CAPÍTULO 20
El interior de la antigua fábrica embotelladora era una caverna de hormigón y chatarra corroída.
Javier avanzaba en silencio, guiado por la gélida penumbra que se colaba entre las láminas rotas del techo.
El aire olía a óxido, a humedad estancada y a un abandono que parecía congelado en el tiempo.
Sus botas esquivaban con precisión los restos de cristales y los cables sueltos que alfombraban el suelo industrial.
El silencio absoluto de la planta comenzó a arrastrarlo hacia atrás.
Al pasar junto a una hilera de tanques de acero vacíos, la mente de Javier se desvió sin previo aviso hacia la luz dorada del porche de la cabaña.
Recordó el calor de la piel de Lucía, la vibración de su risa contra su cuello y la textura de la foto con esa dedicatoria en el reverso que capturó ese instante por siempre.
En su memoria, ella se inclinaba para darle un beso suave, pausado, un roce de labios que sabía a verano y a promesas tranquilas.
El eco de ese beso se desvaneció para dar paso a la madrugada en la que todo ocurrió, meses atrás, en la casa del Distrito Sur.
Recordó la cocina a oscuras antes del amanecer y a Lucía ajustándose un abrigo ligero, lista para salir hacia la casa de su madre enferma.
Llevaba el cabello recogido de lado con un pequeño gancho rosado en forma de lazo.
Javier se había acercado a ella en mitad de la penumbra, colocándole las manos en la cintura para atraerla hacia sí.
—Me encanta cómo se te ve el pelo con ese gancho —le había susurrado antes de unir sus labios en un beso de despedida que aún quemaba en su memoria. Un beso que se sintió como un ancla antes de la tormenta.
El olor a humo de leña y a grasa caliente cortó el recuerdo de golpe. Javier paró en seco, entornando los ojos.
Un débil resplandor anaranjado temblaba al fondo de la nave principal, detrás de una línea de maquinaria de embotellado en desuso.
Javier se deslizó pegado a las estructuras de metal, conteniendo la respiración.
A unos de diez metros, un fuego improvisado sobre un bidón cortado iluminaba la silueta de un hombre.
Estaba de espaldas a las sombras, removiendo el contenido de una cacerola abollada con una cuchara de metal.
Llevaba la misma chaqueta que Javier recordaba haber visto hace algunas noches.
Javier metió la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta impermeable, empuñó la pistola y la extrajo con un movimiento fluido. Avanzó dos pasos, apuntando directamente a la espalda del hombre.
Sin embargo, en la oscuridad del suelo, la suela de su bota presionó una barra de metal suelta. El chasquido del hierro contra el hormigón reverberó con una fuerza espantosa en el espacio vacío.
El hombre de la chaqueta de nailon reaccionó con la velocidad de un resorte tenso. No hubo parálisis, ni súplicas, ni sumisión. Se giró a una velocidad inverosímil y, al ver la silueta armada, se abalanzó contra Javier con un rugido ahogado.
El impacto fue brutal. El peso del hombre derribó a Javier contra el suelo de cemento. La pistola salió despedida de su mano izquierda, golpeando contra la base de una máquina y perdiéndose en la oscuridad del callejón técnico.
Se desató una pelea feroz, sucia y desesperada entre los escombros.
El hombre de la chaqueta de nailon demostró una fuerza descomunal y una violencia experta en el cuerpo a cuerpo.
Logró posicionarse encima de Javier, ganando la ventaja.
Javier intentó cubrirse el rostro, pero el agresor lanzó un golpe directo y demoledor con el puño izquierdo que le partió el pómulo, seguido de inmediato por un agarre implacable de su mano izquierda sobre el cuello de Javier, aplastándole la tráquea con una precisión letal.
Bajo la luz parpadeante del fuego, el rostro del hombre reflejaba una ferocidad salvaje, la furia de un animal defendiendo su territorio contra un invasor armado.
El aire comenzó a faltarle a Javier. Impulsado por el dolor puro y la descarga final de adrenalina de un cuerpo que ya no tenía nada que perder, Javier logró liberar un brazo y estrelló el puño contra la nariz del hombre.
El agresor se tambaleó por el impacto, perdiendo el equilibrio.
Javier aprovechó el milisegundo para girar las caderas, golpear al hombre en la boca del estómago con la rodilla y quitárselo de encima.
Ambos rodaron por el suelo cubierto de hollín y fango. Javier se incorporó primero de rodillas, localizó el brillo metálico de la pistola a medio metro y la recogió con la mano izquierda, encañonando al hombre antes de que este pudiera ponerse en pie.
El hombre de la chaqueta de nailon se quedó quieto en el suelo, jadeando, con la sangre corriéndole por la nariz, pero manteniendo los ojos fijos en el cañón con un odio frío.
Antes de que pudiera articular palabra o intentar un nuevo ataque, Javier dio un paso al frente y descargó la culata de la pistola con fuerza implacable contra la sien del hombre. El cuerpo se desplomó de lado sobre el hormigón, quedando completamente inconsciente.
El silencio regresó a la nave, alterado solo por el crujido de las brasas en el bidón. Javier permaneció de pie unos segundos, con el rostro ensangrentado y el pecho agitándose con violencia.
Se quitó la mochila de lona de la espalda con un movimiento lento y la dejó caer en el suelo junto al cuerpo inmóvil. Deslizó la cremallera principal. Metió la mano izquierda en el fondo de la bolsa y extrajo la cuerda que llevaba guardada.
Sin emitir un solo sonido, con la mirada completamente endurecida por la penumbra, Javier se agachó y se aproximó lentamente al hombre desmayado, sosteniendo la cuerda entre las manos.