En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El documento de identidad estaba arrugado, con los bordes desgastados por el roce constante del bolsillo. Bajo la pálida luz que se filtraba por las grietas del techo, Javier leyó el nombre impreso junto a la fotografía borrosa: Luis Fernando Galeano.

Dejó la billetera sobre una caja metálica y continuó registrando la mochila vieja que pertenecía al hombre, con guantes de látex en las manos.

Sus dedos tropezaron primero con un cuchillo de hoja ancha y mango encordado, cuya superficie aún conservaba manchas oscuras y secas.

Justo debajo, envuelta en un trozo de lona, sacó una cuerda.

Las certezas cayeron con el peso de una lápida.

Un gemido ahogado quebró el silencio de la nave.

Galeano comenzó a moverse en el suelo. Intentó enderezar el torso, pero el cabo de la cuerda que Javier traía en su propia mochila lo mantenía firmemente anclado, con los brazos inmovilizados contra el grosor de un pilar de hierro fundido.

Parpadeó varias veces, desorientado, hasta que la luz del bidón le permitió enfocar la silueta de Javier, que permanecía de pie a dos metros de distancia, sosteniendo la pistola con la mano izquierda.

—¿Quién eres tú? —consiguió articular Galeano, escupiendo un hilo de sangre que le corría desde la nariz.

Javier no se movió. La boca del cañón apuntaba con fijeza al pecho del hombre.

—Sé lo que hiciste —dijo Javier. Su voz carecía de inflexiones, era un tono plano—. Hace un año, una mujer se bajó de un autobús en mitad de la madrugada, cerca del bosque de los Cedros. Esa mujer era mi esposa. Tú estabas allí. La seguiste.

Galeano entornó los ojos, midiendo la distancia, buscando una debilidad en la postura de su captor.

—Esa noche salí a buscarla por la carretera en cuanto vi que no llegaba a casa, pero no encontré nada.

Durante seis meses me convencí de que simplemente se había marchado, de que me había dejado.

Hasta que Mónica Silva apareció muerta por la misma zona.

Cuando leí la noticia, todo cobró sentido.

Dejé mi trabajo, me mudé a la cabaña de la montaña y empecé a recorrer cada metro de ese bosque.

Dos meses después, encontré una zona apartada donde la tierra mostraba una textura diferente.

Escarbé con mis manos. Encontré sus restos, su ropa y el gancho rosado en forma de lazo que llevaba en el pelo la noche que desapareció.

La mención del gancho hizo que una sutil sonrisa asomara en la comisura de los labios de Galeano.

—Volví a cubrirla para dejarla descansar —continuó Javier, apretando los dedos en torno a la culata—.

Y me dediqué a cazar al responsable. La noche que atacaste a Sara, yo estaba vigilando en mi coche, pero el cansancio me venció y me quedé dormido justo cuando el autobús llegó a la estación; no supe lo que habías hecho hasta el día siguiente.

Poco después te vi merodeando cerca de la orilla del bosque, supe que eras tú y te perseguí, pero te me escapaste en la oscuridad.

Y la noche que mataste a Sofía Mendoza...

yo también estaba allí. Escuché su grito desde el coche.

Corrí con todas mis fuerzas hacia ella, pero ya era tarde.

Habías huido. Sofía murió en mis brazos mientras intentaba contener la sangre de las puñaladas.

Galeano inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el pilar de hierro. La luz de las brasas agonizantes tallaba las líneas duras de su rostro, desprovisto de cualquier atisbo de miedo o remordimiento.

—Recuerdo bien a la zorra de tu esposa —soltó Galeano, clavando una mirada sádica en Javier—. Recuerdo cuando la llevé hacia el bosque. Se le veía tan bien ese vestido en su cuerpo bien formado... Todavía puedo recordar el olor de su pelo mientras la asfixiaba, con ese gancho sosteniéndolo.

La frase impactó en el pecho de Javier como un golpe físico.

