2 la ruptura #2
El portero eléctrico anunció la llegada de un visitante. Michaels apretó el botón de acceso y se quedó esperando junto a la puerta de su departamento, escuchando con atención los pasos que subían lentamente los cinco pisos por las escaleras.
—¡Bienvenido, James! —lo saludó con una hermosa expresión de alegría en su rostro, acercándose con naturalidad para besarlo.
Sin embargo, el doctor Roth esquivó el gesto. Le apoyó la mano en el hombro, sin devolver el saludo, y con voz firme le dijo:
—Entremos. Tengo algo importante que decirte.
Ante esas palabras, Michaels se congeló.
Observó su espalda sin comprender mientras ingresaba durante unos segundos, como si intentara descifrar el tema detrás de esa frase, y luego lo siguió hacia el interior del departamento.
Sentía una presión sin igual en todo su cuerpo.
La ansiedad, el miedo y la confusión se entrelazaban en su mente, paralizándolo casi por completo.
Encontró al doctor Roth sentado en el sillón, con las piernas cruzadas y la espalda firmemente apoyada en el respaldo. Su postura era rígida, como si marcara la distancia entre ellos. Más que su pareja, parecía un profesional a punto de dar un diagnóstico en una entrevista formal.
Michaels, al ver esta imagen, sintió que el aire se volvía más denso. Pensó en ofrecerle algo de beber, como una forma de romper la tensión y también calmar su propia ansiedad.
—¿Te gustaría tomar algo? ¿Una cerveza o quizás un café? —preguntó con una voz que intentaba sonar casual, pero que igualmente temblaba.
Pero el doctor Roth le respondió con un tono distante, como si estuviera frente a un paciente en lugar de su pareja. Michaels apenas podía procesar lo que estaba ocurriendo.
Qué está pasando?Espero que no sea lo que imagino… , pensó mientras su mente comenzaba a llenarse de conjeturas.
—No, muchas gracias. Estoy bien así. Por favor, siéntate. Tenemos que hablar de algo muy importante —dijo sin mirarlo directamente.
La expresión en su rostro se desvaneció por completo. Su tez se volvió pálida, como si la sangre hubiera abandonado su cuerpo. Una terrible premonición lo envolvió. Nunca lo había visto tratarlo con tanta frialdad, ni hablarle con esa distancia emocional.
Con voz temblorosa, intentando mantener la calma, Michaels se sentó frente a él y preguntó:
—¿Qué está sucediendo? Me estás preocupando… ¿todo está bien?
El doctor Roth habló con una sonrisa que no logró suavizar la tensión en el ambiente.
—Estoy bien. En realidad, necesito decirte algo. Siento mucho si no lo entiendes, pero…
Michaels sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar esas palabras.
Era como lo había temido: algo importante, algo grande estaba por suceder.
La ansiedad se intensificó y el nerviosismo lo paralizó.
Nadie hubiera creído que su rostro pudiera volverse más pálido de lo que ya se encontraba segundos antes.
Lo miró fijamente, sin decir una palabra.
Pero, como siempre, su expresión hablaba por él: una mezcla de miedo, incredulidad, y una súplica silenciosa por respuestas.
—¿Qué está pasando, James? —logró decir finalmente, con la voz apenas audible—. Me estás preocupando.
El doctor Roth se inclinó hacia adelante y, con una sonrisa fría, casi burlona, pronunció las palabras que Michaels jamás imaginó escuchar salir de su boca:
—Rompamos.
La frase cayó como un baldazo de agua fría.
Se quedó petrificado. Por un instante, pensó que había escuchado mal, que su mente le estaba jugando una mala pasada.
Pero no. La palabra dicha fue clara y precisa.
Todo a su alrededor comenzó a girar, como en una calesita descontrolada.
Se sintió mareado, desorientado. No podía ser cierto.
Michaels permaneció en silencio, incapaz de reaccionar. Su rostro, ya pálido, parecía ahora una máscara vacía. El doctor Roth, viendo que no obtenía respuesta, continuó con el discurso que evidentemente tenía preparado:
—Han. Creo que es el momento de que cada uno siga su camino.
Después de la siguiente frase, Michaels reaccionó. Con un tono evidentemente agraviado y cargado de tristeza, preguntó:
—¿De qué estás hablando?
Me está haciendo una broma, ¿verdad? , pensó, aferrándose a la esperanza de que todo aquello fuera un malentendido, una escena que pronto se desvanecería.
Pero entonces Roth lo miró con una expresión firme y le dijo sin titubear:
—Quiero terminar.
El mundo de Michaels se detuvo. Esto no puede ser. No puede ser real. Estoy soñando, ¿no es así? preguntaba mientras la habitación parecía girar a su alrededor. La incredulidad lo paralizaba. El dolor comenzaba a instalarse como una pesada piedra en su pecho.
Finalmente logró articular palabras. Su voz sonaba ahogada, quebrada, como si cada sílaba le costara un esfuerzo inmenso. Le temblaba la barbilla y sus ojos comenzaban a humedecerse. Nunca había sido bueno para ocultar sus emociones y, en ese momento, no tenía fuerzas para intentarlo.
