En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El despacho de la comisaría estaba en completo silencio, roto únicamente por el siseo de la calefacción vieja.

Medina repasaba los mapas del sector norte del Bosque de los Cedros extendidos sobre su escritorio, mientras Ojeda se mantenía de pie junto a la ventana, observando el lento discurrir de la tarde gris.

—No vamos a conseguir la orden de allanamiento para la cabaña de la montaña tan rápido —dijo Medina, dejando caer el bolígrafo sobre el papel—. El juez nos va a pedir más que el testimonio de un vecino que escucha un motor de madrugada.

—Entonces no esperemos la orden —Ojeda se volvió, metiéndose las manos en los bolsillos—.

Sabemos que el sedán gris se mueve en esa franja horaria.

El lugareño de la montaña lo escucha bajar hacia el bosque.

Montemos una guardia discreta en el sector de las bodegas antes de las tres.

Si Robles merodea por ahí, lo agarramos en el sitio.

Medina guardó silencio unos instantes, sopesando los riesgos de procedimiento. Al final, dobló el mapa y asintió de manera escueta.

La madrugada en el límite del Bosque de los Cedros era helada y estaba cubierta por una niebla espesa que reducía las siluetas de los pinos a meros fantasmas grises.

Eran las dos y media de la noche cuando el coche de los detectives avanzó con las luces apagadas por la última calzada pavimentada de la avenida de los talleres.

Medina detuvo el vehículo a unos cincuenta metros del inicio del sendero peatonal, resguardándose bajo la sombra de una bodega abandonada.

Ambos detectives bajaron en silencio, hundiéndose levemente en la tierra húmeda del arcén.

Caminaron con cautela hacia la entrada del sendero, donde la vegetación se volvía más densa.

A unos pasos de la linde del bosque, medio oculto por las ramas bajas de un sauce, divisaron la silueta de un coche.

Se aproximaron despacio. Era el sedán gris.

Ojeda se acercó a la ventanilla del conductor, protegiendo la luz de su linterna con la mano para inspeccionar el interior.

El habitáculo estaba completamente vacío.

Medina rodeó el vehículo y apoyó la palma de la mano sobre el capó húmedo por la escarcha; el metal aún conservaba un calor leve.

—Acaba de dejarlo aquí —susurró Ojeda.

Medina hizo una seña hacia los matorrales colindantes. Se apostaron allí, resguardados por la oscuridad y la niebla, manteniendo la vista fija en el sendero peatonal que se adentraba en el bosque.

No pasaron más de diez minutos antes de que el silencio se rompiera por el roce sutil de la maleza.

Una silueta alta emergió del sendero, moviéndose despacio, con la cabeza gacha y el cuerpo tenso, tratando de mimetizarse con la penumbra mientras avanzaba de regreso hacia el sedán gris.

Su actitud alerta y la forma en que escudriñaba el entorno antes de dar cada paso denotaban que intentaba pasar completamente desapercibido.

Medina y Ojeda intercambiaron una mirada rápida. Sin desenfundar sus armas, salieron de la sombra del matorral a paso firme para cerrarle el paso.

—Buenas noches —dijo Medina en tono firme, dando un paso al frente.

Al escuchar la voz, la silueta se congeló en seco. Durante una fracción de segundo pareció evaluar a los dos hombres que bloqueaban el camino al coche. De inmediato, dio media vuelta y se lanzó a correr con desesperación hacia el espesor del bosque.

—¡Alto! ¡Policía! —gritó Ojeda.

Los dos detectives se internaron en la maleza detrás de él.

El suelo del bosque era una trampa de lodo resbaladizo, ramas bajas y raíces ocultas.

Ojeda corría esquivando los matorrales, tratando de no perder el rastro de la figura que se abría paso entre la vegetación unos metros más adelante.

Sin embargo, la oscuridad era absoluta más allá de los haces de luz de sus linternas, y el terreno de la montaña ascendía de forma abrupta.

Tras una persecución ciega de apenas dos minutos en la que el sospechoso demostró una agilidad tremenda para sortear los obstáculos en la negrura, el sonido de las pisadas delanteras se desvaneció por completo.

Los detectives se detuvieron, jadeando, barriendo la espesura con las luces en todas direcciones.

Solo el siseo del viento entre las copas de los árboles respondió a su búsqueda.

—Lo perdimos —masculló Ojeda, tratando de recuperar el aliento.

Medina, con la respiración entrecortada, apuntó su linterna hacia el suelo húmedo por donde el fugitivo había iniciado su huida apresurada.

—Empecemos a peinar la zona desde donde corrió —dijo Medina—. Algo estaba haciendo aquí adentro.

Comenzaron a caminar despacio, siguiendo el rastro de la maleza aplastada y las ramas rotas que el desconocido había dejado al huir. Apenas unos metros más adelante del punto donde la silueta había dado media vuelta, Medina notó un brillo metálico en el fango húmedo.

Se agachó y acercó el haz de luz. Era un pequeño sobre de aluminio individual, arrugado y húmedo, del tipo que se utiliza para sellar analgésicos fuertes de prescripción médica.

La esquina del sobre estaba ligeramente rasgada, como si el fugitivo hubiese estado a punto de abrirlo para tomarse el medicamento justo en el momento en que los detectives lo sorprendieron.

Medina levantó el sobre con la punta de un bolígrafo para examinarlo. La marca impresa correspondía a un fármaco específico y fuerte para el tratamiento de la migraña severa.

—Sufre de migrañas —observó Medina, guardando el sobre en una pequeña bolsa plástica de pruebas—. Esto nos servirá más adelante si logramos revisar su historial médico.

Se incorporaron y continuaron adentrándose en el bosque, siguiendo la dirección general de la que provenía la silueta antes de ser interceptada. Avanzaron unos cincuenta metros más, donde la vegetación se abría en un pequeño claro protegido por pinos densos.

Ojeda, que iba al frente, detuvo su haz de luz en el suelo y se quedó inmóvil.

—Medina —dijo con voz baja.

Medina se colocó a su lado y apuntó también su linterna hacia el centro del claro.

Tendida sobre un manto de hojarasca húmeda, yacía el cuerpo de una mujer joven, semidesnuda. Medina se acercó despacio, cuidando de no alterar el terreno, y se agachó para examinar el cadáver. Al notar la rigidez y las marcas en el cuello, se volvió hacia su compañero.

—Es el mismo modus operandi —confirmó Medina, con el rostro serio—. Y el cuerpo aún está templado. El tipo con el que nos cruzamos acaba de hacerlo.