Una rabia negra y abrasadora le nubló la vista.

El dedo índice de su mano izquierda presionó el gatillo, sintiendo el recorrido del metal.

El impulso de destrozarle el cráneo allí mismo casi le hace perder el control.

Al ver la expectación enferma en los ojos de Galeano, Javier bajó el arma.

Dio media vuelta abruptamente y caminó a grandes zancadas hacia un despacho contiguo en ruinas, necesitando apartarse del hombre antes de ejecutarlo.

Entró en el cuarto oscuro, donde la luz de la luna caía en vertical a través del techo colapsado. Se apoyó contra la pared de ladrillo visto, intentando controlar las bocanadas de aire que le quemaban los pulmones.

Ella estaba allí, de pie junto a una mesa de madera rota, observándolo en silencio.

Javier la miró con el pecho agitado. Manteniéndose a la distancia, sintió cómo la rigidez de su cuerpo comenzaba a ceder ante la pura desesperación.

—Ya casi termina —dijo Javier con la voz ahogada—. Todo este tiempo... valió la pena. Al fin voy a acabar con él. Pero quiero hacerlo sufrir; quiero que pague por lo que hizo.

Ella dio un paso al frente, mirándolo con una serenidad limpia.

—¿Y eso es lo que realmente quieres? ¿Eso te hará sentir mejor?

—Lo que quisiera es que te quedaras conmigo esta vez —admitió él, y las lágrimas comenzaron a desbordar sus ojos por primera vez, resbalando por sus mejillas manchadas de hollín—.

Es todo lo que deseo. Pero sé que no es posible.

Desearía que estuvieras aquí, pero debo volver todos los días a casa y no estás allí.

El vacío que dejaste en mí me está asfixiando.

Te extraño tanto, Lucía. Te extraño cada día de mi vida.

El único propósito que tiene mi existencia ahora es acabar con ese monstruo.

Al pronunciar su nombre, la figura de Lucía lo miró con una ternura infinita, extendiendo una mano hacia él sin llegar a tocarlo.

—Mi Javier, pobre de ti. No imagino el peso tan terrible que has cargado tú solo en esa montaña. Pero tu vida no puede terminar en este suelo lleno de óxido. Tú no eres como él. No permitas que el odio borre a la persona que yo amé. Acabar con él no cambiará nada.

Javier cerró los ojos, sollozando en silencio en la penumbra del cuarto. El peso acumulado de la culpa, el cansancio del rastreo y el dolor de la pérdida parecieron desprenderse de sus hombros, reemplazados por la devastadora aceptación de que el viaje había terminado.

—Déjalo aquí —pidió ella en un último susurro—. Ya has hecho suficiente. Déjame ir y sigue con tu vida.

—Ya no tengo vida, Lucía… No me queda nada.

—Siempre te amaré, Javier… pero debes continuar.

—Quisiera poder decirte cuánto te amo. Cuánto te extraño.

—Siempre estaré en tu mente y en tu corazón, pero para eso debes seguir.

Cuando Javier abrió los ojos, la habitación estaba vacía. Solo quedaba el murmullo de la llovizna exterior y el eco de su propia respiración.

Con el rostro limpio y la mirada endurecida por una resolución pacífica, Javier regresó a la nave principal. Galeano lo vio aparecer y tensó los músculos, esperando el impacto del acero, pero Javier ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos.

Caminó hacia la caja metálica. Dejó el documento de identidad de Galeano, el cuchillo y la cuerda alineados de forma visible, listos para que la policía los encontrara al entrar. Guardó su propia pistola en el bolsillo de la chaqueta impermeable y se colgó la mochila al hombro.

Sin decir una sola palabra, Javier dio la vuelta y avanzó con paso firme hacia la salida trasera de la fábrica. Cruzó el umbral metálico y se internó en la oscuridad de la noche, desapareciendo bajo la llovizna constante que borraba sus huellas en el asfalto del polígono.