CAPÍTULO 4
El motor del coche viejo vibraba en un ralentí sordo que hacía traquetear la guantera.
Javier apagó los faros delanteros, dejando que el vehículo se mimetizara con la fila de automóviles estacionados bajo los árboles, a unos doscientos metros de la terminal de autobuses.
A través del parabrisas empañado por el frío, la entrada al sendero del Bosque de los Cedros apenas se distinguía en la oscuridad.
Llevaba tres horas inmóvil en el asiento del conductor, esperando a que la zona se quedara completamente vacía. Sus manos, apoyadas en el volante, estaban fijas. Las imágenes del sendero y de la hondonada se repetían en su cabeza con una fijeza pesada.
—No debiste volver hoy —dijo la mujer desde el asiento del copiloto.
Javier no volteó a mirarla. Mantuvo los ojos fijos hacia el frente, vigilando el camino de tierra.
—Tenía que venir —respondió él en voz baja, con un tono plano—. Necesito ver cómo quedó el lugar.
—Estás arriesgándote demasiado, Javier —insistió ella, acomodándose el abrigo gris—. Ya no es seguro que des vueltas por aquí a estas horas. El carnicero de la esquina te ha estado viendo.
Javier apretó el volante. La piel sintética de la cubierta estaba fría.
—No me importa el carnicero —dijo, entornando los ojos—. Ese hombre no sabe nada.
La mujer se movió apenas en el asiento, provocando el leve roce de su ropa.
—Mira la cabaña, Javier. Tienes las paredes llenas de marcas. Estás atrapado en esto y te vas a terminar hundiendo tú solo. ¿Qué buscas viniendo a este lugar a mitad de la noche?
Javier no contestó. Abrió la guantera y sacó una linterna de metal pesada. Comprobó el interruptor con el pulgar, sintiendo el peso del metal en la palma, pero la mantuvo apagada. El dolor en la sien derecha regresó, punzante.
—Tengo que bajar —anunció, estirando la mano hacia la manija de la puerta.
—Va a llover, Javier. Déjalo por hoy. Vámonos.
—No tarda en amanecer —la cortó él, abriendo la puerta.
El aire húmedo de la montaña le dio de golpe en el rostro.
Salió del vehículo y cerró la puerta despacio, asegurándose de que el pestillo encajara sin hacer ruido.
Se subió el cuello de la chaqueta y se adentró en el inicio del sendero del Bosque de los Cedros.
Caminó a paso firme por el centro del camino, sin dudar del rumbo, metiéndose entre los pinos altos hasta que llegó a la hondonada.
El suelo estaba deshecho. El lodo negro mezclado con la hojarasca formaba un círculo pastoso debido al paso de las botas. Javier se paró justo en el borde de la hondonada, contemplando el espacio con una calma densa.
Se agachó despacio, quedando de rodillas sobre la tierra húmeda.
Extendió la mano izquierda y la apoyó firmemente sobre el fango, en el punto exacto donde la maleza estaba aplastada.
Cerró los puños, recogiendo un puñado de esa tierra fría entre los dedos, apretándola hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Se quedó ahí, inmóvil, respirando el olor a lodo y a ramas rotas, reviviendo el peso y los movimientos precisos que habían tomado lugar en ese mismo suelo horas antes.
Su rostro no mostraba agitación; era una fijeza fría, la de un hombre que reconoce perfectamente el territorio que pisa.
Pasaron los minutos. El ruido lejano de los camiones de carga en la carretera comenzó a romper el silencio de la madrugada. El lodo le manchaba las rodillas de los pantalones y las mangas de la chaqueta, pero él no se movió hasta que el cielo del este empezó a aclararse con un tono azul pálido.
Javier se puso de pie, se sacudió las manos en los pantalones y regresó al coche con el paso regular, arrastrando los zapatos pesados de fango.
Al abrir la puerta del conductor y sentarse frente al volante, notó que el asiento del copiloto estaba vacío.
La bufanda y el abrigo gris ya no estaban.
Javier se quedó mirando el espacio vacío durante un largo rato, con la respiración pesada y las manos sucias.
Arrancó el motor sin encender las luces y sacó el coche del acotamiento, tomando el camino de tierra que subía hacia la montaña antes de que la claridad de la mañana delatara la ropa manchada que llevaba puesta.