
Roth lo miró sin titubear, con una expresión indiferente.
—No es de tu incumbencia.
Ante la respuesta fría y cortante, como si hablara con un completo extraño, Michaels lo supo. No necesitaba que se lo dijeran directamente: conocía a la otra persona. Lo sintió como una certeza que se instaló en su pecho, tan clara como dolorosa.
Entrecerrando los ojos, se acercó un paso más, y con la voz cargada de indignación y tristeza, volvió a pedir una explicación:
—Con esa actitud, me estás confirmando que lo conozco.
El doctor Roth lo miró sin inmutarse, con la misma distancia que había mantenido desde que llegó.
—Ya no estamos saliendo, así que déjalo ir.
Esa frase, dicha con tanta indiferencia, fue como la última estocada. Michaels sintió que algo dentro de él se rompía por completo.
—Creo que merezco una explicación —dijo con la voz apenas sostenida.
—No hace falta. No hay nada entre nosotros. Adiós, ten una buena vida —respondió sin titubear.
Sin más, se alejó y salió del departamento sin mirar atrás.
Así terminó una amistad que había durado casi toda una vida y un amor que había persistido por más de diez años.
Con un sentimiento de frustración y profunda decepción hacía la persona que pensó que un día sería su esposo, Michaels lamentó no haber visto —o no haber querido ver— las señales claras de desinterés que su pareja le había mostrado, incluso hasta el último día.
Al rememorar ese final, notó que hacía tiempo no sabía nada del doctor Roth. Impulsado por una mezcla de nostalgia y curiosidad, le envió un mensaje para saber cómo estaba. Pero, como era de esperar, no obtuvo respuesta.
***
Seis meses antes.
El detective Mark Patterson, de la CSUPD San José, llegó al hospital Kaiser Permanente San José Medical Center con una bala en el hombro derecho.
Había resultado herido durante un tiroteo con los miembros de una pandilla, mientras realizaba una investigación junto a su compañero, el detective Thomas Smith.
Tras asegurarse de que Patterson estuviera fuera de peligro inmediato, Smith lo envió al hospital. En urgencias, una enfermera lo recibió rápidamente y llamó al cirujano de turno: el doctor James Roth.
En el instante en que sus miradas se cruzaron, algo cambió.
Hubo una tensión sutil, una atracción inesperada que ambos sintieron de inmediato.
El doctor Roth, incómodo por la intensidad de mirada del detective Patterson, se concentró en su labor.
Aplicó anestesia local con precisión, evitando realizar contacto innecesario, y comenzó el procedimiento para extraer la bala.
Luego realizó las curaciones correspondientes.
En ese momento, el detective Patterson comenzó a hablar, con una sonrisa ladeada y un tono claramente coqueto:
—Si hubiera sabido que me atendería un doctor tan atractivo, me habría dejado herir hace mucho tiempo.
El doctor Roth lo miró fijamente por un instante, como si intentara descifrar si aquello era una broma o una provocación. Luego desvío la mirada, sin responder.
Patterson, sin perder el tono juguetón, insistió:
—No me digas que no te han dicho que eres atractivo.
El detective Patterson se inclinó descaradamente hacia el doctor Roth, acercando su rostro con una sonrisa provocadora.
En ese momento, el doctor estaba en plena extracción de la bala. Irritado por la interrupción y la intensidad del gesto, realizó un movimiento brusco, lo suficientemente preciso como para causar una punzada de dolor. Esperaba que eso bastara para silenciarlo.
Pero, contrario a sus expectativas, Patterson apenas frunció el ceño y siguió hablando, como si nada hubiera pasado:
—Mmm… ¿tratas a todos tus pacientes así?
El doctor Roth, visiblemente incómodo por los constantes avances del detective, que no le permitían concentrarse, decidió poner un límite:
—Le voy a pedir que deje de hablar incoherencias y me permita terminar mi trabajo.
