1 EL HOMICIDIO #4
Smith lo observó desde la ventana, siguiendo su figura mientras se alejaba.
—¿Podría haberme ofrecido a llevarlo? No… lo más probable es que no hubiera aceptado —murmuró, y se dejó caer en su silla, acariciando su barbilla en un gesto reflexivo.
—Tal vez no debí ser tan brusco. Es una lástima…
La oficina se quedó en silencio. Smith pensó que, para tener más de cuarenta años, Michaels era sorprendentemente atractivo.
No solo por su físico, había algo en él que lo hacía imposible de ignorar.
Además, no sabía ocultar sus emociones en absoluto; era un libro abierto.
La descripción que le habían dado antes de conocerlo no le hacía justicia.
Es alto quizás mida un metro noventa… , pensó repasando cada detalle.
Tenía un cuerpo esbelto y tonificado, cabello negro, cejas pobladas, pero bien definidas. Sus ojos de un color miel cálido, contrastaban con la firmeza de su mandíbula. Su rostro simétrico y ligeramente ovalado, lo hacía parecer más joven.
Pero lo que más lo había impactado era su mirada.
Sí… su mirada. Gentil y amable. Tiene algo que te hace bajar la guardia. Definitivamente es muy atractivo .
Smith se quedó en silencio, reconociendo lo que hasta ahora había evitado pensar: se sentía atraído por un colega y alguien mayor que él. No era solo admiración profesional. Era algo más íntimo. Soltó una risa breve, casi irónica.
— Ja, ja, ja… En esta situación, debo estar loco —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Mejor me voy a tomar unos tragos… y ver con quién pasar la noche.
Se levantó de la silla de un salto y tomó su abrigo mientras salía de su oficina, como si intentara convencerse a sí mismo de que aún tenía el control.
Se dirigió a uno de los bares que solía frecuentar cuando buscaba diversión sin compromisos.
Un lugar donde las luces eran tenues, la música lo suficientemente alta como para silenciar los pensamientos y las conversaciones no exigían profundidad.
El detective Smith era un hombre libre. Nunca había estado en una relación seria, ni siquiera había tenido una cita formal.
Su vida giraba en torno al trabajo. Jamás había permitido que alguien se acercara lo suficiente como para tocar su corazón.
No por falta de oportunidades, sino por elección.
El compromiso le parecía una vulnerabilidad innecesaria.
Todas sus relaciones habían sido fugaces, encuentros de una sola noche que se desvanecían con el amanecer.
Todas excepto una: Alex.
***
Una vez que el detective Michaels llegó a su departamento —ubicado en el quinto piso de un edificio antiguo, pero bien cuidado, al que solo se accedía por escaleras— sintió como el agotamiento se instalaba en cada músculo.
El ascenso había sido breve, pero suficiente para recordarle que el día había sido largo, intenso y emocionalmente agotador.
Su departamento no estaba nada mal: tenía dos habitaciones, una en suite, un living-comedor amplio y una cocina de gran espacio. Los muebles eran nuevos y cómodos, especialmente el sofá en L del living, estratégicamente ubicado frente a un televisor de gran tamaño.
Después de ingresar, dejó su bicicleta en la entrada, se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua.
Luego caminó hacia el living, aun con el vaso en la mano, y se dejó caer en el sillón.
Apoyó la espalda en el respaldo y dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con un suspiro largo y profundo.
Estaba agotado.
Los acontecimientos del día lo habían dejado en alerta. Pero lo que más lo inquietaba era la advertencia de Smith: No creo que deba tomar esto a la ligera .
Recordando esas palabras, se llevó la mano libre a la cabeza.
La preocupación se instaló como un peso invisible.
Y, como si fuera una mala broma del destino, la imagen del cadáver volvió a aparecer en su mente: nítida, cruel, acompañada por el olor nauseabundo que aún parecía aferrarse a sus fosas nasales.
La escena de la tarde era vívida, como si alguien hubiera tomado una fotografía y la hubiera incrustado en su memoria. Cada vez que parpadeaba, la imagen regresaba .
