En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El trayecto de regreso a pie a través de la montaña le había tomado mucho más tiempo del que había calculado.

Javier había estimado que cruzar el bosque por los senderos altos le llevaría un par de horas a lo sumo, pero el fango arcilloso que le succionaba las botas, la niebla cerrada y el cansancio acumulado lo habían retrasado de forma desastrosa.

Eran casi las nueve de la mañana cuando empujó la puerta trasera de la cabaña.

Llevaba el labio partido por el frío, la respiración convertida en un silbido ronco y la certeza asfixiante de que ya iba muy tarde.

La luz grisácea del día maduro se colaba de perfil por las ventanas sucias, dibujando franjas de polvo flotante en la penumbra del salón. El silencio de la casa era pesado, casi sólido.

Se despojó de la chaqueta húmeda con movimientos espasmódicos.

La tela pesaba el doble por el agua y el lodo, pero lo que le hizo apretar los dientes fue la rigidez de los puños, acartonados por la sangre seca de Sofía Mendoza.

Se desvistió de prisa, dejando caer la ropa infectada en el suelo del baño.

Abrió la llave de la ducha con la mano izquierda.

El agua salió helada, golpeándole la espalda como agujas de vidrio, pero no esperó a que templara.

Frotó sus manos con saña bajo el chorro, desgastándose la piel con una pastilla de jabón rústico hasta que los nudillos le quedaron al rojo vivo.

No quedaba rastro ferroso en sus uñas, ni en su cuello, ni en su pecho.

Solo el temblor violento de un cuerpo al límite de la hipotermia.

Se vistió con lo primero que encontró en el armario: un jersey grueso de lana oscura y unos pantalones de loneta gastados.

Cogió una mochila de lona del suelo de la habitación y regresó a la cocina.

Con las manos aún trémulas, metió en ella una cantimplora, un fajo estrecho de billetes que guardaba en una lata de café y un par de conservas.

Apoyó las manos en la encimera, tratando de serenar el pulso. Para obligarse a enfocar, encendió la estufa para calentar un resto de café de la tarde anterior y lo sirvió en una taza de cerámica agrietada. Dejó la taza sobre la mesa de madera para que se templara un poco antes de beber de ella.

Al darse la vuelta para buscar el abrigo limpio en el perchero, la vio.

Estaba sentada a la mesa de madera, en el rincón más oscuro de la cocina. Llevaba el mismo vestido de punto gris, con el cabello cayéndole de lado sobre los hombros, observándolo con una calma sepulcral.

Javier no se inmutó. Ella estiró la mano, tomó la taza de cerámica de la que aún ascendía un vaho espeso por el calor y le pegó un sorbo lento, pausado, sin hacer el menor gesto por la temperatura del líquido hirviendo.

Cuando volvió a apoyar la taza sobre la madera gastada, Javier bajó la vista: el café oscuro seguía exactamente al mismo nivel, casi rozando la grieta del borde.

No parecía haber bajado ni una sola gota.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó ella. Su voz era un susurro limpio, plano.

Javier mantuvo el rostro rígido, una máscara de piedra inexpresiva.

—La policía —dijo él, con tono desapegado—. Casi me atrapan en el bosque. Tienen el coche.

Ella lo miró fijamente. Sus ojos oscuros reflejaban la pálida luz que entraba por la ventana de la cocina.

—Te lo advertí, Javier —dijo ella, con una melancolía que pareció enfriar aún más el aire de la habitación—. Te dije que dejaras esto antes de que fuera demasiado tarde. Te dije que te detuvieras.

—No podía.

—¿Por qué? —preguntó ella, suavemente.

Javier clavó la mirada en un punto vacío de la pared, con las facciones completamente endurecidas.

—Tú sabes por qué... —hizo una pausa—. Jamás te conté lo que pasó con Lucía... Te dije que había desaparecido, que se había ido y me había dejado. Pero esa no es la verdad.

Un silencio largo y denso se instaló en la cocina. El único sonido era el golpeteo constante de la llovizna contra el tejado de zinc.

—Ella está enterrada en este mismo bosque —continuó Javier, sin que un solo músculo de su rostro se moviera.

Otro silencio aún más pesado cayó entre los dos, estirándose como una cuerda a punto de romperse.

—Yo mismo la enterré con mis manos.

Fue en ese instante cuando una sola lágrima comenzó a resbalar muy despacio por la mejilla de ella, brillando bajo la luz gris antes de perderse en la comisura de sus labios. Javier permaneció inmóvil, firme, con la mandíbula apretada y la mirada perdida en la penumbra.

—¿Y la policía lo sabe? —preguntó ella al fin, apenas en un hilo de voz.

La pregunta detonó la alerta en la cabeza de Javier.

El recuerdo del coche abandonado en la orilla del camino y de los detectives viéndolo huir le devolvió de golpe la urgencia de la realidad. Dio media vuelta y caminó con paso rápido hacia la ventana del salón que daba al camino forestal.

Apartó apenas un centímetro del visillo mugriento.

A lo lejos, abriéndose paso a través de la densa niebla matutina que ascendía por la ladera, el destello intermitente de los rotativos azules y rojos cortaba la penumbra del bosque. Las patrullas ya habían tomado la desviación hacia la cabaña. Subían despacio, pero sin pausa.

Javier soltó la cortina. Miró hacia la puerta trasera, luego hacia la mochila a medio llenar sobre la encimera de la cocina, y finalmente hacia el rincón donde ella seguía sentada en silencio.

—Debemos irnos.