CAPÍTULO 3
El terreno en la orilla norte del Bosque de los Cedros era una trampa de barro negro y raíces expuestas que dificultaba cada paso.
A las diez y media de la mañana, la niebla densa de Valleverde apenas comenzaba a ceder terreno ante una claridad grisácea y fría que no calentaba nada.
El perímetro ya estaba marcado con cintas plásticas amarillas que se mecían con el viento, rompiendo la monotonía verde del paisaje forestal.
El inspector Daniel Medina avanzaba con cuidado, hundiéndose en la hojarasca húmeda.
Llevaba las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, observando el despliegue de los técnicos de criminalística que se movían despacio entre los pinos, tomando fotografías y metiendo ramitas en bolsas plásticas.
Unos metros atrás, el subinspector Mateo Ojeda intentaba no resbalar mientras cargaba una carpeta de tablas con hojas de papel, renegando entre dientes cada vez que el calzado se le atoraba en el lodo.
—El terreno es un desastre, inspector —dijo Ojeda, alcanzando a su jefe junto a un enorme pino caído—.
Los guardabosques que encontraron el cuerpo entraron corriendo, pisaron todo el perímetro y, para colmo, anoche llovió.
Si había alguna huella clara de calzado, ahora es solo un charco más de lodo.
—Es lo habitual, Mateo —respondió Medina, con la voz apagada—. La gente se asusta y destruye la mitad de las cosas antes de que lleguemos. ¿Dónde está el forense?
Ojeda señaló con la punta del bolígrafo hacia una hondonada natural, oculta detrás de unos matorrales. Allí, dos técnicos iluminaban el suelo con lámparas portátiles de batería, enfocando un bulto oscuro que contrastaba de forma desgarradora con la tierra muerta del bosque.
Medina se agachó para pasar por debajo de una rama baja y descendió a la hondonada.
En el suelo, recostada parcialmente sobre el costado derecho, estaba la víctima.
El médico forense del distrito, el doctor Carlos Arrieta —un hombre mayor de lentes gruesos y pocas pulgas—, permanecía de rodillas revisando la temperatura del cuerpo con un termómetro digital.
—¿Qué hay, Carlos? —preguntó Medina, manteniéndose a un par de metros.
Arrieta levantó la vista, acomodándose los anteojos con el dorso de la mano enguantada.
—Una mujer joven, Daniel. Encontraron su cartera tirada un poco más allá, toda mojada. Se llamaba Sara Pereira. Veinticuatro años, según la cédula que traía en la billetera. Parece que trabajaba en el sector de las fábricas del sur, por los recibos que vimos.
Ojeda, que acababa de bajar a la hondonada cuidando de no resbalar, miró el cuerpo con incomodidad.
La ropa de la joven —un suéter ligero de color claro y unos pantalones oscuros— estaba desgarrada de manera violenta en la parte superior.
Había restos de tierra y hojas muertas incrustados en las fibras de la tela.
—La atacaron por detrás, supongo —comentó Ojeda, tratando de aportar algo.
—No adivines, muchacho —lo frenó Arrieta de mala gana—.
Eso lo veo en la mesa de autopsias. Lo único que te puedo decir aquí es que tiene marcas profundas en el cuello.
No usó las manos; parece el lazo de una cuerda o un cable.
La fuerza fue considerable. Y la ropa rota...
bueno, la hipótesis obvia es un ataque sexual, pero hay que confirmar si se consumó o si solo fue parte del forcejeo.
Medina se inclinó un poco, entornando los ojos. El cuello de Sara Pereira mostraba una línea amoratada, profunda y torcida.
—El nudo parece que quedó hacia un lado —notó Medina en voz baja.
—Podría ser —dijo Arrieta, poniéndose de pie con dificultad mientras se sacudía las rodillas—.
O que ella intentó meter las manos para jalar la cuerda y la movió.
Hay demasiadas variables. Daniel, salgamos de este frío.
Que los muchachos carguen el cuerpo y nos vemos en la morgue en un par de horas.
Aquí no vamos a descubrir nada más que una neumonía.
Tres horas más tarde, el panorama había cambiado del lodo del bosque a las baldosas blancas y el olor a formol de la sala de autopsias de la morgue judicial.
Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido eléctrico molesto, proyectando una claridad médica sobre la mesa de acero inoxidable donde yacía el cuerpo de Sara Pereira, ya limpio.
