En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El motor del coche viejo llevaba apagado casi una hora, pero el habitáculo conservaba ese olor rancio a tapicería húmeda, café frío y el metal oxidado de las herramientas del maletero.

Javier mantenía las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, con la espalda ligeramente recostada contra el asiento del conductor.

A través del parabrisas, que empezaba a cubrirse con una fina capa de escarcha por el frío de las tres de la madrugada, la avenida de los talleres se extendía como una franja gris, muerta y flanqueada por las siluetas macizas de las bodegas.

El silencio era casi sólido, roto únicamente por el siseo intermitente del viento de la montaña que bajaba a morir en los límites del Bosque de los Cedros.

Javier no parpadeaba. Tenía los ojos inyectados en sangre fijos en el cruce peatonal, justo debajo de la última farola de la avenida, cuya luz mortecina parpadeaba con un zumbido eléctrico apenas perceptible.

Entonces, la silueta apareció.

Surgió de uno de los callejones laterales de la zona industrial.

Era un hombre de estatura media, vestido con ropa oscura y una chaqueta de nailon que brillaba sutilmente bajo el reflejo de la farola.

Caminaba a paso rápido, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza gacha para protegerse del viento, avanzando directamente hacia el camino que bordeaba el bosque, la ruta habitual para cortar camino hacia las viviendas del otro lado del cerro.

Javier se enderezó en el asiento de manera casi mecánica. El dolor punzante en su sien derecha pareció desvanecerse, reemplazado por una descarga fría que le recorrió la espina dorsal.

Con un movimiento ensayado mil veces en la penumbra de su cabaña, Javier deslizó la mano izquierda hacia la manija de la puerta.

La presionó despacio, milímetro a milímetro, conteniendo la respiración hasta que el pestillo cedió con un chasquido casi inaudible.

Salió del coche protegiendo el ángulo de la puerta para que no hiciera ruido al encajar y se mimetizó de inmediato con la sombra del acotamiento.

El aire helado de la madrugada le dio en el rostro, pero Javier ya no sentía el frío.

Cruzó la calzada con pisadas elásticas, aprovechando el momento en que una ráfaga de viento sacudía las copas de los pinos para ocultar el roce de sus propios zapatos contra la tierra suelta.

Se colocó en la acera de enfrente, manteniéndose a unos veinte metros de distancia de la silueta, oculto por los muros de concreto de las bodegas y los matorrales espesos que crecían sin control en las orillas del pavimento.

La persecución adquirió un ritmo milimétrico, un eco sutil que calcaba el andar de la figura delantera.

El hombre de la chaqueta oscura alargaba la zancada y Javier acomodaba su propio paso, midiendo la distancia con la precisión de un animal sigiloso que evalúa el momento justo para acortar el margen.

Cuando el transeúnte aminoraba la marcha, Javier se pegaba instantáneamente a la pared de ladrillos, congelando su postura, volviéndose parte de la misma niebla que subía desde el río. Su respiración era corta, controlada; sus puños permanecían cerrados dentro de los bolsillos.

Llegaron al final de la avenida, justo donde el pavimento cedía su lugar al lodo negro y las raíces expuestas del sendero peatonal.

Allí, donde la luz pública se extinguía por completo y comenzaban los terrenos del Bosque de los Cedros, el hombre se detuvo en seco.

Algo en el ambiente, o quizás un leve descuido en el eco de las pisadas, lo hizo girar la cabeza de golpe.

Javier no llegó a cubrirse detrás del último pino. Se quedó inmóvil a mitad del sendero, con la silueta recortada contra la claridad pálida que aún emitía la farola lejana.

Durante un segundo infinito, las miradas de ambos hombres se cruzaron en la penumbra. No hubo palabras. Solo la fijeza helada de Javier contra el pánico súbito que desencajó las facciones del otro hombre al confirmar que, efectivamente, la sombra que lo seguía desde los talleres era real.

El hombre soltó un jadeo ahogado y rompió a correr con desesperación, adentrándose de golpe en la boca de lobo del bosque.

En ese mismo instante, Javier abandonó todo sigilo.

Salió disparado detrás de él, acelerando la marcha de golpe mientras sus pisadas aplastaban con fuerza la hojarasca y las ramas secas del suelo.

La distancia entre ambos pareció reducirse en los primeros metros, con el sonido de la chaqueta de nailon del fugitivo guiándolo a través de la oscuridad del sendero estrecho.

El hombre se desvió bruscamente del camino principal, metiéndose entre un laberinto de matorrales espinosos y pinos jóvenes donde la luz de la noche no lograba filtrar el menor relieve.

Javier se hundió hasta los tobillos en el fango de una hondonada, tropezando con una raíz oculta que lo obligó a apoyar las manos en la tierra húmeda para no perder el equilibrio.

Se incorporó de inmediato, limpiándose el barro en los pantalones con un movimiento automático, pero la ventaja de tiempo ya se había perdido.

El crujido frenético de la maleza rompiéndose comenzó a alejarse rápidamente, hundiéndose en la parte más densa y alta del cerro, hasta que el siseo del viento volvió a reclamar el control de la madrugada.

El hombre se había esfumado.

Javier se quedó completamente quieto en medio de la hondonada oscura, rodeado por la inmensidad de los árboles y la niebla que lo envolvía todo.

Su respiración, agitada y ronca, formaba pequeñas nubes de vapor blanco que desaparecían en el aire helado.

No se movió ni emitió un solo sonido. Permaneció allí solo, de pie en la mitad de la noche, dejando que el silencio del bosque se tragara el rastro de la huida.