CAPÍTULO 13
El viento de la madrugada arrastraba la lluvia fina entre los pinos altos, golpeando las capuchas de los uniformes.
En mitad del claro, el haz de la linterna de Medina se detuvo sobre el cuerpo de la mujer.
El cadáver yacía boca arriba sobre el fango, con los ojos fijos en la negrura del cielo y las ropas desgarradas.
Ojeda se arrodilló a un lado, cuidando de no pisar el fango removido alrededor de la víctima. Llevaba los guantes de látex puestos. Con dos dedos, apartó con cuidado el cuello del abrigo.
—La estranguló —dijo Ojeda. La llovizna le mojaba la frente—. Tiene las marcas de la cuerda en la garganta.
—Pero aquí hay demasiada sangre, Ojeda —Medina se agachó a su lado, apuntando con la luz hacia el pecho de la joven, donde el jersey de lana oscura estaba empapado y roto—. La apuñaló.
Ojeda examinó las heridas en el torso. Tres incisiones limpias, profundas, que habían atravesado el abrigo.
—Los cortes van inclinados de izquierda a derecha. El ángulo de entrada es oblicuo —observó Ojeda, midiendo visualmente la trayectoria—. El que lo hizo manejaba el cuchillo con la mano izquierda. Es zurdo.
Medina asintió en silencio, sintiendo cómo el frío de la tierra le traspasaba los pantalones. Se incorporó con dificultad y sacó la radio del cinturón.
—Central, aquí Unidad 4. Tenemos un código diez en el sector norte del Bosque de los Cedros, unos cincuenta metros adentro desde el sendero peatonal. Solicitamos forense de guardia, peritos y apoyo para acordonar el área. La víctima es una mujer joven. Repito, envíen al equipo de inmediato.
La radio siseó antes de que una voz cansada confirmara la recepción desde la comisaría central. Medina volvió a presionar el botón antes de colgarse la radio al cinturón.
—Y manden también un equipo de rastreo a peinar los senderos circundantes —añadió—. El tipo que corría por el bosque no puede haber ido muy lejos con esta tormenta. Tal vez aún estemos a tiempo de atraparlo en el perímetro.
—Sofía Mendoza —murmuró Ojeda, que había encontrado la cartera de la víctima tirada a un par de metros, medio oculta bajo un helecho. Sostenía la identificación frente a la luz de la linterna—. Ese es su nombre.
Medina miró el reloj. Eran casi las tres de la mañana.
—El coche de los detectives forenses tardará al menos veinte minutos en llegar aquí —dijo Medina—. Vamos a asegurar el coche de la avenida.
Caminaron de regreso hacia el arcén de la carretera de los talleres bajo la lluvia pertinaz. El sedán gris seguía allí, una silueta muda resguardada por las ramas del sauce.
Ojeda se acercó primero. Aunque la lógica policial les impedía abrir la puerta sin la firma de un juez, pegó el rostro al cristal del copiloto y encendió la linterna, barriendo el habitáculo.
—Medina, mira esto.
Medina se aproximó y observó a través del cristal húmedo. En el hueco de la consola central, justo al lado del freno de mano, se distinguían dos pequeños sobres de aluminio plateado, idénticos al que acababan de recoger del fango en el bosque.
—Es el mismo analgésico —dijo Medina, con la mandíbula apretada.
—No cabe duda de que el que huía era Javier Robles —dijo Ojeda, apagando la linterna—.
—Y huyó a pie —respondió Medina, con tono tajante—. Hay que esperar al juez de guardia para entrar en esa cabaña, Ojeda. En cuanto lleguen los refuerzos para custodiar el coche y la escena, me voy directo al juzgado. Quédate aquí con los forenses.
La burocracia de Valleverde era lenta, incluso cuando había un cadáver fresco sobre el lodo.
Medina pasó horas en la antesala del juzgado de instrucción.
El juez de guardia, un hombre mayor y meticuloso llamado Alcaraz, no se dejó presionar por el uniforme ni por la urgencia del detective.
Exigió el informe preliminar por escrito, el acta de hallazgo del vehículo y la confirmación de la titularidad del coche de Robles.
—No tengo antecedentes de violencia del señor Robles en este expediente, detective —dijo el juez, revisando los papeles por encima de sus gafas de lectura—. Necesito que la vinculación entre el sospechoso y la escena quede clara en el acta antes de autorizar un allanamiento a estas horas.
—El sospechoso huyó de nosotros en el bosque, señoría —insistió Medina, conteniendo la rabia—.
Su coche está aparcado a metros del cadáver de Sofía Mendoza y encontramos sus pertenencias en la ruta de escape.
Esa cabaña es su único domicilio registrado; si regresó ahí, es nuestra mejor oportunidad para ubicarlo.
El papeleo, las firmas y las llamadas de verificación se prolongaron durante toda la mañana.
Cuando Medina finalmente salió del juzgado con el documento sellado en la mano, el reloj del salpicadero de la patrulla marcaba las nueve y cuarenta de la mañana.
Habían pasado más de siete horas desde el crimen.
Cuando Medina llegó a la comisaría, el ambiente en el vestíbulo era caótico. Dos furgones de la policía estatal estaban estacionados en doble fila y varios agentes cargaban equipos tácticos.
Ojeda lo esperaba junto al mostrador de recepción. Tenía la mirada fija en el televisor colgado de la pared, que emitía un boletín informativo de urgencia.
En la pantalla, una reportera con chubasquero hablaba con el rostro desencajado frente a la cinta policial que cerraba el paso al Bosque de los Cedros. Detrás de ella se veía el ajetreo de los peritos y las patrullas.
“...el hallazgo del cuerpo de la joven Sofía Mendoza confirma los peores temores de la comunidad de Valleverde”, decía la voz del presentador desde el estudio.
“Las autoridades ya hablan de un patrón idéntico al de otros asesinatos por esa zona, lo que confirma la presencia de un asesino en serie en la comarca. Los medios locales ya han bautizado al sospechoso como el ‘Monstruo de Valleverde’. Según fuentes policiales, las fuerzas de seguridad buscan activamente a un sospechoso que huyó a pie durante la madrugada y que podría ser el responsable no solo de esta muerte, sino también de otros casos como el de Sara Pereira, que ocurrió hace apenas unos días...”
Medina sacó el mando a distancia del bolsillo del agente de guardia y apagó la pantalla de un manotazo. El silencio volvió al vestíbulo.
—La prensa ya está oliendo sangre —dijo Ojeda, volviéndose hacia su compañero—. Si no lo atrapamos pronto, esto se va a convertir en una cacería mediática descontrolada.
—Ya tengo la orden —dijo Medina, mostrando el papel—. Vamos a la cabaña. Si Robles regresó ahí, hay que sacarlo antes de que decida hacer una locura.