CAPÍTULO 6
La mañana en las faldas de la montaña amaneció con un frío que calaba los huesos.
Javier estaba inclinado sobre el compartimento del motor de su coche viejo, apoyando una mano en el radiador frío mientras con la otra aflojaba la abrazadera de una manguera agrietada.
El cofre alzado bloqueaba la poca luz que se filtraba a través de las ramas de los pinos altos, proyectando sombras alargadas sobre la tierra y las herramientas esparcidas en el suelo.
Tenía los dedos manchados de grasa negra y anticongelante.
Sabía que no podía permitirse que el motor fallara; necesitaba que el vehículo respondiera con precisión en cuanto cayera la noche y la periferia se quedara sola.
El plástico crujió bajo la presión de la llave inglesa.
Javier apretó los dientes, forzando la pieza hasta que cedió con un golpe seco.
—Vas a terminar rompiendo algo más —dijo la mujer, sentándose en el escalón de piedra de la entrada de la cabaña.
Javier no levantó la vista del motor. Tomó un trapo sucio de la salpicadera y se limpió los dedos de manera mecánica, sin lograr quitarse la costra de suciedad de las uñas.
—Esta manguera ya no aguantaba —respondió él, con la voz seca—. Estaba tirando líquido. Si el motor se calienta a mitad del camino, me quedo vendido en cualquier cuneta.
La mujer se cruzó de brazos, acomodándose el abrigo gris para protegerse del viento. Lo observaba con una fijeza pesada, una mirada que Javier sentía en la nuca.
—¿Y qué vas a hacer cuando ya no puedas arreglarlo? —preguntó ella suavemente—. Llevas meses metido debajo de ese cofre, cambiando piezas viejas. Te la pasas perdiendo el tiempo con este coche, Javier. Mira la hora que es. Ya es de día y sigues aquí afuera.
—Tú sabes perfectamente por qué necesito que este coche se mueva —Javier soltó la llave inglesa, que cayó sobre la caja de metal con un ruido estridente—. No puedo dejarlo tirado.
La mujer bajó la vista hacia sus propios zapatos, removiendo una hoja seca con la punta del pie.
—A veces me pregunto si de verdad te acuerdas de cómo eran las cosas antes de que nos mudáramos aquí —comentó, con un tono plano—.
Antes de que te encerraras en este cuarto a llenar las paredes de marcas.
Tenías una vida normal, Javier. Un trabajo, horarios.
Ahora pareces un animal de monte que solo sale cuando se apagan las luces de la carretera.
Javier se enderezó bruscamente. El dolor en la sien derecha le dio una punzada violenta. Se apoyó contra el marco del auto, mirando la silueta de la mujer recortada contra la madera vieja de la cabaña.
—Esa vida normal ya no existe —dijo él, entornando los ojos—. Se terminó esa noche. Por eso estoy aquí.
La mujer levantó la cabeza y sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros reflejaban una resignación antigua, densa, la fijeza de quien comparte un secreto demasiado pesado.
—Lo sé —respondió ella, con la voz apenas más alta que el siseo del viento—. Viniste a este lugar en la montaña para pasarte las madrugadas dando vueltas por los mismos caminos oscuros. Estás obsesionado con esa zona, con regresar a ese maldito bosque, y te estás volviendo loco.
Javier apretó los puños, sintiendo los restos de la grasa fría pegándosele en la piel. Sus pensamientos se fijaron en las imágenes de la hondonada lodosa del Bosque de los Cedros y en el peso de la tierra húmeda que había apretado entre sus dedos la madrugada anterior.
—No es una obsesión —afirmó Javier, dando un paso hacia ella, con los zapatos pesados de lodo dejando marcas oscuras en la piedra—. Sé exactamente cómo se mueve la gente por esos bordes en la madrugada. Si me quedo aquí encerrado, nada de lo que hago tendría sentido.
La mujer se puso de pie lentamente, estirando las arrugas de su abrigo gris. Se acercó a él hasta quedar a un metro de distancia.
—Mira cómo vuelves cada mañana —dijo ella, mirándole las manos sucias—.
Lleno de fango, con la ropa rota y los ojos de alguien que no duerme por andar merodeando en los senderos oscuros.
Un día de estos la policía va a subir por este camino de la montaña y no vas a tener cómo explicarles qué hacías parado en ese acotamiento a esas horas.
Javier regresó al compartimento del motor, dándole la espalda.
—La policía busca donde siempre hay luz —sentenció él—. No entienden lo que pasa en los puntos ciegos. Yo sí. Yo sé perfectamente lo solo que es ese tramo cuando pasa la medianoche.
Tomó un destornillador y comenzó a ajustar la abrazadera con movimientos rápidos, precisos. La mujer no se movió de su lado; se limitó a observar cómo trabajaba su mano izquierda, aplicando la fuerza con un desplazamiento natural que a Javier le salía sin pensar.
—Da miedo mirarte cuando te pones así —añadió ella en voz baja—. Tienes una paciencia que asusta, Javier.
Javier detuvo el destornillador por un segundo. Se quedó inmóvil, con la herramienta suspendida sobre las piezas mecánicas. Luego, sin responderle, continuó apretando el tornillo hasta que el plástico de la junta crujió bajo la presión.
—Ya quedó —dijo, cerrando el cofre de golpe. El sonido metálico resonó con fuerza entre los pinos.
Se dio la vuelta para buscar el cubo de agua para lavarse, pero al mirar hacia el escalón de piedra, notó que la puerta de la cabaña estaba medio abierta.
El asiento donde ella había estado sentada segundos antes estaba vacío.
Javier se quedó solo en medio del frío, con las manos negras de grasa y el motor reparado, listo para volver a bajar a los caminos de Valleverde en cuanto el sol se ocultara detrás de la cresta de la montaña.