CAPÍTULO 17
El olor a polvo quemado por los flashes de las cámaras fotográficas se mezclaba con el aroma a café frío en el salón de la cabaña.
Dos técnicos forenses se movían con lentitud milimétrica, registrando el suelo y las superficies, mientras Medina y Ojeda permanecían de pie frente a la pared principal del comedor.
La maraña de papel clavada con chinchetas sobre la madera era abrumadora. Medina y Ojeda contemplaban el mural en silencio, repasando la cronología de los crímenes de Valleverde a través de los recortes de prensa y las anotaciones desordenadas de Javier.
Allí estaba Mónica Silva, la primera víctima, cuyo expediente y noticias del hallazgo iniciaban el macabro recorrido.
Justo al lado, los titulares recientes sobre el asesinato de Sara Pereira, la joven encontrada recientemente en el bosque, que había vuelto a desatar el pánico en la región.
Y un poco más allá, una fotografía impresa de Sofía Mendoza de sus años de estudiante, la última pieza del rompecabezas.
En medio de todo, destacaba una vieja reseña de prensa sobre la desaparición de Lucía Robles.
El papel estaba desgastado, con los bordes deshilachados y marcas de haber sido doblado y desdoblado cientos de veces.
Al contrario que un cartel de búsqueda activa, el recorte era simplemente la noticia fría de su rastro perdido hace meses.
Ojeda alargó la mano con cuidado y señaló un papel pequeño, arrugado y clavado casi de lado cerca de los mapas del polígono industrial.
—Mira esto —dijo Ojeda en un susurro.
La caligrafía era un garabato apresurado y frustrado, escrita con una presión que delataba el pulso tembloroso de Javier:
" El hombre de la chaqueta de nailon se me escapó anoche. Estoy seguro de que era él ".
Los detectives se quedaron fijos en el papel.
El desconcierto se hizo denso en el espacio de la cocina.
Todas las víctimas del Monstruo de Valleverde —Mónica, Sara, Sofía, e incluso la desaparición de Lucía— eran mujeres jóvenes.
El patrón de selección del agresor era de una consistencia indiscutible.
¿Por qué Javier perseguía y anotaba con tanta desesperación la huida de un hombre la noche anterior?
Ojeda miró a Medina, esperando una respuesta, pero el detective principal mantuvo el rostro severo y no se desvió hacia hipótesis vacías.
Para Medina, las inconsistencias de la pared no cambiaban la realidad física que tenían entre manos: Javier Robles acababa de huir de esa cabaña dejando atrás una bolsa con su propia ropa empapada en fango y en la sangre fresca de Sofía Mendoza.
Para la ley, Javier seguía siendo el sospechoso y el único monstruo que debían cazar.
Medina desvió la vista hacia el plano catastral de la zona industrial de Valleverde, colgado junto a los recortes. En él, un sector del polígono aparecía toscamente sombreado con lápiz azul, abarcando un cuadrante de naves y callejones de carga abandonados.
—Llama a la central —ordenó Medina, señalando el mapa—.
Que avisen a las patrullas de los alrededores para que vigilen los accesos de ese sector del polígono industrial.
El grueso de la búsqueda sigue con los perros en la montaña, pero no quiero dejar ese flanco descubierto por si el sospechoso intenta buscar refugio allí abajo.
Ojeda asintió y se retiró unos pasos para usar la radio. Medina se quedó solo frente al mural.
Fue entonces cuando sus ojos repararon en un detalle que desencajaba por completo de la suciedad, el desorden y la violencia que dominaban la cabaña.
Sujeta con una sola chincheta en una esquina limpia del mapa, casi protegida del caótico collage de noticias, había una pequeña fotografía física, de papel fotográfico grueso y bordes ligeramente gastados.
Medina se colocó un guante de látex limpio y la retiró con delicadeza.
La imagen mostraba a Javier y a Lucía sentados en el porche de esa misma cabaña, bajo la luz dorada y suave de un atardecer de verano.
Ella lo abrazaba por los hombros, riéndose con una felicidad limpia hacia la cámara, mientras él sonreía de lado, mostrando una expresión de paz absoluta y una mirada brillante que Medina era incapaz de asociar con el prófugo que perseguían.
Por un instante, el gélido ambiente de la cabaña, el olor a reactivos químicos y el eco de la sirena policial parecieron evaporarse, dejando paso a un fragmento de vida suspendido en el tiempo. Un rincón de calidez humana que se sentía extrañamente fuera de lugar en mitad de aquella pesadilla.
Medina le dio la vuelta a la fotografía con lentitud.
En el reverso, escrito con una caligrafía pausada, firme y cariñosa, se leía la dedicatoria que ella le había dejado escrita de su puño y letra:
" Para mi Javier. El único lugar donde siempre quiero despertar es a tu lado. Te amo ".