En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 9
42%

CAPÍTULO 9

El camino de tierra que subía hacia la parte alta de la montaña era estrecho y estaba lleno de baches que hacían crujir la suspensión de la patrulla.

Medina mantenía las manos firmes sobre el volante, esquivando las raíces expuestas que sobresalían de las orillas boscosas.

A medida que ascendían, la niebla de la mañana se volvía más espesa, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros.

—Es aquí —dijo Ojeda, consultando la hoja del expediente que llevaba sobre las rodillas.

Medina detuvo el coche en un ensanchamiento de la vía.

Frente a ellos, protegida por un terreno grande y rodeada de pinos densos, se levantaba la cabaña de Javier Robles.

Era una construcción rústica, aislada por completo de cualquier otra vivienda.

Las ventanas estaban oscuras y el camino de acceso permanecía vacío; el sedán gris viejo de Robles no estaba en ese momento.

Ambos detectives bajaron del coche, hundiéndose levemente en la tierra húmeda.

El silencio en el lugar era absoluto, solo interrumpido por el goteo del agua que caía de las ramas altas.

Medina y Ojeda subieron los tres peldaños de madera del porche.

Medina llamó a la puerta golpeando el marco con los nudillos tres veces.

Esperaron unos segundos. El silencio continuó dentro de la vivienda.

Medina volvió a llamar con más fuerza, pero nadie respondió.

Al confirmar que no había nadie, Ojeda agarró el picaporte de hierro de la puerta principal, lo tentó hacia ambos lados y se volvió hacia Medina de manera escueta.

—Está cerrado. Podemos forzarla en un segundo para echar un vistazo rápido.

—No —respondió Medina de inmediato, apartando la mano de Ojeda del pomo—. No tenemos orden de allanamiento. Si este tipo resulta ser el culpable, un error de procedimiento tiraría todo el caso en el juzgado. Vámonos.

De regreso por el camino de descenso, un par de kilómetros más abajo, el bosque cedía terreno a unas pocas propiedades rurales dispersas.

Medina vio a un lugareño que apilaba leña bajo el cobertizo de una casa de block y detuvo el vehículo a la orilla de la calzada.

Ojeda bajó la ventanilla y mostró la placa de la policía de manera rápida.

—Buscamos a Javier Robles. ¿Lo conoce?

El hombre se apoyó en el hacha y los miró con parsimonia, entornando los ojos por la claridad gris del día.

—¿Quién? —preguntó el lugareño.

—El dueño de la cabaña del terreno de arriba —aclaró Ojeda.

—Ah —asintió el hombre, acomodándose la gorra—. No sabía que se llamaba así. Es que aquí nadie lo conoce. Vive solo ahí arriba y es muy huraño. Solo lo vemos pasar en su coche de vez en cuando y jamás cruza palabra con nadie.

—¿A qué hora pasa normalmente? —inquirió Medina.

—No sabría decirle con exactitud —respondió el lugareño—, pero por lo general escucho pasar su coche ruidoso por la carretera durante la madrugada, cuando todo está en silencio.

Medina agradeció con un gesto corto y reanudó la marcha. Tomaron la carretera principal en dirección al sur. Les tomó casi una hora de trayecto dejar atrás el paisaje montañoso para adentrarse en el sector residencial de la periferia donde Javier Robles había vivido antes de mudarse a la montaña.

Aparcaron frente a una vivienda de una sola planta con el césped descuidado.

Ojeda consultó de nuevo las notas del informe original y caminó hacia la propiedad colindante.

Un hombre de mediana edad salía a retirar los botes de basura cuando los detectives se aproximaron.

Al identificarse como policías y mencionar el nombre de Javier Robles, el vecino se detuvo, asimilando el recuerdo.

—La policía ya me preguntó lo mismo hace tiempo —dijo el vecino, cruzándose de brazos—, pero les diré lo que vi, que fue exactamente lo que declaré en su momento.

—Cuéntenos de la madrugada en que desapareció su esposa, Lucía —pidió Medina.

—A ella la vi temprano ese día, por la tarde, haciendo las cosas normales de la casa —explicó el vecino—.

Pero no vi si salió de madrugada a tomar el autobús.

A las tres de la mañana me despertó el rugido del motor del coche de Javier.

Salió a toda velocidad, haciendo chirriar las llantas contra el pavimento.

Yo estaba acostado y el coche se fue tan rápido que no alcancé a ver quién iba dentro.

—¿Y el regreso? —preguntó Ojeda.

—Fue cerca de las cinco de la mañana. Lo sé porque miré el reloj de la cocina cuando volví a escuchar el motor.

Me asomé por la ventana. La luz de la calle daba directo a su entrada.

Javier se bajó del coche y parecía ido, en estado de shock.

El vehículo y su ropa estaban cubiertos de lodo de la cabeza a los pies.

Se quedó quieto un momento y luego entró a la casa.

Medina tomó nota del detalle en su mente.

—¿Qué pasó después de esa noche? —inquirió Medina.

—Se volvió un extraño —respondió el vecino—.

Algún tiempo después dejó el trabajo que tenía y casi no se le veía el pelo.

Siguió viviendo ahí de forma huraña, encerrado.

Así estuvo unos seis meses, hasta que un día, de golpe, puso el cartel de venta, malvendió la casa y se marchó sin despedirse de nadie.

Los detectives agradecieron la información y regresaron al coche patrulla. Medina arrancó el motor y condujo despacio hacia la jefatura de policía. El silencio dentro del vehículo se prolongó durante varios kilómetros. Ojeda miraba por la ventanilla lateral, asimilando los datos.

—Las tres de la madrugada, Medina —dijo Ojeda finalmente, rompiendo el silencio—. El lodo en la ropa al regresar a las cinco. El aislamiento absoluto en el que vive ahora. Ese tipo oculta algo grande.

Medina no respondió de inmediato. Mantuvo la vista fija en el asfalto mojado por la llovizna, pero por primera vez, su rigidez profesional comenzó a ceder ante la lógica de los hechos.

Las piezas del expediente del pasado coincidían de forma muy extraña con los horarios y el comportamiento actual de Robles.

Aquel hombre era, sin duda, un sospechoso legítimo sobre el cual valía la pena profundizar en el informe escrito.