Creo que me impresionó más de lo que pensé .
Se incorporó lentamente, tomó el vaso de agua que hasta ese momento había sostenido sin beber y lo dejó sobre la mesa ratona rectangular frente al sillón. Volvió a suspirar, esta vez con más fuerza, y se frotó los ojos con ambas manos, como si quisiera arrancar esa imagen de su retina.
—Maldición.
La palabra escapó de sus labios como un suspiro cargado de frustración.
Luego se puso de pie con lentitud, decidido a seguir una rutina básica: ducharse, comer algo y descansar.
Lo necesitaba. Más allá de los acontecimientos del día, el trabajo acumulado en la estación lo esperaba como una sombra persistente.
También estaba el fiscal Roberts. Un verdadero dolor en el trasero. El caso del Bar El Cachón era sencillo: habia testigos, un arma, una persona arrestada y la historia clínica de los involucrados. Nada que lo desvelara. Nada que justificara la insistencia del fiscal en presionar a la testigo.
En cambio, el homicidio en Sierra Azul era otro asunto.
Ese caso estaba bajo la jurisdicción del CSUPD San José.
Él era un simple testigo. Lo volverían a contactar cuando se conociera la identidad de la víctima, lo cual —según su experiencia— podría demorar entre una o dos semanas, siempre y cuando hubiera registros en el sistema que coincidieran con el ADN.
Pensando en esa línea, se dirigió al baño.
Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, Michaels sentía que cada gota era un intento inútil de borrar la imagen que lo perseguía.
El vapor llenaba el baño, pero no lograba empañar la nitidez del cruel recuerdo.
Junto a él, la advertencia del detective Smith, seguía arremolinándose en su cabeza.
¿Por qué le cortaron las extremidades y la cabeza?
La pregunta no dejaba de repetirse. Tarde o temprano se conocería la identidad del cuerpo, pero lo que lo desvelaba no era el quién sino el por qué.
Entonces, ¿cuál es el propósito real? ¿Ganar tiempo? Pero… ¿tiempo para qué?
El agua golpeaba su piel, pero no podía disipar la sensación de que estaba frente a algo muy complejo.
No encajaba con el modus operandi de la mafia.
Ellos solían dejar los cuerpos a la vista, como advertencia, o los disfrazaban como accidentes para desviar la atención.
Pero esto…era distinto. Habían descartado un cuerpo mutilado en un sendero poco transitado.
No era un mensaje claro. Era algo más oscuro. Más calculado.
¿Y si el detective Smith tiene razón?
Se quedó inmóvil bajo el chorro de agua, dejando que el calor recorriera su piel. La terrible escena volvía una y otra vez a su mente.
Unos minutos después de terminar de ducharse, Michaels salió del baño con una toalla atada a la cintura.
Caminó hacia su habitación, abrió un cajón, tomó la ropa interior y un jogging liviano y una sudadera.
Se vistió sin pensar, con movimientos mecánicos, actuando por inercia, mientras su mente seguía atrapada en el caso.
Se dirigió al living y buscó su teléfono celular. No podía dejar de pensar en lo que Smith había insinuado: Tal vez conocía a la víctima.
La idea lo inquietaba más de lo que quería admitir.
Se sentó en el sillón y comenzó a revisar los chats de sus contactos, uno por uno, buscando algún nombre que le resultara familiar, alguien con quien no hubiera hablado en mucho tiempo.
La lista no era extensa. Fuera de la estación de policía, su círculo social era reducido.
La mayoría de sus conversaciones eran con colegas o superiores.
Mientras bajaba por el historial, comprobando las fechas de los últimos mensajes, se detuvo en uno en particular. Un viejo amigo, alguien en quien confiaba plenamente, pero que se había mudado al extranjero por trabajo. Justo debajo de ese chat, apareció otro que lo hizo detenerse por completo.
Era el último mensaje que le había enviado su pareja antes de romper.
Habían pasado más de tres meses desde aquel día y, sin embargo, lo recordaba con una claridad dolorosa. Como si hubiera sido ayer. Como una herida que no terminaba de cerrar.