CAPÍTULO 5
El viernes por la tarde, la lluvia que había estado amenazando a Valleverde desde el amanecer finalmente se descargó sobre la ciudad, convirtiendo las avenidas principales en un río de asfalto brillante y bocinas de camiones atascados en el tráfico.
En la oficina del Distrito Norte, las gotas golpeaban con insistencia contra los vidrios del ventanal, obligando a encender las luces de tubo del techo, que parpadeaban con un parpadeo pálido y molesto.
El subinspector Mateo Ojeda tenía la mesa cubierta con tres carpetas gruesas y la pantalla de su tableta encendida en la página del sistema de registro vehicular de la provincia.
Llevaba dos horas cruzando los datos de las cámaras de seguridad perimetrales de la carretera norte con los reportes de los patrullajes nocturnos del último mes.
Tenía los ojos fijos en los números y las letras de las placas de circulación, sintiendo el cansancio acumulado en la base del cuello.
Daniel Medina entró a la oficina cargando dos vasos de plástico con café caliente y dejó uno sobre el borde del escritorio de su subordinado.
—¿Algo que nos sirva, Mateo? —preguntó el inspector, sentándose en su silla y abriendo un expediente de hojas amarillentas—. El comandante ya llamó dos veces. En la televisión local pasaron un reportaje sobre la seguridad en el Bosque de los Cedros y ya se imaginará cómo están los ánimos arriba.
Ojeda tomó el vaso de café, le dio un sorbo corto y negó con la cabeza, señalando la pantalla.
—Las cámaras de la terminal de autobuses son una basura, inspector.
La mitad del tiempo se distorsionan por la humedad y la niebla.
El chofer del último autobús insistió en su declaración: solo recuerda a Sara Pereira y a los dos hombres que ya interrogamos hoy en la mañana.
Los dos tipos tienen coartada limpia; son operarios del turno nocturno de la fábrica de empaques, se bajaron en la parada al terminar su jornada de relevo y se fueron directo a sus casas.
Sus familias lo confirmaron. No tienen nada que ver.
Medina suspiró, frotándose la frente.
—¿Y las grabaciones del carril de servicio de la carretera?
—Ahí es donde se pone raro —Ojeda se acomodó en la silla, tecleando un comando en la tableta para mostrar una lista filtrada—.
Cruzando los datos de la cámara del cruce, que está a unos trescientos metros de donde apareció el cuerpo de Sara, encontré un vehículo recurrente.
Un sedán de modelo viejo, color gris oscuro, con pintura desgastada en el cofre.
Las placas no se leen completas en las grabaciones de la noche por la falta de luz, pero el sistema registró el mismo modelo pasando por ese punto exacto en ocasiones distintas durante las últimas dos semanas.
Siempre entre la una y las tres de la mañana.
Medina levantó la vista del expediente, entornando los ojos.
—¿Un residente de las cabañas de la parte alta?
—Podría ser, pero no tiene sentido el horario —explicó Ojeda—.
El coche sube hacia la montaña pasadas las tres, pero se queda estacionado en los acotamientos oscuros antes de esa hora.
Para quitarnos la duda, mandé a una patrulla a hablar con los pocos comerciantes que tienen locales en la orilla de la carretera.
El carnicero que está junto a la terminal de autobuses fue el que aportó el dato clave.
—¿Qué dijo?
—El hombre vive ahí mismo, en la planta alta de la carnicería.
Declaró que sufre de insomnio crónico y que pasa muchas madrugadas despierto, asomado a la ventana que da a la carretera.
Dijo que lleva quince días notando ese mismo vehículo parado abajo.
Según su testimonio, el conductor es un hombre solo, de unos treinta y tantos años, de aspecto descuidado, que se queda dentro del coche con el motor y las luces apagadas en la zona más oscura del acotamiento, mirando fijamente hacia la parada de autobuses o hacia la entrada del sendero del bosque.
Como el tipo se quedaba inmóvil durante horas a mitad de la noche, el carnicero pensó que era un delincuente común vigilando los comercios para meterse a robar, o tanteando el terreno para sacar el combustible de los camiones de carga que duermen ahí. Por eso se le quedó grabado el modelo.
Medina tomó su bolígrafo, dándole ligeros golpes contra el escritorio de madera.
—Un carro viejo merodeando por la zona de los ataques a mitad de la noche. No es una prueba de nada, Mateo, pero es el primer cabo suelto que no encaja con la rutina del barrio. ¿Lograste conseguir la placa completa?
