1 EL HOMICIDIO #3
Mientras Smith conducía, Michaels no pudo evitar observar su perfil. Una vez más tuvo que admitir que era un joven muy atractivo. Sus ojos se detenían en él sin permiso, algo en su presencia lo arrastraba.
La luz del sol que se filtraba por la cabina bañaba el interior con un resplandor cálido, haciendo que el cabello rubio platino de Smith brillara.
Sus ojos, de un azul profundo e hipnótico, parecían intensificarse bajo aquella luz, aparentaban contener el reflejo de un mar cristalino.
Michaels no pudo evitar fijarse en su mandíbula fuerte, rasgo que siempre le había parecido atractivo en los hombres.
Al observar su manejo, notó algo más: Smith era más musculoso de lo que había imaginado. Al haberse quitado el saco del traje y remangado la camisa, sus bíceps se marcaban con claridad, tensos con cada movimiento del volante.
Sí. Es muy atractivo… pero demasiado joven .
Cuando se dio cuenta de que lo había estado observando por más tiempo del que consideraba prudente, desvió la mirada con rapidez. Avergonzado por su actitud, se regañó a sí mismo en silencio.
¿Será porque he estado solo demasiado tiempo? Maldita sea... Dejémonos de tonterías. Terminemos con esto y volvamos a casa .
Al llegar a la estación de policía, ambos se dirigieron directamente a la oficina de Smith.
No era común que un detective tuviera un despacho propio, pero Smith no era un detective común.
Su reputación y habilidades le habían otorgado ciertos privilegios.
Su escritorio estaba ordenado, aunque lleno de archivos.
Tras ofrecerle algo de beber, retomó las preguntas que tenía preparadas. Esta vez, su tono era más suave y su rostro mostraba una expresión relajada, intentando transmitir calma y confianza. Michaels lo notó: el joven sabía leer a las personas.
—Detective Michaels, ¿usted suele tomar ese sendero, siempre los mismos días?
—No, en realidad no —respondió Michaels con tono tranquilo—. Pero, como le mencioné antes, suelo entrenar por ahí dos veces por semana.
Smith frunció el ceño. Su expresión se tensó por un instante y luego se llevó la mano a la barbilla, pensativo. Parecía estar sopesando algo, como si una pieza del rompecabezas acabara de moverse. Sin decir palabra, escribió algo en su libreta, levantó la mirada y continuó:
—… ¿Tiene idea de quién puede ser? Me refiero a la identidad del cadáver.
Michaels lo observó con atención. Su mirada se mantuvo fija en los ojos del joven detective, buscando algo más allá de las palabras. Luego respondió con voz firme:
—Detective Smith, si me permite… ¿por qué está tan convencido de que este homicidio tiene algo que ver conmigo?
Smith no titubeó. Su respuesta fue directa y casi cortante.
—Porque usted encontró el cuerpo. Y no fue casualidad. Alguien quería que usted lo encontrara.
Michaels se quedó en silencio por un momento.
Las palabras de Smith lo desconcertaban.
No lograba entender qué estaba insinuando exactamente ni cómo podía estar tan seguro de sus deducciones.
Después de todo, el cuerpo había aparecido en la jurisdicción de Smith.
Entonces… ¿por qué esa insistencia en vincularlo a él?
La frustración comenzó a abrirse paso en sus pensamientos. Se sentía desconcertado, ante una lógica que no compartía y, finalmente, incapaz de contenerse, respondió con firmeza:
—No lo creo. Esta es su jurisdicción, no la mía. Yo solo lo encontré. Y, como lo hice yo, pudo haberlo hecho cualquier otra persona. Cualquiera que practique algún deporte en esa zona. Sierra Azul es famosa por sus senderos, ¿no lo cree?
La última pregunta salió con un tono más elevado de lo habitual. Michaels no gritó, pero su voz llevaba una carga de molestia evidente. Su expresión se endureció y, al alzar una ceja, dejó al descubierto su incomodidad.
Smith se sorprendió por el cambio en su tono. Desde que Michaels se había presentado, le había parecido un hombre íntegro, de rostro gentil y voz amable. Todo parecía encajar con lo que había escuchado sobre él.
El detective Han Michaels era uno de los mejores investigadores de homicidios más destacados de la estación de Stanislaus.
A lo largo de su carrera había quitado de las calles a individuos peligrosos y resuelto casos que parecían imposibles.
A sus cuarenta y cuatro años se había ganado el respeto de sus colegas y superiores.
Su reputación lo precedía: amable, meticuloso y profesional .
Es un hombre que te cae bien en cuanto lo conoces , le había dicho su capitán al asignarle el caso.
Consciente del prestigio de Michaels y queriendo evitar cualquier malentendido, Smith decidió aclarar su postura antes de continuar.
—Sabe, detective Michaels… no soy alguien que crea en las coincidencias.
Sin embargo, lejos de suavizar la conversación, la frase encendió una chispa. Michaels frunció el ceño. Su rostro antes incómodo se endureció aún más. La tensión se hizo palpable en el aire. Respondió con tono seco, casi cortante:
—¿A qué se refiere con coincidencias ?
