1 EL HOMICIDIO #2
—Por supuesto, síganme. Está por aquí —respondió Michaels iniciando el ascenso por el sendero.
Después de impartir las últimas instrucciones al equipo de investigación y a los forenses, el detective Smith se dirigió a Michaels para comenzar las preguntas preliminares. Sin intercambiar palabras innecesarias, ambos iniciaron el ascenso hacia al lugar exacto donde yacía la víctima.
El camino era difícil: la pendiente era empinada, el trayecto irregular, y las piedras sueltas —de diversos tamaños— obligaban a calcular cada paso con precisión. El ascenso exigía una vigilancia constante, parecía que el camino estaba poniendo a prueba su determinación.
Mientras avanzaban con cautela, el detective Smith rompió el silencio.
Su rostro permanecía imperturbable, casi esculpido en piedra, y su presencia emanaba un aura de absoluto profesionalismo.
Para Michaels resultaba evidente que estaba ante alguien de personalidad fría, reservada, con una distancia emocional que parecía parte de su uniforme.
—Detective, ¿acostumbra a hacer ejercicio por este sendero?
La pregunta fue lanzada con tono seco y firme, sin el más mínimo atisbo de camaradería. Michaels no lo tomó como una conversación entre colegas, sintió que era una evaluación silenciosa, una forma de medirlo.
—No siempre. Alterno entre los senderos, pero entreno aquí una o dos veces a la semana —respondió con honestidad y en tono suave.
Ante su respuesta, el detective Smith frunció levemente el ceño y anotó algo en su libreta sin decir nada. Se detuvo, lo miró fijamente, y luego continuó con la siguiente pregunta.
—¿Tiene alguna idea de quién podría ser?
La pregunta, directa y cargada de intención, lo tomó por sorpresa. Michaels sintió como la incomodidad le cerraba la garganta. El gesto de Smith, su postura firme y la intensidad de su mirada, lo hicieron vacilar.
¿Duda de mí? , pensó mientras el silencio se apoderaba de él. Se quedó inmóvil, incapaz de responder. La tensión entre ambos se volvió palpable.
Smith, al notar la expresión de perplejidad en Michaels, relajó ligeramente el rostro y bajó la libreta. Cambió su tono, volviéndose más conciliador.
—No me malinterprete, pero creo que esto podría estar relacionado con usted —dijo Smith con tono neutro, aunque su mirada seguía siendo penetrante—.
Este es un camino de difícil acceso y, si el objetivo hubiera sido simplemente deshacerse del cadáver, no era necesario mutilarlo.
Cortar la cabeza y las extremidades sugiere otra intención.
¿No piensa parecido? Ahora dígame: ¿los días que pasa por aquí son siempre los mismos?
Michaels se quedó paralizado. La deducción lo golpeó como una ola. ¿Relacionado conmigo? ¿La víctima es alguien que conozco? No puede ser… debe estar equivocado .
La idea lo perturbó profundamente. Intentó buscar una respuesta lógica, pero su mente se llenó de ruido. Entonces, como si su subconsciente buscara consuelo, recordó las credenciales del detective Smith.
Era famoso en los círculos policiales por su intuición aguda y su capacidad de ver lo que otros pasaban por alto.
A pesar de tener sólo veintiocho años, Smith se había ganado el respeto de los colegas con décadas de experiencia.
Aunque técnicamente era un recién graduado de la academia, nadie se atrevía a subestimarlo.
Había resuelto muchos casos que llevaban años estancados, sin pistas ni avances. Casos fríos que parecían condenados al olvido. Y, sin embargo, cuando Smith, tomaba uno de ellos, no pasaban más de seis meses antes de que lo resolviera. Su reputación no era exagerada.
Michaels tragó saliva, sintiendo como la presión se acumulaba en su pecho. Si Smith creía que había una conexión personal en el caso, entonces debía haber algo que él aún no lograba ver.
Se repetía mentalmente, como un eco que no podía silenciar: ¿Veintiocho años? ¿Cómo puede ser?
La incredulidad lo invadía. Aunque conocía bien los rumores que circulaban por las estaciones de policía, aun le costaba asimilarlo.
Smith era un joven de mirada glacial, y mente brillante.
El detective que había llegado para eclipsar a todos los dinosaurios del sistema.
Los capitanes competían por sumarlo a sus equipos, ansiosos por elevar sus estadísticas de casos resueltos .
¿Cómo puede ser que en tan poco tiempo llegó a ser tan conocido? , pensó Michaels con una mezcla de escepticismo y admiración.
Michaels tenía cuarenta y cuatro años y dos décadas de servicio.
Había resuelto decenas de casos, algunos complejos, otros mediáticos, pero su nombre apenas resonaba fuera de las estaciones más cercanas.
Smith, en cambio, era un fenómeno. Un caso excepcional.
Y aunque Michaels no lo admitiera del todo, sentía una creciente curiosidad por conocerlo mejor… si es que eso era posible.