Daniel Medina se mantenía de pie junto a la pared, con los brazos cruzados, observando cómo el doctor Arrieta guardaba sus instrumentos en una bandeja metálica. Mateo Ojeda entró a la sala con un par de cafés en vasos de plástico, con el rostro pálido por el ambiente del sótano.
—Hablé con la central de autobuses —dijo Ojeda, pasándole un vaso a Medina—.
El chofer de la última ruta no recuerda nada.
Dice que a esa hora la mitad de la gente va dormida y la otra mitad va borracha.
Se bajaron tres personas en esa terminal.
Sara y dos hombres que parecen ser mecánicos de los talleres de la avenida.
Ya pasamos los datos para localizarlos, pero va a tomar tiempo.
—Está bien —dijo Medina, tomando un sorbo del café amargo—. Nadie ve nada en esta ciudad cuando hay niebla. ¿Qué encontraste, Carlos?
El doctor Arrieta se quitó los guantes de látex con un chasquido y se frotó los ojos, visiblemente cansado.
—La causa de muerte es asfixia por estrangulamiento, no hay sorpresa ahí.
El objeto fue una cuerda delgada, de unos cuatro o cinco milímetros de grosor.
Dejó marcas de fricción muy específicas.
Lo que me llama la atención es que... me recuerda a un caso de hace unos meses.
¿Te acuerdas de la muchacha que encontraron cerca de las vías del tren? ¿Mónica Silva?
Medina frunció el ceño, haciendo memoria entre la marea de expedientes que pasaban por su escritorio cada año.
—La chica del sector industrial —dijo el inspector—. Eso se cerró como un robo con homicidio, ¿no? Le faltaban los anillos y el bolso.
—Sí, así lo pusieron ustedes —replicó Arrieta, sacando una carpeta con fotografías viejas de un archivo—.
Pero revisando las fotos del cuello de Mónica, el tipo de marca es muy similar.
El lazo entra por el mismo ángulo, oblicuo, de izquierda a derecha.
No es una certeza, Daniel, pero existe la posibilidad de que el agresor en ambos casos comparta una característica física, como la forma de sujetar a la víctima por detrás, o que sea zurdo.
O tal vez es solo una coincidencia y los dos usaron el mismo tipo de cuerda barata que venden en cualquier ferretería de Valleverde.
Ojeda se acercó, mirando las fotos por encima del hombro del médico.
—¿Cree que sea el mismo sujeto, doctor? ¿Estamos hablando de un asesino en serie?
Medina soltó un bufido y miró a su subinspector con severidad.
—No empieces a ver fantasmas, Mateo. Eso es lenguaje de los periódicos.
Por ahora tenemos una coincidencia en el tipo de nudo y una hipótesis muy floja.
Dos casos en seis meses en una ciudad que está creciendo al doble no hacen una estadística.
Puede ser un imitador, puede ser un delincuente común que descubrió que una cuerda es más silenciosa que un arma, o pueden ser dos tipos que no tienen nada que ver entre sí.
—Pero las similitudes están ahí, inspector... —insistió Ojeda.
—También hay diferencias —lo cortó Medina—.
A Mónica Silva le robaron todo. A esta muchacha, Sara, le dejaron la cartera con el dinero intacto a unos metros.
El móvil podría ser completamente distinto.
No podemos ir con la jefatura a decir que tenemos un psicópata suelto basándonos en el ángulo de un moratón.
Nos van a pedir pruebas, no teorías sin base.
Arrieta guardó las fotos en la carpeta y asintió.
—Daniel tiene razón, muchacho. La ciencia da indicios, no milagros. Hay que esperar los resultados de los análisis de fluidos y ver si el laboratorio encuentra algún perfil genético bajo las uñas de la víctima. Pero con el lodo y el agua de anoche, no te hagas muchas ilusiones.
Medina tiró el vaso de plástico vacío en el contenedor de basura y caminó hacia la salida de la morgue.
—Vamos a la oficina, Mateo. Consígueme el expediente completo de Mónica Silva.
Quiero releer las declaraciones de los testigos de esa noche.
Y no le digas nada de esto a la prensa; si los reporteros empiezan a creer que hay un asesino en serie, mañana vamos a tener el doble de pánico en las calles y la mitad de la información real se va a perder entre los chismes de la televisión. Movámonos despacio.
Los dos policías salieron al pasillo subterráneo, dejando atrás el frío de la sala.
No tenían nombres, no tenían huellas dactilares y la única conexión que tenían entre los dos cadáveres era una sospecha basada en una cuerda común.
En Valleverde, la investigación apenas estaba empezando, y por el momento, las sombras seguían ganando la partida.