CAPÍTULO 15
El reloj del salpicadero del coche patrulla marcaba las diez y diez de la mañana cuando Medina apagó el motor bajo la arboleda que precedía a la cabaña.
El silencio del bosque fue devorado de inmediato por el chasquido de las puertas de los dos vehículos de apoyo que se estacionaron detrás.
Varios agentes locales bajaron de prisa, con rostros tensos.
Medina y Ojeda se adelantaron por el sendero de tierra batida, con las botas hundiéndose en el barro blando. La lluvia había calmado, convertida ahora en una bruma espesa que flotaba a ras de suelo y envolvía la estructura de madera de la casa.
Medina subió los tres peldaños del porche. Desenfundó su arma reglamentaria, la mantuvo apuntando hacia el suelo y golpeó la puerta tres veces con el puño libre.
—¡Policía de Valleverde! ¡Abra la puerta!
Solo el goteo constante del agua desde el alero de zinc respondió al llamado. Medina hizo una seña con la cabeza al agente de apoyo que sostenía el ariete de acero.
—Abra.
El impacto del metal contra la cerradura resonó en la montaña con un golpe seco y violento. La madera astillada cedió al segundo golpe y la puerta se abrió de par en par, golpeando la pared interior.
—¡Policía! ¡Al suelo! —gritó Ojeda, entrando en cuclillas, barriendo el salón con la mirada fija en las esquinas oscuras.
Los agentes de apoyo entraron detrás de él, dividiéndose hacia el pasillo y el dormitorio principal. El sonido de las maderas crujiendo bajo sus pisadas rápidas y los portazos de los armarios al abrirse llenaron la cabaña durante dos minutos agobiantes.
—¡Despejado! —gritó uno de los uniformados desde el fondo.
—¡Dormitorio despejado! —secundó el otro.
Medina bajó el arma despacio. La cabaña estaba vacía.
Ladera abajo, el chasquido del ariete reventando la madera de su puerta principal había alcanzado a Javier cuando apenas se adentraba en la espesura del bosque. No miró atrás.
Había diseñado la ruta de escape en su cabeza docenas de veces durante los meses de insomnio.
Al salir por la parte trasera, se había asegurado de tirar de la manilla para dejar la puerta perfectamente cerrada, sin dejar pistas de su dirección.
No corrió hacia el sendero principal ni buscó el descenso lógico de la montaña; en lugar de eso, se desvió en un ángulo oblicuo de sesenta grados hacia el barranco del norte.
Era una pendiente escarpada, un desfiladero cerrado por muros de piedra y zarzales tupidos que bloqueaban por completo la visual de cualquiera que estuviera parado en el porche o las inmediaciones de la cabaña.
El jersey de lana limpia se le enganchaba en las ramas espinosas de los arbustos, tirando de él hacia atrás, pero Javier seguía avanzando a zancadas torpes, hundiéndose hasta los tobillos en el manto de hojas podridas.
El aire helado de la mañana le entraba en los pulmones como fragmentos de vidrio y la mochila de lona le golpeaba rítmicamente la espalda con cada salto.
En el interior de la cabaña, Medina caminó con paso rápido hacia la cocina.
Sobre la mesa de madera gastada, una taza de cerámica agrietada descansaba en mitad de la superficie. Medina se quitó el guante de látex con un movimiento rápido y apoyó la palma de la mano contra el costado de la taza.
Estaba caliente. El vaho apenas imperceptible aún flotaba sobre el líquido oscuro en el interior.
—Medina —lo llamó Ojeda desde la parte trasera de la cabaña.
Medina se reunió con él. Ojeda señalaba con la linterna hacia el suelo, junto al umbral de la puerta trasera, que estaba cerrada pero sin el cerrojo echado. Allí descansaba una bolsa de basura negra, atada de prisa con un nudo flojo.
Ojeda se arrodilló y, usando la punta de un bolígrafo, desató el plástico.
Al abrirla, la luz de su linterna reveló un jersey y una chaqueta de lona empapados en barro arcilloso.
Alrededor de los puños y en el pecho de la prenda, la tela presentaba costras y manchas pastosas de un rojo oscuro y seco.
—La ropa de anoche —murmuró Ojeda—. Acaba de salir. No nos lleva ni cinco minutos de ventaja.
Medina sacó la radio del cinturón y presionó el botón de transmisión con fuerza.
—Central, aquí Unidad 4. El sospechoso ha huido a pie de la cabaña hace escasos minutos. Desplieguen la unidad canina de inmediato y acordonen el cuadrante norte del bosque. Repito, saquen a los perros ya.
Al cortar la comunicación, Medina se volvió hacia el salón, pero se detuvo en seco al iluminar la pared principal que daba al comedor.
La superficie de madera estaba cubierta de recortes de periódicos viejos, mapas topográficos del Bosque de los Cedros marcados con rotulador rojo y anotaciones manuscritas en hojas sueltas que colgaban de chinchetas.
Entre los titulares que hablaban de la desaparición de Lucía Robles y el reciente asesinato de Sara Pereira, se extendían líneas trazadas a lápiz que conectaban fechas, horas y puntos de la montaña.
Ojeda se acercó, con los ojos muy abiertos ante la maraña de papel.
—No toques nada, Ojeda —ordenó Medina, interponiéndose con el brazo—. Que nadie mueva un solo papel hasta que lleguen los peritos. Que lo fotografíen todo tal como está. Esto es más escalofriante de lo que pensaba.
Casi cuarenta minutos después, el sonido de las sirenas policiales y los primeros ladridos lejanos de los perros de rastreo ya poblaban el aire húmedo de la montaña. El cerco se estaba cerrando sobre el cuadrante.
Exhausto, con el pecho agitándose en espasmos dolorosos y la migraña martillándole las sienes con una fuerza cegadora, Javier alcanzó el límite del bosque de pinos.
Al otro lado de una alambrada de espino caída, a las afueras de los límites de la reserva forestal, el terreno se abría en un prado descuidado donde la maleza crecía sin control.
Allí, medio oculta por la hiedra silvestre y los arbustos, se alzaba la silueta gris de un viejo establo abandonado. Las maderas de la fachada estaban carcomidas por los años de humedad y parte del techo de tejas se había derrumbado hacia el interior, dejando ver las vigas ennegrecidas.
Javier se arrastró bajo el alambre de espino, desgarrándose el jersey en el proceso, y cruzó el tramo abierto agachado, casi a gatas.
Encontró una sección donde las tablas de la pared lateral se habían vencido hacia fuera.
Se coló por la estrecha rendija, raspándose los hombros, y se deslizó hacia la penumbra del interior del establo.
El olor a madera podrida, polvo acumulado y estiércol seco lo recibió de golpe. Se dejó caer de espaldas sobre un montón de paja vieja que amortiguó su caída, abrazando la mochila de lona contra el pecho.
Se quedó allí inmóvil, tiritando de frío bajo la lana húmeda, con los ojos fijos en las rendijas del techo por donde se colaba la llovizna. Afuera, el ladrido de los perros de rastreo volvió a resonar, esta vez más nítido, flotando en el viento de la mañana.