Patterson sonrió aún más, disfrutando del efecto que causaba:
—¿Eso significa que le hago perder la concentración?
Patterson, como todo conquistador nato, había captado desde el primer instante la mirada del doctor Roth.
No era una mirada cualquiera: era esa mezcla de sorpresa, interés y atracción que él conocía demasiado bien.
No perdió el tiempo; estaba decidido a conquistarlo.
No había forma de que se hubiera equivocado: esa mirada lo había delatado.
Solo debía llevarlo a su zona de confort.
Con una sonrisa segura, se inclinó apenas hacia él.
—En ese caso, ¿me permite invitarle a beber algo?
El doctor Roth respondió en tono firme, aunque no del todo convincente:
—No es posible.
Patterson arqueó una ceja, sin perder el encanto:
—¿Por qué? ¿Tienes pareja?
El doctor dudó un segundo antes de responder, desviando la mirada:
—No, todavía no terminé mi guardia.
Patterson lo sabía: había algo más detrás de esa respuesta. Estaba dispuesto a descubrirlo.
El doctor Roth dudó un segundo. ¿Qué estoy haciendo? , se preguntó en silencio. Realmente lo estaba haciendo: negaba su relación. Aunque no había sido fiel a Michaels, era la primera vez que lo negaba abiertamente. Eso lo sacudía más de lo que quería admitir.
Patterson, que no era ajeno a leer entre líneas, sonrió con más amplitud. Había detectado la grieta.
—Dime a qué hora termina tu turno y vayamos a tomar algo —dijo con tono casual, pero cargado de intención.
Roth permaneció en silencio, aún reacio a dar una respuesta afirmativa. Su mirada se desvió, como buscando refugio en la neutralidad del quirófano.
Patterson, al notar su duda, volvió a arremeter con su encanto característico, decidido a quebrar la resistencia:
—Doctor Roth, le prometo que no se aburrirá. Sé cómo entretener… de muchas maneras.
Acompañó sus palabras con una brillante sonrisa y un guiño descarado. El aire entre ellos se volvió más denso. Roth sabía que estaba cruzando una línea y, sin embargo, no lo detuvo.
—Salgo a las ocho de la noche —respondió, como si cada palabra le costara más de lo que quería admitir.
—Muy bien, entonces a las ocho estaré frente al hospital. Este es mi número —dijo el detective Patterson, entregando su tarjeta de presentación con una sonrisa segura.
El doctor Roth la tomó y, en un gesto inesperado, también le entregó la suya. En ese instante, se inclinó discretamente hacia su oído y le susurró:
—Nos vemos pronto, cariño.
Ese susurro cargado de intención selló el momento. Así fue como todo comenzó: una mirada, una herida, una conversación y una decisión que cambiaría el rumbo de más de una vida.
Después de diez años de relación, su corazón latía con emoción por primera vez en mucho tiempo. No entendía por qué había negado su relación con Michaels ni por qué había intercambiado números de teléfono con el detective Patterson.
Le había sido infiel a su pareja en innumerables ocasiones, pero nunca se había sentido así. Como si al negar la relación desde el principio estuviera abriendo la puerta a algo más profundo.
Pensó que quería conocer en detalle al hombre que le había estado coqueteando. Una sensación de euforia crecía en su interior. Siempre se había sentido atraído por personas como Patterson: seguras, directas, y opuestas a Michaels.
El detective Michaels era fácil de manipular.
No le haría escenas si no se veían; lo trataba más como un compañero sexual que como su pareja.
Se encontraban cuando él decidía, tenían sexo como él quería, y eso le había parecido suficiente.
Además, podía tener aventuras ocasionales sin que nadie lo molestara.
Era una relación cómoda y sin exigencias.
Pero ahora, algo había cambiado. Se sentía realmente atraído por el detective que acababa de conocer. Lo sabía: estaba hecho. No había vuelta atrás desde el momento en que aceptó salir con Patterson.
El doctor Roth se dejó llevar por sus impulsos.