—El sistema arrojó tres posibles coincidencias en la base de datos del distrito con ese modelo y color —Ojeda deslizó la pantalla hacia su jefe—.
Eliminé dos porque pertenecen a dos señoras mayores que viven en el centro y cuyos autos duermen en cochera.
La tercera opción nos da un nombre: el vehículo está registrado a nombre de un tal Javier Robles.
Medina leyó el nombre en la pantalla. No le decía nada.
—¿Tiene antecedentes en el sistema? —preguntó el inspector.
—Nada —dijo Ojeda, tecleando nuevamente—. El hombre está limpio. Pero al ingresar el nombre en la base de datos general para buscar su domicilio actual, saltó una alerta menor del sistema de personas desaparecidas de la provincia.
Daniel Medina se inclinó hacia el frente, dejando el bolígrafo a un lado. El ambiente de la oficina pareció volverse más pesado.
—¿Qué tipo de alerta?
—Su esposa, una mujer llamada Lucía Ortega, desapareció hace exactamente un año —respondió Ojeda, abriendo un subarchivo digital con una fotografía de una mujer de ojos oscuros—.
Ocurrió en el Distrito Sur, en una zona residencial.
El reporte dice que salió de su casa una noche y nunca regresó.
El caso lo llevó la oficina del inspector Vargas en ese sector, pero lo cerraron hace seis meses sin ningún resultado.
No hubo llamadas de rescate, no apareció el cuerpo y no encontraron huellas de violencia en la casa. Simplemente se esfumó.
Medina se quedó mirando la fotografía de Lucía Ortega durante un largo rato. La lluvia seguía azotando el vidrio exterior con fuerza.
—¿Y qué pasó con Javier Robles en esa investigación? —preguntó Medina con tono pausado.
Ojeda revisó las notas del viejo expediente policial adjunto.
—Los oficiales de ese distrito lo interrogaron un par de veces.
Según el reporte de Vargas, Robles actuó de manera muy errática tras la desaparición.
Salió a toda velocidad en su coche la misma noche en que su esposa no llegó a dormir y pasó los siguientes meses descuidando su trabajo, aislado por completo.
El informe dice que los vecinos informaron que el hombre parecía haber perdido la cabeza; dejó el empleo en la distribuidora donde trabajaba y vendió casi todo lo que tenía.
Pero como no había indicios de que él la hubiera lastimado dentro de la casa, ni testigos que los hubieran visto discutir, el caso se estancó y lo archivaron como una desaparición misteriosa.
Medina se reclinó de nuevo en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus treinta años de experiencia lo hacían desconfiar de las coincidencias de inmediato, pero su mentalidad analítica le impedía sacar conclusiones apresuradas.
—A ver si entiendo, Mateo —dijo Medina—.
Tenemos a un hombre cuya esposa desaparece de forma extraña hace un año en el sur de la ciudad.
El tipo se vuelve un ermitaño, deja su vida atrás, y ahora su coche aparece registrado merodeando por las noches en el sector norte, justo donde hace unos meses mataron a Mónica Silva y anoche a Sara Pereira.
—Es demasiada casualidad, inspector —afirmó Ojeda, con los ojos brillándole por la adrenalina del descubrimiento—.
Un hombre desequilibrado que perdió a su mujer y que ahora pasa las madrugadas escondido en los acotamientos oscuros del bosque donde mueren mujeres jóvenes.
Encaja perfectamente con alguien que conoce las debilidades de las rutas periféricas.
—No te adelantes, muchacho —lo frenó Medina de inmediato, manteniendo la voz firme—.
Javier Robles no es un sospechoso todavía.
No tenemos una sola huella suya en el Bosque de los Cedros, ni en el cuerpo de Sara, ni en el de Mónica Silva.
Que su coche esté en la zona solo significa que el tipo se la pasa manejando de noche por donde no debe.
Puede tener un trabajo nocturno que no ha registrado, puede estar viviendo en alguna de las cabañas de la montaña o puede estar simplemente loco.
—¿Entonces qué hacemos, jefe? ¿Dejamos pasar el dato?
Medina se puso de pie, tomando su chaqueta de cuero del perchero.
—Por supuesto que no. Vamos a buscar la dirección actual de ese vehículo.
Si Javier Robles vive en la zona alta, quiero saber exactamente qué hace despierto a las dos de la mañana mientras las mujeres del distrito mueren en los senderos.
Consígueme la ubicación exacta de esa propiedad en la montaña, Mateo.
Mañana temprano vamos a ir a hacerle una visita informal a ese señor.