En la oscuridad: Medusa
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1 EL HOMICIDIO
Era una tarde de primavera como cualquier otra en el estado de California.
El cielo estaba despejado y la temperatura era tan agradable que invitaba a dejar atrás las preocupaciones.
El detective de homicidios Han Michaels, tras una jornada intensa y cargada de tensiones, decidió salir a ejercitarse y despejar su cabeza practicando su deporte favorito: el mountain bike .
Nada lo conectaba más consigo mismo que recorrer caminos rurales, atravesar bosques y desafiar senderos de difícil acceso.
La exigencia física y la concentración que requería cada tramo lo mantenían enfocado y con la mente despejada.
Lejos de terminar agotado, Han sentía que el entrenamiento lo revitalizaba.
El esfuerzo le permitía silenciar el ruido mental, olvidar los casos sin resolver que aún lo perseguían y, sobre todo, dejar de pensar —aunque fuera por un momento— en el fiscal Roberts, cuya fijación convertía lo sencillo en problemas.
Pero lo que más lo agobiaba no era el trabajo, sino el vacío que había dejado su expareja: más de diez años compartidos y, de pronto, una ruptura sin explicación. Una herida abierta que aún no lograba procesar.
No podía comprender cómo todo había cambiado tan abruptamente.
Aunque nunca habían convivido, él había imaginado un futuro juntos, incluso la posibilidad de convertirse en un matrimonio.
Desde entonces se aferró al ciclismo como refugio.
Sabía que solo el tiempo podía sanar sus heridas, así que decidió entregarse por completo a su trabajo y al ciclismo.
Aquella tarde Han estaba disfrutando de su entrenamiento en el estado vecino de Santa Clara, montando su Specialized rodado 29, ideal para realizar ese deporte .
El clima era perfecto: la temperatura agradable, una brisa moderada que acariciaba su rostro y refrescaba su cuerpo, mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el paisaje con los tonos del atardecer.
El reloj marcaba las seis y media de la tarde, cuando se encontró en uno de los tramos más desafiantes de Sierra Azul, famoso por su belleza natural y su exigencia técnica.
Mientras ascendía la colina con una cadencia firme, disfrutando del aire puro y del hermoso paisaje que se desplegaba a su alrededor, algo al borde del sendero llamó su atención.
Era un bulto, demasiado grande para ser un animal muerto —o al menos eso pensó de inmediato—; parecía estar cubierto por una bolsa de residuos y variedad de hojas secas.
Su instinto se activó al instante. Había algo en esa forma que no encajaba con el entorno. Sin detenerse a racionalizarlo, giró el manubrio, frenó en seco y dejó la bicicleta con cuidado a un lado del camino.
Se acercó con cautela, con cada paso medido, su cuerpo parecía saber antes que su mente que estaba a punto de enfrentarse a algo perturbador.
Al llegar lo suficientemente cerca, dudó por unos momentos; luego buscó con la mirada una rama en el suelo. No encontró ninguna, por lo que decidió cortar una de un arbusto cercano. Con ella en la mano derecha, se aproximó al misterioso bulto y se detuvo a observar por unos momentos.
Luego avanzó dos pasos más, se arrodilló sobre una pierna y, con el brazo extendido, levantó con delicadeza el extremo de la bolsa negra, inclinando apenas la cabeza para ver mejor.
En ese preciso instante, un hedor insoportable invadió sus fosas nasales.
Era un olor denso, pútrido, que parecía adherirse a la piel.
Como acto reflejo, se cubrió la nariz y la boca con la mano libre; luego entrecerró los ojos y contuvo el aliento.
A pesar de las náuseas, volvió a acercarse, forzando la vista entre las sombras de la bolsa, decidido a descubrir que se encontraba debajo de ella.
Lo que vio lo hizo retroceder de golpe, cayendo de espaldas sobre el sendero al tropezar con las piedras del camino.
Apenas registró el impacto contra el suelo, las náuseas lo invadieron con violencia.
Permaneció allí, paralizado, con las manos apoyadas a los lados y los ojos muy abiertos, parpadeando sin cesar, intentando borrar la imagen que acaba de penetrar su retina con cada pestañeo.
—¡No puede ser…!¡Dios mío! —exclamó con la voz quebrada por el asombro.
La escena frente a él superó cualquier cosa que hubiera presenciado antes.
Era grotesca, imposible y, sin embargo, real.
Las náuseas regresaron con renovada intensidad.
Se cubrió la boca con una mano, apoyando la otra, temblorosa, en el suelo, y comenzó a respirar con lentitud, obligándose a seguir un ritmo: inhalar… exhalar lentamente, una y otra vez.
Tras cuatro o cinco respiraciones controladas, su mente logró calmarse. Volvió a mirar el bulto. No se había equivocado: lo que había visto seguía allí, tan terrible como antes.
Sin perder más tiempo, sacó el teléfono del bolsillo trasero del Jersey y se contactó con el 911. Proporcionó los detalles sobre el lugar y condiciones en las que había encontrado el cuerpo.