—¿Por qué? —susurró, buscando en los ojos de Roth una explicación con su mirada—. No lo entiendo. Sabía que algo estaba pasando cuando dejaste de escribirme todos los días y cada vez nos veíamos menos. Pero pensé que era por tu trabajo. ¿Acaso…? No, no puede ser. ¿Estás saliendo con alguien más?
Esperaba desde el fondo de su corazón que su pregunta obtuviera una negativa rotunda.
Frunció el ceño; sus ojos se le llenaron de lágrimas más espesas, y su mirada cargada de expectativa y temor.
Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que iba a salirse de su pecho.
Un zumbido comenzó a invadir sus oídos. Lo único que podía escuchar con claridad era el golpe sordo y acelerado de su corazón, marcando el ritmo de su angustia.
Bum. Bum. Bum.
Tenía que controlarse, pero solo escuchaba su corazón, desbocado, como si estuviera corriendo una maratón sin fin. Sentía que su mundo se derrumbaba. En un abrir y cerrar de ojos, todo lo que había planeado, todo lo que había deseado, se le escurría de entre los dedos como arena seca.
Por favor, por favor… que no sea verdad .
El doctor Roth lo miró con una expresión neutra, y pronunció las palabras que Michaels más temía escuchar:
—No puedo negarlo. Lo siento.
La tan esperada respuesta no llegó como él deseaba.
Contrario a sus expectativas, su pareja le había sido infiel.
Como si estuviera atrapado en una pesadilla, Michaels se quedó sin palabras.
Su cuerpo se entumeció; la adrenalina estalló y comenzó a recorrerle las venas como fuego líquido.
El zumbido en sus oídos se intensificó, miles de preguntas se agolparon en su garganta, pero no lograban salir.
Se sentía asfixiado. Abrió la boca y la cerró, incapaz de emitir sonido alguno.
Una gran presión insoportable se instaló en su pecho.
Los ojos le escocían, las lágrimas comenzaron a nublarle la vista y las manos le temblaban sin control.
En un solo instante, todos sus sueños se hicieron añicos.
No solo lo había traicionado, sino que lo estaba dejando con una frialdad que lo desgarraba.
En ese momento, el doctor Roth, continuó hablando con un tono aún más duro, como si los diez años que habían compartido no significaran absolutamente nada.
—Bueno, Han. Solo quería decírtelo en persona y no por medio de un mensaje. Creo que era lo más conveniente —dijo con una calma que contrastaba brutalmente con el caos interior de Michaels.
No sabía qué hacer. La situación lo había tomado completamente por sorpresa.
Su cuerpo y mente estaban atrapados en una maraña de emociones que lo golpeaban como olas en plena tormenta.
Permaneció en silencio, intentando controlar el temblor de su barbilla y contener las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.
Estaba enojado, herido, había sido traicionado.
¿Tan poco significó lo nuestro para ti? , pensó con una mezcla de dolor e incredulidad.
Entonces, sin poder evitarlo, formuló una pregunta que más tarde lamentaría haber hecho:
—¿Estás enamorado de él?
No alcanzó a terminar la pregunta cuando su voz se quebró por completo.
Las lágrimas que hasta entonces se habían mantenido en sus ojos, comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
A pesar del dolor, intentó mantener la mirada fija en los ojos del doctor Roth, buscando alguna señal de arrepentimiento.
—Sí. Vamos a vivir juntos —respondió con firmeza.
Otro baldazo de agua fría. Como si no bastara con la traición, ahora le anunciaba que se mudaría con alguien más, alguien nuevo, alguien que apenas conocía. Parecía una cruel broma del destino. Roth, que durante años se había negado a convivir con él, ahora lo haría con otra persona.
En ese momento, Michaels se quedó completamente estupefacto. Pensó que estaba escuchando mal.
¿Cómo puede ser que se mude con alguien que acaba de conocer?
Ellos se conocían desde la secundaria; habían sido pareja durante más de diez años. Sin embargo, Roth jamás quiso vivir con él . La contradicción lo golpeó como una bofetada.
Se sintió traicionado de muchas maneras.
Su corazón estaba hecho pedazos. No podía creer lo que escuchaba.
Conteniendo la ira y la decepción, comprendió —con dolor— que quizás siempre había sido una diversión para James.
Esa revelación lo atravesó como una daga.
Y lo peor: se dio cuenta demasiado tarde.
No quedaba nada. Lo único que aún le quedaba era su orgullo. En ese instante, entendió que no había nada que pudiera hacer. El amor que había sostenido durante años se había desvanecido frente a él, sin posibilidad de reconstrucción.
Por lo tanto, Michaels decidió no rogarle al doctor Roth. Si él estaba decidido a poner fin a su relación para vivir con otra persona, no había nada que pudiera hacer. Sin embargo, quería una explicación. Después de tantos años juntos, sentía que al menos eso se lo debía.
El doctor Roth se puso de pie, con la misma frialdad con la que había mantenido toda la conversación.