CAPÍTULO 12
La llovizna helada caía de costado, empujada por el viento contra las ramas de los arbustos espinosos, colándose por el cuello de su chaqueta.
Agazapado en el fondo de un barranco oscuro, a media ladera de la montaña, Javier Robles contenía la respiración.
El fango de la pendiente se le pegaba a las rodillas y los muslos, pero permanecía inmóvil, mimetizado con la negrura del suelo.
A lo lejos, el haz errático de las linternas de los policías cortaba la niebla densa, barriendo las copas de los pinos altos. El viento traía el eco amortiguado de sus pisadas y el crujido de las ramas rotas. Se estaban alejando hacia el este, siguiendo el sendero equivocado.
Javier exhaló un vaho espeso, tratando de calmar el temblor que le sacudía el pecho.
No era solo por el frío que le calaba los huesos.
Abrió las manos en la penumbra. Estaban pegajosas, cubiertas de una sustancia pastosa y oscura que la llovizna no terminaba de limpiar: la sangre que también empapaba su ropa.
—Casi me atrapan —susurró para sí mismo, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Unos minutos antes... Unos minutos antes y no habría logrado escapar.
La mancha oscura de su chaqueta se extendía desde el pecho hasta los puños.
Tenía que deshacerse de esa ropa, limpiar cada rastro de sus manos y ocultarse antes de que saliera el sol.
Su coche estaba abajo, abandonado en la orilla del camino, y la policía no tardaría en custodiarlo.
Si lo encontraban en este estado, cubierto de esa sangre tibia, todo habría terminado para él.
—Ellos jamás lo entenderían... —cerró los ojos en la penumbra, dejando que el murmullo de la llovizna trajera de vuelta la escena—.
No entenderían este olor a sangre que se te mete en la cabeza, mezclado con la humedad del fango.
La calidez tan densa de ese cuerpo entre mis brazos, perdiendo fuerza poco a poco.
Sentir ese pecho apagándose segundo a segundo, hasta que ese frío repentino te avisa que su vida finalmente se ha esfumado.
Ese silencio absoluto apoderándose de la noche. Es algo que te marca para siempre.
Apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo la adrenalina le devolvía el calor al cuerpo.
—Por eso no puedo dejar de hacerlo ahora —masculló—. Debo seguir.
La obsesión se instaló de nuevo en su pecho con la fuerza de un juramento.
No podía dar marcha atrás ahora; el impulso era demasiado fuerte y la necesidad lo carcomía por dentro.
Sin embargo, el margen de error se había reducido a nada.
La policía patrullaba el bosque y su coche estaba en manos de Medina.
—Tengo que ser más cauteloso —se dijo, observando cómo las luces de las linternas se concentraban definitivamente en el claro, lejos de su posición.
Javier se incorporó despacio, estirando los músculos entumecidos por la tensión. Usó el agua acumulada en las hojas de un helecho cercano para frotarse la cara y las manos de manera apresurada, quitándose el lodo y los restos de sangre seca que le tiraban de la piel.
Su cabaña ya no era un lugar seguro; la policía la tenía bajo el radar desde la mañana.
No le quedaba mucho tiempo. Tenía que subir a pie por la ladera más escarpada y oscura de la montaña, esquivando las carreteras principales, para sacar lo indispensable de la casa antes de que el amanecer delatara su silueta. Tenía que huir de allí esa misma noche.