Desde allí derivaron el caso a la estación de policía correspondiente, según la jurisdicción, que debía encargarse de la investigación.
—Habla el Detective Han Michaels, de CSUPD Stanislaus. Me encuentro en el sendero de Sierra Azul, aproximadamente a 17 km del inicio del ascenso. Hay un cadáver mutilado. Estaré esperando su llegada.
Tras realizar la llamada, se acercó nuevamente al cuerpo para examinarlo con mayor detenimiento y asegurarse de preservar la escena hasta que llegaran los detectives de CSUPD San José.
La víctima, se encontraba decapitada y sin manos ni pies. Por la complexión física podía deducirse, a simple vista, que se trataba de un hombre de entre 35 y 50 años.
Luego de esa observación, una ráfaga de preguntas lo invadió de inmediato:
¿Quién haría algo así? ¿Es obra de la mafia? ¿Es un mensaje… pero dirigido a quién?
La mutilación complicaría la identificación.
Sin cabeza ni extremidades, el proceso sería lento.
Además, el cuerpo había sido dejado en un lugar de difícil acceso.
Era improbable que alguien lo encontrara por casualidad, a menos que llegara caminando, en bicicleta, o en moto.
No era un sendero de paso, sino más bien una ruta de entrenamiento.
—Sí. Para descartar el cuerpo debieron llegar en moto —murmuró Michaels pensativo—. No pudieron hacerlo de otra forma. Un cuatriciclo hubiera sido demasiado pesado y muy difícil de maniobrar por este terreno.
Mientras hablaba consigo mismo, intentando reconstruir mentalmente lo ocurrido y entender por qué alguien elegiría un lugar tan inaccesible para descartar un cadáver, el sonido lejano de una sirena lo sacó de sus pensamientos.
Miró su reloj: habían pasado más de cuarenta minutos desde que realizó la llamada.
Considerando que se trataba de una zona tan remota, debía admitir que habían llegado con sorprendente rapidez.
Aun así, los vehículos —las patrullas y la ambulancia— no pudieron avanzar más allá de cierto punto.
El sendero era demasiado estrecho y empinado.
Habían tenido que estacionarlos a más de dos mil metros de distancia, donde el terreno lo permitía.
Desde su posición, Michaels los vio aparecer. Sin perder tiempo, montó su bicicleta y rodó sendero abajo para interceptarlos. El descenso fue rápido, casi vertiginoso, pero controlado. Se detuvo frente a los vehículos, dejó su bicicleta con cuidado a un lado y se presentó.
—Buenas tardes. Soy el detective Han Michaels de CSUPD Stanislaus. Yo realicé la llamada. La víctima se encuentra unos dos mil metros sendero arriba —informó con tono firme mientras se presentaba ante los forenses y detectives de la estación de San José.
En ese momento, la puerta del conductor del último vehículo se abrió y descendió un hombre joven. Su presencia era imponente, la postura de su cuerpo irradiaba autoridad y su mirada fría y penetrante, parecía estar analizándolo en cuanto sus miradas se cruzaron.
—Buenas tardes —dijo caminando hacia Michaels—. Soy el detective Thomas Smith, asignado a esta investigación —anunció con voz serena pero autoritaria—, y luego sonrió sutilmente mientras extendía la mano.
Michaels se quedó en silencio por un instante, sorprendido por la apariencia del hombre frente a él. No era común encontrarse con alguien así en el ámbito policial.
Medía casi dos metros, de complexión atlética y postura impecable.
Su cabello rubio, casi platino, contrastaba con su piel clara y parecía brillar bajo la luz del sol.
Tenía una nariz recta cuya punta se elevaba sutilmente, casi como esculpida.
Sus labios, de un tono rosado intenso, mostraban un labio inferior más voluptuoso que el superior y, al sonreír, se formaban discretos hoyuelos en sus mejillas redondeadas.
Pero lo más llamativo eran sus ojos: almendrados, de un azul profundo, con una leve inclinación en los bordes que les daba un aire enigmático. Las cejas, del mismo tono que su cabello, enmarcaban su mirada con precisión casi artística.
Vestía un traje oscuro que, aunque formal, no lograba ocultar la musculatura de su cuerpo.
Michaels no pudo evitar pensar: Más que un detective, parece un modelo de alta costura» Mientras Michaels permanecía absorto en sus pensamientos, aún impresionado por la belleza del joven detective, una voz firme lo devolvió abruptamente a la realidad.
—Perdón, ¿le pasa algo? —preguntó Smith, con una mirada fría y directa.
—Aaah…No, no es nada —respondió Michaels, recomponiéndose rápidamente—. Detective Smith, soy el detective Han Michaels de la CSUPD Stanislaus. Estaba entrenando cuando me encontré con un cadáver, a unos dos mil metros sendero arriba.
—Bien, comencemos —dijo Smith sin perder tiempo, dirigiéndose a su equipo.
Luego giró hacia Michaels con la misma expresión imperturbable.
—Detective, ¿podría guiarnos hasta el lugar en dónde se encuentra el cuerpo? Mientras caminamos, le haré algunas preguntas, y tomaré notas, si no le molesta.