CAPÍTULO 22
Los neumáticos de las patrullas chirriaron sobre el asfalto agrietado del polígono industrial antes de apagar los motores.
La llovizna seguía cayendo con una insistencia monótona, empañando los parabrisas.
Ojeda fue el primero en señalar con el brazo hacia un callejón sin salida: encajado entre un contenedor de escombros y la fachada desconchada de un almacén textil clausurado, se encontraba el coche robado.
Medina bajó del vehículo con el rostro tenso y el arma reglamentaria en la mano.
La presencia del coche confirmaba que Javier se había dirigido a esa zona, pero el polígono estaba a oscuras y rodeado de naves industriales vacías.
A unos cincuenta metros se erguía la silueta maciza de la embotelladora abandonada.
Era el lugar más lógico para ocultarse, pero no podían tener una certeza absoluta.
Medina hizo una señal con la mano, coordinando al equipo en silencio para avanzar a pie, cubriendo los ángulos muertos, listos para efectuar un arresto si el sospechoso se encontraba en el interior.
—¡Policía! ¡Que nadie se mueva! —anunció Ojeda al empujar la puerta peatonal, que cedió con un crujido metálico.
Los efectivos irrumpieron en la nave principal con las linternas en guardia. El haz de las luces barrió la maquinaria oxidada y las columnas de hormigón. El silencio de la planta era total, alterado únicamente por el goteo del agua sobre el techo dañado. No había disparos ni señales de emboscada.
Al avanzar hacia el centro de la nave, entre la penumbra de dos enormes tanques de acero, las linternas enfocaron una escena anómala.
Un hombre permanecía atado con firmeza a un pilar de hierro fundido.
Tenía la nariz rota y rastros de sangre en la boca, pero estaba completamente consciente.
Sus ojos reflejaron un destello de rabia fría al quedar cegado por los focos.
—Aseguren el perímetro —ordenó Medina, aproximándose con cautela, sin bajar el arma—. Ojeda, revisa las oficinas.
Los uniformados peinaron los callejones técnicos mientras Medina se detenía frente a una caja metálica situada junto al pilar. Sobre la superficie, dispuestos con una pulcritud metódica, reposaban varios objetos. Ojeda regresó a los pocos minutos, negando con la cabeza; Javier se había marchado.
Utilizando unas pinzas para no contaminar la superficie, Ojeda examinó lo que estaba sobre la caja y levantó un documento.
—Luis Fernando Galeano —leyó Ojeda, contrastando la fotografía con el hombre atado al pilar—. Inspector, mire lo que hay al lado.
Junto a la billetera se encontraba un cuchillo con manchas biológicas secas y una cuerda enrollada. Medina observó el conjunto con suspicacia profesional. Para los detectives, la presencia de este hombre herido y las supuestas armas del delito generaban una contradicción profunda.
—Inspector, hay un papel debajo de la cuerda —dijo Ojeda, levantando un trozo de lona.
Era un plano topográfico doblado del bosque de los Cedros. Al abrirlo bajo la linterna, Medina localizó una cruz marcada con bolígrafo en el cuadrante norte. Al lado, escrito con una caligrafía zurda, firme y angulosa, figuraba un nombre: Lucía Ortega .
El nombre de la esposa de Javier golpeó el silencio de la investigación.
El caso de la desaparición, cerrado meses atrás bajo la sospecha de una fuga, volvía a abrirse con una coordenada física real.
El mapa no exculpaba a Javier; al contrario, demostraba que sabía exactamente qué había en ese punto del bosque, una información que la policía ignoraba.
Pero el hallazgo cambiaba el eje de todo: ahora tenían un lugar donde buscar.
Medina le dio la vuelta al papel. En el reverso, escrito con el mismo trazo zurdo, había un mensaje directo:
“ Galeano es el hombre que buscan, él es el Monstruo de Valleverde ”.
Medina contempló el mensaje en silencio, asimilando la hipótesis del prófugo. Miró a Galeano, quien seguía atado al pilar, manteniendo un silencio hosco y desafiante, sin pronunciar una sola palabra de queja o confesión.
—Corten las cuerdas —ordenó Medina—. Deténganlo preventivamente. Nos lo llevamos a la central para interrogarlo y abrir la investigación correspondiente. Quiero que criminalística procese cada centímetro de esta caja y de ese cuchillo.
Ojeda asintió, procediendo a esposar a Galeano mientras dos uniformados lo ponían en pie para escoltarlo hacia las patrullas.
Medina se quedó solo un instante en la nave vacía, escuchando el murmullo de la lluvia exterior.
Guardó el mapa de Javier en una bolsa plástica de evidencias.
Científicamente, el caso apenas comenzaba en los laboratorios y en el punto del bosque marcado en el mapa; penalmente, Javier seguía siendo un fugitivo armado que acababa de desvanecerse en la noche, dejando tras de sí un laberinto forense que la policía ahora estaba obligada a resolver.