CAPÍTULO 7
La lluvia de la tarde había dejado paso a un frío húmedo que se filtraba por las rendijas de los viejos ventanales de la delegación.
En el escritorio del inspector Daniel Medina, las carpetas del expediente de Lucía Ortega estaban abiertas de par en par, iluminadas por la luz amarillenta de una lámpara de flexo que zumbaba sutilmente.
Mateo Ojeda permanecía sentado al otro lado de la mesa, revisando las copias de las bitácoras y las declaraciones tomadas un año atrás en el Distrito Sur.
—Aquí está el detalle de la jurisdicción, inspector —dijo Ojeda, señalando una hoja manuscrita—. El caso se abrió en el sur porque allá estaba el domicilio de la pareja, pero la ruta que investigaron conecta directamente con nuestro sector.
Medina se acomodó los lentes, inclinándose sobre el papel.
—¿Qué dice el reporte inicial?
—La mujer, Lucía Ortega, salió de su casa a mitad de la noche hacia el norte para ir a la casa de su madre, que estaba enferma.
Según la declaración de Javier Robles, ella quedó en enviarle un mensaje de texto en cuanto bajara del autobús en la terminal del norte, pero el mensaje nunca llegó.
Robles declaró que esperó una hora y, al no tener noticias, salió en su coche a las tres de la mañana para buscarla.
Fue a la casa de la suegra, confirmó que Lucía jamás había llegado, y luego pasó el resto de la madrugada dando vueltas por la carretera forestal.
Medina pasó una página del expediente, deteniéndose en las entrevistas vecinales.
—Aquí hay una nota del testigo de la casa contigua —observó el inspector—.
El vecino escuchó el coche salir a toda velocidad a las tres y lo vio regresar antes del amanecer, todavía de madrugada.
Dice que Robles bajó del vehículo cubierto de fango de la montaña.
En cuanto amaneció, fue a la delegación del sur.
—Así es. Pero allá le aplicaron el protocolo estándar: le dijeron que debía esperar a que se cumplieran las veinticuatro horas antes de iniciar los trámites de búsqueda —explicó Ojeda, tamborileando los dedos sobre la mesa—.
Para cuando los agentes del sur empezaron a moverse y localizaron al chofer del autobús y a los pasajeros habituales de ese recorrido nocturno, ya habían pasado casi dos días.
Nadie pudo recordar con certeza si una mujer con las descripciones de Lucía iba en ese transporte.
Dijeron que era posible, pero que a esa hora viajan a oscuras y no se fijan en los rostros.
Medina soltó un soplido corto, analizando el cuadro.
—Un callejón sin salida. No había señales de violencia en la casa, los vecinos no escucharon discusiones previas y no tenían forma de desmentir al marido. Al final tuvieron que quedarse con la versión de Robles y archivar el expediente como una presunta fuga voluntaria.
—Exacto. La policía del sur asumió que la mujer simplemente usó el viaje como una excusa para marcharse y no regresó —Ojeda se inclinó hacia el frente, con la mirada fija en su jefe—.
Pero mire lo que pasa después, inspector.
Un par de meses después de la desaparición, Robles deja su empleo, vende sus cosas en el sur y se muda definitivamente a una propiedad rural en la zona alta de la montaña, aquí en el norte.
Ya estaba instalado ahí cuando ocurrió el asesinato de Mónica Silva hace seis meses, y ahora su coche viejo lleva dos semanas estacionándose en los márgenes oscuros de la misma terminal donde su esposa debió bajarse hace un año.
Medina guardó silencio unos segundos, observando la fotografía en blanco y negro de Javier Robles pegada a la ficha de identidad. Un rostro de facciones duras y mirada opaca.
—¿Cuál es tu teoría, Mateo? —preguntó el inspector con tono pausado.
Ojeda se aclaró la garganta, midiendo el peso de sus palabras.
—Es una hipótesis de trabajo, jefe, pero el sesgo es muy evidente.
Robles dice que salió a buscarla a las tres de la mañana porque no recibió un mensaje, pero nadie vio a esa mujer subir al autobús en el sur, ni bajar en el norte.
La única prueba de que Lucía tomó esa ruta es la palabra de su esposo.
¿Y si esa salida de madrugada en el coche fue para deshacerse de ella en el bosque?
Luego regresó cubierto de lodo antes del amanecer porque estuvo ocultando algo en la maleza.
Se mudó a la montaña para alejarse de la ciudad.
Y ha estado operando en ese lugar. Sara Pereira apareció en esa misma zona hace menos de veinticuatro horas.
Medina cerró la carpeta del expediente con un golpe seco que levantó una brizna de polvo bajo la lámpara. Se puso en pie, estirando la chaqueta de cuero que colgaba del respaldo de su silla.
—Es una teoría que encaja en el papel, Mateo, pero sigue siendo una suposición. No tenemos una sola prueba material que vincule a Robles con las ropas de Sara Pereira o Mónica Silva. Que maneje de noche por la montaña o que viva aislado tras perder a su esposa no es un delito.
—No pido una orden de detención, inspector —replicó Ojeda de inmediato—. Pero el coche está merodeando la zona de los ataques. El carnicero lo tiene ubicado. Lo mínimo que podemos hacer es ir a confrontarlo, ver cómo reacciona cuando sepa que su auto está bajo el radar por los homicidios del norte.
Medina caminó hacia la salida de la oficina, pensativo.
—Vargas anotó un domicilio provisional en la última actualización.
Una pequeña propiedad que pertenecía a la familia de Robles en la zona alta, subiendo por la vieja ruta forestal.
Vamos a ir mañana al amanecer. Una visita de rutina, dos policías haciendo preguntas ordinarias sobre un vehículo sospechoso cerca de la terminal.
Quiero verle la cara a ese hombre, Mateo.
Quiero ver cómo se comporta cuando le mencionemos el Bosque de los Cedros.
Coordina con la patrulla de caminos para que nos tengan la ruta exacta a primera hora.