El silencio se prolongó más de lo esperado. Smith, al notar que Michaels seguía sin responder, lo llamó con voz firme, pero sin agresividad:
—Detective…
—Detective Michaels…
La segunda vez, su tono fue más enfático, aunque aún contenido. Michaels parpadeó como si despertara de un trance y volvió a enfocarse en el presente. Parece estar en shock , pensó Smith, observándolo con atención.
Michaels, sumido en sus pensamientos durante mucho tiempo, finalmente reaccionó.
Giró la cabeza hacia el origen de la voz que lo llamaba, con expresión de sorpresa.
Smith comenzaba a perder la paciencia: su colega parecía profundamente afectado por el hallazgo del cadáver, y especialmente por el estado en que se encontraba.
Sin mostrar la menor condescendencia, lo instó a responder la pregunta que le había formulado momentos antes, con la mirada cortante y el rostro endurecido.
—Detective Michaels, por favor, responda la pregunta… ¿O prefiere ir a la estación para estar más… concentrado?
Michaels sabía que el detective Smith estaba siendo sarcástico. Pero más allá del tono, había algo en su mirada: sospecha, molestia, una especie de juicio silencioso que lo incomodaba profundamente.
Decidió que lo mejor sería acompañarlo a la estación para hacer la declaración formal. Se llevó la mano derecha a la cabeza, presionando con fuerza sobre sus sienes, como si intentara ordenar el caos que se había instalado en su mente.
En ese momento, llegaron al cadáver.
Smith se acercó sin titubear. Se agachó junto al cuerpo y comenzó a examinarlo con meticulosidad, tomando notas mientras observaba cada corte, cada detalle de las extremidades ausentes. Su concentración era absoluta.
Michaels se quedó unos pasos detrás, observándolo en silencio. El joven detective se movía como un experto: cada gesto, cada palabra, revelaba un profesionalismo incuestionable. No había duda Smith sabía exactamente lo que hacía.
Entonces el joven detective se incorporó y se acercó a Michaels, con la libreta aún en la mano.
Al verlo aproximarse, Michaels respondió con una expresión de agotamiento en el rostro, finalmente dando respuesta a la pregunta que había quedado pendiente.
—Creo que lo mejor será ir a la estación —dijo con voz baja, casi resignada.
El joven detective, notó el cansancio en su colega.
Se dio cuenta que el tono con el que lo había presionado momentos antes había sido innecesariamente severo.
Arrepentido, suavizó su expresión. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro mientras extendía una mano y la apoyaba con suavidad sobre el hombro de Michaels.
—Bien. Entonces vayamos a mi auto. En la estación le tomaré la declaración mientras se toma una taza de café, detective Michaels. ¿Le parece bien?
Sorprendido por el cambio en el tono, la actitud y las palabras, Michaels levantó la mirada. En lugar del rostro frío que esperaba, se encontró con una leve sonrisa que dibujaba unos perfectos hoyuelos en el rostro de Smith.
—Eh… Perdón, pero… ¿mi bicicleta? Está justo ahí —dijo, señalando sendero abajo. Smith frunció el ceño al verla, como si lo hubiera olvidado por un momento; luego asintió con un gesto breve.
—Vaya por ella. La pondremos en el baúl.
Michaels caminó hacia su bicicleta, la levantó con cuidado y la acomodó en el baúl.
Después se dirigió al asiento del acompañante y se sentó, con el cuerpo algo rígido y la mente aún agitada.
Smith se demoró unos minutos más, dando instrucciones precisas al equipo forense, antes de subir al vehículo.
Luego de acomodarse en el asiento del conductor, lo observó de reojo. Michaels tenía la mirada perdida, fija en la escena del crimen, como si intentara absorber cada detalle.
—¿Quiere agua? —preguntó Smith, con tono neutral.
—Estoy bien —respondió Michaels sin apartar la vista, casi en un susurro.
Smith lo observó en silencio, evaluando su estado. Después, con un gesto inesperadamente cálido, apoyó suavemente su mano sobre el hombro de Michaels.
—Si no se siente bien, puede decírmelo —dijo en tono sereno.
El gesto, simple pero humano, sorprendió a Michaels.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, apenas perceptible, mientras volvía a dirigir la mirada hacia la escena del crimen.
Sus colegas seguían trabajando con precisión, rodeando el cuerpo en lo que, sin duda, era la escena más perturbadora que había presenciado en toda su carrera.
Smith retiró la mano con naturalidad y encendió el motor. Luego inició el trayecto hacia la estación de San José.
Durante el recorrido, un silencio sepulcral se instaló en la cabina.
El ambiente era denso, cargado de pensamientos no dichos.
Smith rompía la quietud de vez en cuando para dar instrucciones por teléfono, respondiendo a las llamadas del equipo que había quedado procesando la escena y rastreando el terreno en busca de pistas o pruebas que ayudaran a esclarecer el crimen o a identificar el cuerpo sin tener que esperar los resultados de ADN, siempre y cuando tuvieran la suerte de que estuviera registrado en alguna base de datos.