La pregunta no era solo una solicitud de explicación: era una advertencia de que, por muy joven o brillante que fuera Smith, debía medir sus palabras con cuidado.
Michaels levantó la vista con el ceño fruncido, clavando los ojos en los del joven detective.
Su mirada reflejaba una mezcla de preocupación y enfado.
Smith lo notó de inmediato. En ese instante comprendió que debía ser más claro.
Quería acercarse a Michaels como colega, no como un fiscal encubierto.
Sabía que la primera impresión que había dejado —fría, inquisitiva— fue la causante de que lo estuviera viendo como un acusador más que como un aliado.
—No es una casualidad que un detective encuentre un cuerpo mutilado en un lugar recóndito —dijo Smith, con voz firme pero serena—.
Esto es un mensaje. Piénselo: ¿por qué mutilar el cadáver antes de descartarlo?
Podría tratarse de una advertencia mafiosa, pero ese tipo de mensajes suelen aparecer en lugares concurridos, donde causan impacto.
Aquí, en cambio, el propósito parece otro.
Evidentemente quisieron que lo encontráramos, además de retrasar la identificación. La pregunta es: ¿por qué?
Smith hizo una breve pausa, dejando que sus palabras se asentaran.
—Desde mi punto de vista, hay dos posibilidades: o el mensaje está dirigido a usted —lo que implicaría que está en peligro— o es un mensaje para mi estación. Para nosotros.
Michaels volvió a fruncir el ceño. Estaba atónito. Lo miró fijamente, intentando leer entre líneas. Poco a poco, su expresión se fue suavizando. La tensión en sus hombros cedió y el gesto endurecido que había mantenido hasta entonces comenzó a desvanecerse.
Smith percibió el cambio y aprovechó el momento para continuar, con un tono más amable, aunque cargado de determinación:
—Lo más sencillo es que sea un mensaje para usted. Si ahora no se le ocurre nada, le dejo mi tarjeta. Por favor, llámeme si recuerda algo. Si surge alguna pista…o si nota movimientos extraños a su alrededor.
Extendió la tarjeta con calma, sin presionar, pero con la firmeza de quien sabe que algo importante está en juego.
—¡¿Qué?!
La exclamación de Michaels resonó en la oficina, cargada de asombro y una pizca de incredulidad. Smith lo miró sin pestañear. Golpeó el escritorio con el dedo índice, como si lo que acababa de decir fuera evidente.
—Detective Michaels, usted es muy conocido. Todos saben los casos que ha resuelto, las personas peligrosas que ha quitado de las calles. No creo que deba tomar esto a la ligera.
Smith enfatizó la última frase con firmeza, demostrando su verdadera preocupación.
No era una advertencia vacía, sino una señal clara de que lo que estaba en juego era serio.
Michaels se quedó en silencio, sorprendido por el cambio.
Hasta ese momento había sentido que Smith lo observaba con sospecha, como si lo estuviera evaluando desde una distancia fría.
Pero ahora esa percepción se desmoronaba: él no lo estaba acusando. Estaba intentando protegerlo.
La vergüenza lo golpeó de inmediato. Había prejuzgado a su colega por su juventud, por su estilo directo, por su forma de mirar. Se prometió a sí mismo no volver a hacerlo.
Inclinó levemente la cabeza, intentando ocultar su expresión.
Se llevó la mano derecha a la sien: le dolía.
El día había sido demasiado largo. Quería irse a casa, ducharse y descansar.
Todo estaba de cabeza: desde el fiscal Roberts fastidiando uno de sus casos, la separación reciente y ahora este homicidio que, tal vez, podría estar relacionado con sus investigaciones pasadas.
Su mente comenzó a divagar, haciendo una lista silenciosa de todo lo que lo aquejaba. Sin darse cuenta, suspiró. El suspiro fue profundo, cargado de cansancio y de algo más difícil de describir.
Smith lo observó en silencio, respetando ese momento. Sabía que, a veces, el silencio decía más que cualquier palabra.
Al notar los gestos del detective Michaels —la forma en que se frotaba la sien, la postura de sus hombros, la mirada perdida—, Smith comprendió que estaba exhausto.
Decidió dar por terminada la declaración y suspender las preguntas por el momento.
Sin embargo, antes de despedirse, le dio una sincera advertencia:
—Cuídese detective.
Por primera vez desde que se conocieron, Smith sonrió con calidez. No fue una sonrisa profesional ni cortés, sino una expresión genuina, brillante e inesperada. Michaels, anonadado por ese gesto, le devolvió una leve sonrisa, casi automática. Se estrecharon las manos con firmeza.
Michaels salió de la estación de policía de San José arrastrando los pies, cada paso parecía pesar más que el anterior.
Mientras se alejaba, llamó un Uber, recogió su bicicleta —que había dejado en la entrada— y se dirigió a su departamento.
Necesitaba descansar. El día había sido largo, agitado y emocionalmente agotador.