En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La llovizna constante había convertido la ladera en un laberinto de barro y ramas caídas.

Los agentes de la unidad canina, que rastreaban el área desde hacía horas, descendían por la espesura en dirección a la periferia de la montaña.

Al salir a un claro que colindaba con la última propiedad rural de la zona, uno de los perros se detuvo, inquieto.

En el camino de acceso a la casa, un hombre estaba de pie, mirando hacia la carretera pavimentada con desesperación.

Los agentes se acercaron con precaución, manos en el cinturón. El hombre, al verlos, levantó las manos.

—No disparen —dijo, con la voz temblorosa—. Llevo una hora intentando llamar a emergencias, pero la señal aquí es malísima.

—Tranquilo —respondió el agente al mando, bajando el volumen de su radio—. Somos la policía. ¿Qué ha pasado?

—Un hombre... se me ha acercado. Tenía una pistola. Me ha obligado a entregarle las llaves de mi coche y ha salido disparado por la carretera.

El agente se tensó.

—¿Puede describirlo?

—No le vi bien la cara, estaba oscuro. Pero era un hombre de complexión similar a la mía, algo alto, y llevaba una mochila colgada a la espalda.

El policía sacó un teléfono resistente de su funda y buscó la fotografía oficial de Javier Robles que habían distribuido en la red interna tras el altercado en el bosque. Se la mostró al hombre.

—¿Es él?

El testigo observó la imagen con atención, asintiendo varias veces.

—Sí, es él.

El agente no perdió un segundo. Accionó el micrófono de su radio y contactó con la central.

En el salón de la cabaña, Medina recibió la transmisión de la central directamente en su receptor portátil. Los peritos forenses ya estaban cerrando los maletines con las muestras del mural cuando el detective alzó la mano para exigir silencio.

—Atención a todas las unidades —habló Medina por la radio, con tono cortante—.

El sospechoso va armado. Ha robado un vehículo a un kilómetro de la reserva forestal y se desplaza en un coche viejo.

Patrullas cuatro y seis, mantengan la posición en los accesos norte del polígono industrial.

No inicien persecuciones ni se adentren a ciegas en las naves abandonadas.

Limítense a vigilar y reporten de inmediato si ven pasar ese coche o si localizan al sospechoso.

Esperen a que lleguemos con el resto del equipo.

Al otro lado de la línea, la respuesta de los agentes apostados en el cruce del polígono fue breve y reglamentaria: acataban la orden de permanecer en el sitio y aumentarían la vigilancia sobre cualquier vehículo que se aproximara a la zona industrial.

Medina guardó la radio y miró a Ojeda.

—Nos movemos ya. Los de la unidad canina tardarán en regresar del establo hasta aquí, pero nosotros no podemos perder un segundo.

Salieron de la cabaña bajo la lluvia y subieron al todoterreno principal.

Medina arrancó, conectando las luces de emergencia, y enfiló el camino de tierra que descendía por la ladera.

Debían recorrer todo el trayecto que bajaba de la cabaña hacia la parte baja de la montaña, donde empezaba el camino pavimentado.

Sin embargo, apenas habían avanzado unos cientos de metros, los frenos del vehículo chirriaron con violencia y el todoterreno se detuvo en seco.

Ojeda se inclinó hacia el parabrisas, tratando de ver a través de la densa niebla. El camino estaba cerrado.

A mitad de la pendiente, bloqueando el estrecho paso por completo, un camión de carga forestal que intentaba subir había patinado en el fango arcilloso.

Las ruedas traseras habían perdido el agarre en el borde del desfiladero y el peso de la caja había hecho que el vehículo volcara de lado, quedando atravesado entre la pared de roca viva y la caída del barranco.

Medina bajó la ventanilla. El conductor del camión ya estaba fuera, intentando evaluar los daños bajo el agua, pero era evidente que despejar ese tonelaje de lodo y metal requeriría maquinaria pesada que tardaría horas en llegar. El paso estaba bloqueado.

—Esto es un desastre —murmuró Medina, golpeando el volante con frustración.

—El camino de tierra sigue más allá de la cabaña —advirtió Ojeda, consultando el plano digital en su teléfono—. Da una vuelta enorme rodeando la ladera contraria antes de conectar con el pavimento nuevamente, es una ruta secundaria, pero es la única salida que tenemos ahora mismo.

Medina metió la marcha atrás con firmeza.

Los neumáticos del todoterreno patinaron brevemente mientras cambiaba de dirección en el angosto sendero para regresar sobre sus pasos y buscar la ruta alternativa.

El imprevisto les iba a costar un tiempo crítico, un retraso absoluto en mitad de una persecución donde los minutos lo eran todo, mientras la noche terminaba de caer y el sospechoso seguía moviéndose libremente.