CAPÍTULO 10
El motor del sedán gris carraspeaba con pesadez mientras Javier encaraba la última pendiente de la montaña.
Tenía las manos aferradas al volante, con los nudillos blanquecinos y las uñas sucias de tierra.
El cansancio acumulado de la madrugada le pesaba en los párpados, pero la crispación en su mandíbula seguía intacta.
La frustración le corría por las venas; lo había tenido a unos metros, casi al alcance de la mano, antes de que el bosque se tragara sus pisadas.
Al pasar junto a la propiedad del vecino, un par de kilómetros antes de coronar la cima, vio al hombre de la leña de pie junto a la orilla del camino. Al reconocer el coche, el hombre levantó un brazo y le hizo señas claras para que se detuviera.
Javier frenó el coche de golpe, dejando que el motor continuara encendido con un ralentí inestable. Bajó la ventanilla apenas unos centímetros. El aire frío de la mañana se coló en el habitáculo.
El hombre se acercó despacio, metiendo las manos en los bolsillos de su chaleco.
—¿Es usted Javier Robles? —preguntó, observando la rigidez en el rostro de Javier.
Javier lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados y sin hacer un solo ademán de cortesía.
—¿Por qué lo pregunta? —su voz sonó seca, dura, cortando cualquier intento de charla.
El vecino carraspeó, incómodo por la hosquedad del tono.
—Una patrulla de la policía estuvo aquí hace un rato. Dos tipos con cara de pocos amigos. Subieron hasta su terreno y luego bajaron a preguntarme por usted. Preguntaron a qué hora pasaba.
Javier mantuvo la vista fija en el hombre durante un segundo que pareció demasiado largo. No se le movió un solo músculo de la cara.
—Gracias.
Subió la ventanilla de inmediato, engranó la marcha y aceleró, dejando al hombre atrás en medio de la polvareda y el humo del escape.
Cuando llegó a la cabaña, apagó el motor y se quedó unos instantes en silencio, con la frente apoyada en el volante.
El lodo seco se desmoronaba de sus pantalones cada vez que movía las piernas.
Salió del coche, cruzó el porche y abrió la puerta principal de madera pesada, cerrándola de un golpe seco a sus espaldas.
El interior de la cabaña estaba en penumbra, apenas iluminado por los hilos de luz gris que lograban filtrarse a través de las rendijas de las maderas.
—Se me escapó —dijo Javier en voz alta, arrojando la chaqueta sobre una silla de madera. Caminó de un lado a otro del salón con pasos nerviosos—. Lo tenía a unos metros en el sendero. Se metió en una hondonada y lo perdí de vista en la oscuridad. Un poco más y lo habría alcanzado.
Desde la penumbra del pasillo, una silueta femenina se movió despacio. La mujer se acercó a él con paso suave, casi incorpóreo en la penumbra del espacio cerrado. Se detuvo a su lado y le puso una mano en el hombro. El contacto fue leve, pero Javier pareció relajarse un instante bajo su tacto.
—Estás exhausto, Javier —dijo ella con una voz suave, cargada de una fatiga profunda—. Mírate las manos. Esto tiene que terminar. No puedes seguir saliendo todas las noches a la carretera. Te estás destruyendo.
—Estaba allí —insistió Javier, con los dientes apretados y la mirada fija en el suelo—. Estaba tan cerca. Pero se metió en la maleza y no pude alcanzarlo.
La mujer suspiró, retirando la mano de su hombro para cruzarse de brazos. Su figura se recortaba contra la escasa claridad de la estancia.
—Hoy la policía llegó hasta aquí —dijo ella, con un tono plano—. Tienes que dejar ya esto, Javier. Se están acercando demasiado.
Javier no respondió. Se acercó a la ventana que daba al bosque, apartando apenas un centímetro la cortina polvorienta para observar el camino de acceso. La niebla comenzaba a disiparse, dejando al descubierto la inmensidad gris de los pinos.