En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La penumbra del establo olía a estiércol seco, hiedra machacada y madera podrida.

Javier permanecía sentado sobre la paja, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos cruzados para retener el poco calor corporal que le quedaba.

El jersey de lana goteaba de forma constante sobre el suelo.

Fuera, la llovizna repiqueteaba contra las tejas rotas y el viento silbaba a través de las rendijas de las tablas.

Al fondo, sentada sobre un fardo de paja húmeda, ella se abrazaba a sí misma. Llevaba el pelo pegado a las mejillas por la humedad de la huida y el dobladillo de su vestido gris estaba cubierto de barro, pero no temblaba.

Javier cerró los ojos, apretando los dientes cuando un latido violento de la migraña le cruzó la sien izquierda, dejándole un rastro de luces blancas en la retina.

La falta de sueño y las horas de caminata por la montaña le estaban cobrando factura; sentía los músculos como si fueran de plomo y el cerebro flotando en una masa espesa.

—¿Por qué lo sigues haciendo? ¿Por qué sigues cazando en este bosque? —preguntó ella.

Su voz sonó clara, pero Javier tardó un segundo completo en procesarla.

Al abrir los ojos para mirarla, notó un desfase extraño: sus labios terminaban de moverse una milésima de segundo antes de que el sonido de sus palabras terminara de asentarse en sus oídos.

Parpadeó con fuerza, atribuyendo el mareo al cansancio que le embotaba la cabeza.

—Lo hago por el dolor —respondió él, con la voz ronca por el frío y la garganta seca.

Se hizo un silencio espeso en la penumbra del establo.

Ella se puso en pie y caminó despacio hacia él.

El movimiento de sus pies fue completamente silencioso.

Al levantarse, la paja seca sobre la que había estado sentada permaneció intacta, sin un solo tallo aplastado o desplazado bajo su peso.

Javier lo miró de reojo, pero la bruma de su mente cansada fue incapaz de retener el detalle.

Ella se detuvo a su lado y estiró la mano, rozándole la mejilla húmeda con la punta de los dedos. Javier esperó sentir la calidez de su piel, pero en su lugar recibió un frío helado y repentino que, por un segundo, anestesió por completo el dolor punzante que le dividía el rostro.

—Lo hago porque me consume el dolor —continuó Javier, con la voz apenas en un murmullo.

Una sola lágrima comenzó a resbalar muy despacio por la mejilla de ella, brillando bajo la luz pálida antes de perderse en la comisura de sus labios. Ella lo contempló con una tristeza infinita, acariciándole el contorno del rostro con esos dedos que no pesaban.

—Pobre de mi Javier —susurró ella, agachándose a su altura—. ¿Y si mejor simplemente te vas y me dejas aquí? Puedes empezar una nueva vida sin mí.

Javier levantó la cabeza de golpe y la miró a los ojos. Por primera vez en toda la mañana, la rigidez de su rostro se quebró, dejando ver una desesperación profunda que luchaba por no salir a flote.

—No puedo —dijo él, y su voz tembló levemente antes de recuperar la firmeza—. Te necesito demasiado.

Un aullido agudo y nítido rasgó el aire húmedo de la mañana, cortando el silencio del establo. Los perros de rastreo ya no estaban en el fondo del valle; habían cruzado la alambrada de espino y estaban en el linde del prado, a menos de doscientos metros.

El trance se rompió al instante. El martillazo de la migraña regresó a las sienes de Javier con una fuerza brutal que le hizo jadear.

Se puso en pie de un salto, ignorando el dolor que le recorría la cadera por la caída anterior.

Se ajustó las correas de la mochila de lona a los hombros y miró hacia la rendija de las tablas podridas por la que habían entrado.

Fuera, los ladridos se volvieron más frecuentes y frenéticos, mezclados con el silbido del viento.

Se volvió hacia ella, que ya estaba de pie a su lado, esperando bajo la penumbra del techo derruido.

—Tenemos que seguir —dijo Javier, apretando los puños—. Ya casi están aquí.