En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Los ladridos de los perros de rastreo se quedaron atrás, amortiguados por la densidad del fango y la maleza baja que marcaba el final de la línea forestal.

Javier se deslizó entre los últimos matorrales de la ladera, con la respiración convertida en un silbido sordo y el cuerpo temblando bajo el jersey de lana empapado.

Había dejado la montaña a su espalda. Frente a él, oculta tras una hilera de pinos descuidados, se abría una pequeña propiedad rural periférica, la última antes de que el sendero se transformara en la carretera secundaria que rodeaba la base de la montaña; un trayecto pavimentado que muchos conductores evitaban prefiriendo el camino de tierra directo, pero que ahora se convertía en su única salida limpia.

Oculto entre las sombras de los árboles, Javier fijó la mirada en la entrada de la casa.

El motor de un coche viejo de color oscuro ya estaba en marcha, expulsando un vaho blanquecino por el tubo de escape hacia el aire frío de la tarde.

Un hombre de complexión similar a la suya acababa de bajar del asiento del conductor, dejando la puerta abierta mientras se giraba para echar el cerrojo al portón metálico del garaje.

Javier no lo dudó. Abrió la cremallera de la mochila de lona con un movimiento rápido y metió la mano izquierda para empuñar la pistola que había mantenido escondida. El metal estaba frío, pero su tacto le devolvió una rigidez inmediata a sus dedos trémulos.

Se aproximó por el punto ciego del hombre, moviéndose sin hacer ruido sobre la gravilla húmeda del sendero. Antes de que el propietario pudiera terminar de girar la llave del portón, Javier le puso la boca del cañón a escasos centímetros de la nuca.

—No te muevas —dijo Javier. Su voz fue un susurro helado, exento de pánico, carente de cualquier rastro de duda.

El hombre se quedó congelado, con las manos suspendidas en el aire y la respiración cortada de golpe. Sintió el acero pegado a su piel y el temblor violento del cuerpo que lo encañonaba por la espalda, pero el terror le impidió articular una sola palabra comprensible.

—La chaqueta —ordenó Javier, con una determinación cortante—. Quítatela. Despacio.

El hombre deslizó los brazos fuera de la pesada chaqueta impermeable con capucha, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco. La soltó en el suelo, con los dientes castañeteando por el miedo crudo a recibir un disparo.

—Abre el garaje y entra —le indicó Javier, dando un paso atrás sin dejar de apuntarle—. Si sales antes de diez minutos, volveré.

Aterrorizado por la mirada muerta y desencajada de Javier, el hombre obedeció de inmediato, empujando la puerta metálica y encerrándose en la penumbra del cobertizo.

Javier recogió la chaqueta del suelo, subió al coche, metió la mano en el contacto donde las llaves ya estaban puestas y cerró la puerta.

Enganchó la primera marcha y aceleró, saliendo del recinto sin mirar atrás.

Mientras conducía por la carretera secundaria que bordeaba la ladera, la luz del día terminó de apagarse sobre Valleverde, sepultando el paisaje en una penumbra grisácea.

Javier se despojó del jersey húmedo con un movimiento torpe y se puso la chaqueta robada.

Se colocó la capucha, tirando de los cordones hasta que el tejido le ensombreció por completo las facciones del rostro.

Ella iba en el asiento del copiloto, mirando al frente, con las manos apoyadas en el regazo y el cabello cayéndole sobre los hombros. Javier mantuvo los ojos fijos en el asfalto.

—¿Estás seguro de que quieres ir allí? —preguntó ella. Su voz sonó plana, flotando sobre el ronroneo del motor—. ¿Estás preparado?

Javier apretó el volante con más fuerza.

—Es ahora o nunca —respondió él, con la voz ronca.

Al aproximarse al sector norte del polígono industrial, las primeras farolas de luz parpadeante comenzaron a encenderse.

A lo lejos, el destello intermitente de los rotativos azules recortó la silueta de dos patrullas locales.

Los agentes no habían montado un control estricto ni revisaban los maleteros de los vehículos; simplemente rondaban el área, estacionados en un cruce estratégico con las luces de posición encendidas, atentos a cualquier movimiento sospechoso en los linderos del polígono.

Su atención seguía centrada en la montaña; la última información de la central indicaba que el prófugo huía a pie a través del bosque, por lo que un conductor solitario en un coche común saliendo de la ruta pavimentada que rodeaba la ladera no encajaba en sus prioridades.

Javier redujo la velocidad de manera constante, manteniendo las manos firmes sobre el volante. Pasó a escasos metros de los vehículos policiales. Ninguno de los agentes se giró para mirarlo. El coche rebasó el cruce sin contratiempos y se internó en las arterias interiores de la zona industrial.

Avanzó tres calles más, apagando las luces del tablero, hasta que las naves activas quedaron atrás y el entorno se volvió completamente oscuro. Estacionó el vehículo en un callejón sin salida, entre un contenedor de escombros y la fachada desconchada de un almacén textil clausurado.

Apagó el motor. El silencio volvió a inundar el habitáculo, roto únicamente por el golpeteo sordo de la llovizna contra el techo de chapa. Ella giró la cabeza despacio para mirar a través de la ventanilla empañada, contemplando las sombras del exterior.

—¿Aquí es? —preguntó ella en un susurro.

—Sí —dijo Javier.

Cogió la mochila de lona del suelo, se aseguró de que la pistola estuviera accesible en el bolsillo lateral y bajó del coche, cerrando la puerta con un clic ahogado.

Javier caminó pegado a las paredes de ladrillo visto, ocultando su silueta bajo la capucha.

El viento arrastraba trozos de plástico y papeles viejos por el suelo de asfalto agrietado.

Evitó el paso por la avenida principal y se desvió hacia un pasillo lateral, un corredor oscuro y estrecho rodeado de naves industriales vacías.

Se detuvo frente a la entrada trasera de la antigua fábrica embotelladora abandonada. Las grandes hojas de metal de la puerta de carga estaban oxidadas, vencidas sobre sus bisagras y dejando una abertura lo bastante ancha como para permitir el paso de un hombre.

Javier no miró a su alrededor. No dudó. Se deslizó por la rendija metálica y cruzó el umbral, adentrándose en la absoluta y gélida oscuridad del interior del edificio.